Morir despacio

3 09 2012

Si eres parte del puñado de noveleros y noveleras (dicho sea en la mejor de sus acepciones) que siguen las andanzas de Eladio Monroy, ya sabrás que llevo intentando cargármelo desde 2006 y que no hay manera. El muy cabezudo vuelve siempre. Ahora le ha dado por reaparecer, en una última entrega cuya edición se encuentra ahora mismo en preparación y que aparecerá, impresores mediante, en octubre.

Esta cuarta novela se titula Morir despacio y arranca con el descubrimiento del fiambre de un aparente suicida. A petición del padre del finado, Monroy acepta echarle un vistazo al asunto. Y, por supuesto, cuando huele a podrido suele ser porque hay algo pudriéndose. En este caso, los cadáveres de un par de chanchullos.

Como siempre, mala leche, energúmenos que se arrastran por la ciudad y hostias como panes para intentar leer derechito en los torcidos renglones de la realidad más cercana.

Y como en Ceremonias la fidelidad se paga, aquí tienes una primicia solo para ti: dos paginitas iniciales para que las consumas, si te apetece, como aperitivo.

Eladio Monroy visto por Fernando ‘Montecruz’

 

La pátina caliginosa cubría Las Palmas de Gran Canaria. Con nocturnidad alevosa, los vientos africanos habían transportado la calima hasta la isla durante el domingo, depositándola sobre la ciudad de la luz y los despojos. El lunes, al amanecer, se había precipitado ya sobre el paisaje: una capa de polvo amarillento lo cubría todo, empobreciendo colores, deshaciendo en una nebulosa unánime los contornos de edificios, muebles urbanos, semáforos y automóviles. De haber tenido la posibilidad, los habitantes de la ciudad se hubieran quedado en casa, escondidos en un cuarto en penumbra, con un ventilador y una botella de limonada cerca, soñando con una lluvia mansa e incesante que limpiara el aire y se llevara el polvo hasta el mar. Pero no era posible: la descarga eléctrica de cada día había vuelto a sacudir el hormiguero y, con la resignación que confiere el hábito periódico, la gente arrastraba por las aceras la disnea y el empanamiento, dirigiéndose, como todos los lunes, a sus quehaceres, porque las calimas de cada año no eran justificación suficiente para no ir a trabajar, a la compra, al colegio, a las gestiones burocráticas. Los alérgicos, los asmáticos, los afectados de migrañas sufrirían un tormento bíblico que quizá (solo quizá) les concediera una tregua a la caída del sol.

Eladio Monroy no era alérgico. Tampoco asmático. No padecía migrañas. A él, la polvajera simplemente lo ponía de mala hostia, como a todo dios. La sensación de cansancio, la abulia impenitente, la sequedad de mucosas y un exponencial aumento de su ya proverbial mala baba, aplatanada y pachorrienta eran las consecuencias del periódico e indeseable fenómeno atmosférico, ese anticipo del infierno que volvía cada temporada, el pago regular que hay que satisfacer por ser inquilino de un supuesto paraíso. Así, malhumorado y ceñudo, entró en el Bar Casablanca, ocupó su mesa y abrió el periódico mientras el tuerto Casimiro le traía el cortado de siempre en la taza cascada de costumbre.

Monroy no había dejado de acudir al Casablanca, pero sus visitas eran más breves que antes. Por un lado, el periódico resultaba cada vez menos interesante (la realidad, en general, lo era cada vez menos); por otro, desde que ya no se podía fumar en el local, tenía que elegir entre el cigarrillo y el café, y a él (como a muchos) lo que le gustaba era combinar ambos vicios. O ambos placeres, como se decía antes de que todo diera cáncer.

Casimiro, cuando endurecieron la normativa, pensó en instalar una mesa de terraza, pero tuvo que enfrentarse al escollo infranqueable de la estrechez de la acera de León y Castillo en la zona en la que el bar se hallaba enclavado. Acabó contentándose con poner un cenicero alto en la entrada. Por supuesto, hubo de soportar las quejas de los clientes y las tropelías de la muchachada, que se hacía un simpa (apócope de “me piro sin pagar”) con la excusa de salir a fumar un cigarrito. Los simpas los combatió cobrando al servir a todo aquel que no fuera cliente habitual (piñita asáa, piñita mamáa, solía decir Casimiro para describir el procedimiento). De las quejas lo libró el tiempo, la costumbre, esa habilidad incomparable de los canarios para habituarse a convivir con el absurdo.

Con todo, a Monroy también le quedaron pocas opciones: leer el periódico tomándose el cortado pero sin fumar o bien tomarse el cortado en la calle, en un vaso de papel, fumando su cigarrillo pero sin leer el periódico, lo cual no solo le restaba gracia al asunto, sino que le hacía pensar que era una gilipollez recorrerse media León y Castillo para pagar un cortado que tendría que tomarse en la puta calle como un paria, en lugar de quedarse tranquilamente en su casa y consumirlo como le saliera de las ingles.

