A la manera de Campos-Herrero

2 04 2012

Soñó que se tatuaba en la espalda el mapa de una ciudad donde jamás había estado. Al despertar, se hallaba en un dédalo de callejuelas desconocidas.

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Hilaridad

14 10 2009

Sueño con una mujer. Una mujer zurda. Una mujer zurda que ríe.

Golpeando el aire con una raqueta de tenis, la mujer pasea en traje de noche por un jardín inmenso y ríe.

La sigue de cerca un anciano que lleva babero en lugar de camisa y agita las manos intentando atrapar algo invisible en el aire que hay tras ella. El anciano, barbudo y calvo, se parece a Pablo Picasso, a Ernest Hemingway, a Ben Kingsley, a Milan Kundera en un mal día.

La mujer ríe y su risa es una golondrina que los sobrevuela antes de partir a países cálidos. Vuelve a reír y su risa se transforma ahora en millones de gotas de rocío que el viejo intenta atrapar infructuosamente. Ríe otra vez y su risa es un millar de moras que flotan a su alrededor unos instantes y de las cuales él consigue atrapar un puñado, antes de entregarse a la actividad de consumirlas con fruición, una por una, deleitándose como si cada una de ellas fuera la última.

La mujer continúa andando alrededor de los parterres y riendo una y otra vez. Y sus carcajadas se convierten en pétalos de rosa azul, en bombones de licor, en colibríes, ruiseñores o conejitos que comen tréboles, en azahares lanzados a manos de bellos adolescentes.

Pero el hombre ya no la sigue en su deambular por el jardín. Se ha quedado atrás, bajo un flamboyán, dándole la espalda, comiendo moras.

Ya no es un anciano. No está encorvado. Cuando se vuelve, sus arrugas han desaparecido. Su barba cana y rizada es ahora un uniforme manto de color azabache.

La mujer cesa de reír. Sus carcajadas se convierten  en una luminosa sonrisa. Deja de caminar y le mira con hermosos ojos color miel en cuya profundidad se adivina un paraíso esmeralda.

Ahora están uno junto al otro, pese a que ninguno de los dos ha hecho el menor movimiento (cosas de los sueños) y la mano de la mujer suelta la raqueta (que queda suspendida en el aire) para posarse levemente sobre la mejilla del hombre, que ríe con la alegría despreocupada de un niño, cada vez más ruidoso, cada vez más joven.

Al despertar, me pregunto si ella reiría para mí. En todo caso, tras inspeccionar concienzudamente mi rostro en el espejo, decido que ha llegado el momento de recortarme la barba.





Viajes perfectos

6 10 2009

avion-final

Soñó que por fin conseguía tomar ese vuelo al Caribe. La travesía transcurría con tranquilidad. El tiempo era sereno. Las turbulencias, mínimas. El interior del avión era más amplio, más confortable de lo habitual. Todo era perfecto. Faltarían unos minutos para llegar a su destino cuando se percató de la desaparición de los auxiliares de vuelo, quienes hasta ese momento se habían comportado de manera refinadamente amable. Poco después, escuchó, con pavor, la voz del comandante que surgía de los altoparlantes diciendo:

-Señores pasajeros, esto es una grabación…





Espíritus

21 08 2009

Últimamente sus sueños son literarios. Se sueña paseando con James Joyce y Ezra Pound por Trieste, charlando con Borges sobre las Kenningar, compartiendo vinos y cigarros con Cortázar y Carol Dunlop en un apartamento en el que suena un disco de Lester Young, acompañando a Katherine Mansfield a una reunión con T. S. Elliot, Keynes y Virginia Woolf (que mira a la neozelandesa con una superioridad que no consigue ocultar su envidia). A veces, Rulfo le cuenta el argumento de esa novela que jamás escribió, mientras atraviesan la noche del D. F. en un taxi desvencijado o frecuenta cafés en las espectrales y bellas calles de Praga con Franz Kafka y Max Brod. Suele despertarse completamente desconcertada. No sabe quiénes son esas personas o por qué conoce sus nombres y sus idiomas. Ni siquiera entiende cómo puede saber hasta el más mínimo detalle de sus biografías y de esos lugares en los que jamás ha estado. Ella es analfabeta. Jamás viajó. Esos nombres, esos libros que mencionan, esas ciudades, deben de ser imágenes de espíritus enviadas por los dioses para torturarla por alguna de sus malas acciones. Pero a esas horas no hay tiempo para plantearse ese tipo preguntas. Hay que levantarse e ir encendiendo el fuego, para que se cueza el mijo mientras ella alimenta a los animales.





Pausa

19 08 2009

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Cuando ella se fue, su vida social menguó en poco tiempo. Probablemente su carácter desabrido contribuyó a ese marasmo. No lee demasiado y su principal distracción es la televisión, que enciende en cuanto llega a casa para hacerse creer a sí mismo que no está tan solo. Por eso el contenido de sus sueños es eminentemente televisivo: chicas de un anuncio de tampones bailando melodías insoportables con sonrisas de dentista psicópata y el mismo contoneo que les produciría una crisis de escozor vaginal, pilotos de automovilismo con menos cuello que un muñeco de nieve y el mismo encanto que un listín telefónico conduciendo un utilitario, soniquetes irritantes antes de que una joven recomiende un tubito de laxante que la hace estar tranquila, tipos cachas mostrando la tableta de chocolate mientras susurran el impronunciable nombre de un perfume, membrillos que llaman idiota a todo aquel que no se haya dejado robar su dinero por un banco de color chillón. Lo que no acaba de entender es por qué sólo sueña con anuncios. A veces, antes de dormir, se hace el firme propósito de soñar con divertidas comedias, documentales históricos o clásicos del cine negro. Pero no hay modo, no lo consigue. Su descanso, ahora que está solo, se ha convertido en una constante, proteica e implacable pausa publicitaria.





Presupuesto limitado

18 08 2009

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Sus sueños eran de bajo presupuesto. Cuando soñaba que conducía, el coche nunca era de alta gama, sino un 600 o un Renault 4L. Incluso una vez se soñó pilotando un triciclo. Sus sueños eróticos eran con rameras de todo a cien, de senos vacíos y trasero inexistente. Nunca soñó que caía al abismo; soñaba con tropiezos al bajar las escaleras. Ya se había acostumbrado a sus ensueños de serie B, la noche en que soñó con que era un famoso director de cine. Al principio creía que era, nada menos, que Stanley Kubrick. Pero, en el sueño, se miró al espejo y se murió de vergüenza. Llevaba un ridículo jersey de angora. No era Kubrick; era Ed Wood.





Superproducción

18 08 2009

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En sus sueños ganaba infaliblemente en la ruleta, las tragaperras, el sorteo de la ONCE, la lotería y demás juegos de azar. El yate de sus sueños recalaba en los principales puertos del Mediterráneo y su jet privado estaba siempre llevándole de París a New York, donde despilfarraba concienzudamente un capital inacabable que ganaba sin sudar. Los hombres le envidiaban y las mujeres le deseaban en medio de grandes banquetes a los que invitaba a todo aquel que se cruzaba en su camino. Las masas le aclamaban a su paso por las grandes alamedas y alfombras rojas se desplegaban a sus pies. Así fue durante años. Por eso enfrentaba felizmente cada día, con una dulce sonrisa en su semblante matinal.

Hasta que un mal día abrió los ojos empapado en sudores fríos. No recordaba cómo había comenzado el sueño de esa noche. Pero se había traído a la vigilia una imagen espantosa: el terrible y pálido rostro de un severo inspector de hacienda.








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