Pero dejar de tomar allí sus cortados matinales, así como sus menos frecuentes cervezas vespertinas, hubiera sido lo más parecido a una deslealtad hacia Casimiro, cuyo negocio ya iba bastante mal antes de la Ley Anti-Tabaco, la crisis y la madre-que-parió-a-to-esto, expresión con la cual el tuerto solía referirse al estado de cosas originado cuando los efectos de la situación socioeconómica nacional llegaban hasta su pequeño mundo de vasos turbios, pan bizcochado y tapas de ropavieja.

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Más cara que un zapato

31 03 2012

No tengo nada en contra del P2P. En el fondo, es como si compraras un producto cultural y luego lo regalaras a un amigo, por pura generosidad, por puro afán de difusión. Lo que me saca de mis casillas son las páginas que se lucran vendiendo lo que no es suyo y que, encima, llaman al robo “libertad de expresión”. Por ejemplo (y es solo un ejemplo, pero hay muchas más), esta página  cargada de publicidad ofrece la descarga de un libro que yo escribí con mucho esfuerzo (mientras por las noches me ganaba la vida poniendo copas hasta la madrugada) y que un pequeño editor, con no menos dificultades (si crees que ser editor es un chollo, intenta ser editor en Canarias), logró poner en el mercado. Por supuesto, ni remunera al editor ni a mí. Esto equivale directamente a una sodomía no consentida. No obstante, los responsables de la página en cuestión no se limitan a eso, sino que, encima, nos echan el aliento en la espalda potenciando esta campaña. A esto el propio Eladio Monroy lo llamaría “tener más cara que un zapato”.

(Por cierto, lo que ofrecen para descargar es el texto de la primera edición, no tan cuidada como la segunda. Aunque, se me ocurre, quien haga la cutrada de realizar esa descarga, seguro que no será demasiado exigente).

Tú, evidentemente, eres libre de hacer lo que quieras, pero has de saber que la serie de Eladio Monroy no ha sido digitalizada por Anroart Ediciones, la editorial que posee actualmente los derechos sobre estas obras, que Tres funerales para Eladio Monroy, Sólo los muertos y Los tipos duros no leen poesía han sido digitalizadas y puestas en circulación sin permiso y que cuando te las descargas, supuestamente “de forma gratuita” (que tampoco), estás contribuyendo al lucro de otros que no son aquellos que trabajaron para crearlas.

Yo no soy Lucía Etxebarría. Para empezar, no tengo ni agente literario ni el aparato mediático y comercial que ella tiene a su alrededor. Y, además, no opino igual que ella. Que un usuario comparta contenidos con otro no me molesta. Por ende, voy a seguir escribiendo y publicando, porque sé que todo el monte no es orégano y que, en el fondo, quienes hacen estas cosas y quienes son cómplices de ellas (a sabiendas de lo que hacen) son muy pocos; sé que la mayoría de los consumidores de productos culturales no es realmente consciente de lo que hace al descargar desde este tipo de páginas.

Pero sí que reclamo, al menos, mi derecho a hacer saber que me han robado (igual que le han robado al editor, al maquetador, al ilustrador del libro) y que ahora alguien vende (porque sí, porque no es que lo difunda desinteresadamente, sino que se lucra a su costa) el producto de mi esfuerzo sin ofrecerme remuneración ni compensación alguna. Y reclamo mi derecho a dejar claro que esto no es asunto de libertad de expresión, sino de supervivencia de un escritor pequeñito (que, además, lleva años regalando textos en este blog en el que no has visto jamás el logo de un solo patrocinador) y de la pequeña editorial con la que trabaja.

Curiosamente, en estos días, estudiábamos el editor y yo la forma de ofrecer la Serie Eladio Monroy a un precio módico en formato epub, ofreciendo, además, como contenido extra, algunos cuentos que tienen a Eladio Monroy como protagonista; sin embargo, por motivos evidentes, ya no sabemos si valdrá la pena.

Ahora tú, consumidor de contenidos culturales, con esta información, verás lo que haces.





Los tipos duros no leen poesía

4 04 2011

Si eres de los lectores de la serie de Eladio Monroy (o si, de una vez por todas, quieres comenzar a serlo), puedes ir haciendo un hueco en tu agenda y en biblioteca. Porque la semana que viene saldrá al mercado Los tipos duros no leen poesía. El argumento es el siguiente: Monroy se desangra lentamente en el escenario de una matanza, lo cual viene a ser el desenlace de una historia  que empezó unos días antes, cuando una sospechosa pareja solicitó sus servicios como “localizador”. Este es el arranque de la tercera novela de la serie dedicada a las andanzas de este exmarinero violento, sarcástico y sentimental que recorre la ciudad con sonrisa cínica y una habilidad innata para involucrarse en asuntos turbios.

Por supuesto, como las anteriores, es un hard boiled, así que entre sus tapas habrá misterios, corruptelas, hostias como panes, cosas que no son lo que parecen y muchísima mala uva, tanto en el argumento como en los diálogos. Los habituales de la serie volverán a encontrarse con esa chusma que rodea a Eladio, desde la grasienta gentuza del Casablanca hasta la dulce Gloria y el burocrático Déniz (porque hay que tener amigos hasta en el infierno), pero también aparecen personajes nuevos (sobre todo uno) que creo que darán juego.

La presentación tendrá lugar el viernes, 15 de abril de 2011, a las 19:30, en la Biblioteca Pública del Estado en Las Palmas (sí, la de la Avenida Marítima, la del derribo)  y esta vez estaré acompañado por tipos duros de verdad, pero  que sí leen poesía (fíjate: aún no lo hemos presentado y ya me están llevando la contraria), porque en la mesa estarán el periodista Juan García Luján (que, por cierto, hace un cameo en el libro), el escritor y cineasta Carlos Álvarez (que presentó el primero y, además, fue uno de mis primeros mentores literarios) y el músico Ginés Cedrés (quien no solo es bibliotecario, sino que es amigo de la adolescencia y uno de los primeros fans declarados de mi rufián de la calle Murga). Estoy muy contento de que sean ellos quienes lo presenten, pues, por distintas razones, los considero a los tres como una especie de llaneros solitarios de la cultura, en contra de la solemnidad, los estiramientos de cuello y las reverencias forzadas.

Así que ya sabes: Los tipos duros no leen poesía, para seguir con la serie (o empezar con ella, si aún no lo has hecho, antes de que llegue un gracioso y te la destripe). La próxima semana en tu librero de confianza (y si no lo tiene, es que no es de confianza). El viernes 15 en la Biblioteca del Estado en Las Palmas (a las 19:30), con García Luján, Álvarez y Cedrés acompañando al padre de la criatura.





De la Egoteca

5 03 2009

Acabo de colgar en la Egoteca una entrevista en Nos gusta la gente, el programa que hace (y muy bien, por cierto) Lucas López en Radio Ecca.

Añado el enlace aquí, por si eres masoquista y te apetece aguantarme perorar durante media hora o por si eres uno de los alumnos que sufren la desgracia de tener que trabajar sobre Tres funerales para Eladio Monroy o Sólo los muertos a causa del sadismo de sus profesores.





Lectores de lujo

3 03 2008

Esta entrada tiene como fin agradecer a algunas personas su buena disposición, pero, también, presumir de conocerlas y de los buenos ratos que pasé entre ellas. La escritura proporciona normalmente muy malos ratos, así que cuando nos da algún motivo de satisfacción, lo lógico es compartirlos contigo, lector.

El viernes 29 de febrero tuve la inmensa suerte de participar en un encuentro con los alumnos de la clase 4º A de la E. S. O. del I. E. S. Teror a propósito de Tres funerales para Eladio Monroy.  Capitaneados por su profesora Toñi Ramos, amiga entrañable y una de las personas más cultas que conozco (y conozco a muchas).

Durante dos horas largas (que a mí se me fueron volando) los alumnos hicieron fuego graneado sobre este pobre escribidor con preguntas sobre los mecanismos de la novela negra en general, Tres funerales en particular y el género breve. Además de los literarios, salieron a relucir asuntos como el machismo, la violencia, las estructuras de clase y la relación ficción-realidad, tratados por ellos desde una perspectiva muy madura e inteligente.

En ese encuentro pude constatar una vez más una idea que me ronda por la cabeza últimamente y que contradice cierto prejuicio que suele materializarse en frecuentes opiniones de padres, educadores y otras personas con las que trato. Tal prejuicio se refiere a la poca disposición de los jóvenes hacia la literatura. Yo no puedo certificar eso de que los adolescentes de hoy “están abobados” por culpa de la tecnología y otros males. No digo que no estén enganchados (igual que algunos adultos, entre ellos  yo mismo y, probablemente, tú) a Internet, al Messenger y a otros demonios de nombre anglosajón y arterias electrónicas. Pero eso no quiere decir que no lean, que no reflexionen, que no se interesen por la cultura.

De hecho, en el I. E. S. Teror me encontré con jóvenes que habían hecho interesantes lecturas de mi trabajo, realizando, en algunos casos, análisis muy finos con un gran espíritu crítico. Cabezas muy bien amuebladas que, muy probablemente, merezcan un mejor material sobre el que trabajar que mi novela. Por otro lado, habían leído a autores como Cortázar y Monterroso y sentían un gran interés teórico por el microrrelato, tendencia que muchos autodenominados ‘críticos’ aún no entienden en absoluto. Sospecho que la excelente labor docente, casi activismo intelectual, de Toñi Ramos tiene mucho que ver en este interés.

Quizá justamente ahí está el germen que ha dado ese maravilloso resultado: la presencia en el aula de una persona formada e informada que cree en las personas con las que está tratando y les permite mostrar sus aptitudes, que, por cierto, no son pocas. Muchos de esos padres y educadores de los que hablaba más arriba, probablemente no se han percatado del estupendo potencial que tienen ante sí.

Bueno, esta entrada tal vez ya se está haciendo larga. Ya sabes, si eres habitual de este blog, que lo mío es el cuento y cortito cortito cortito. Pero la ocasión, creo, merecía esta entrada.

Gracias a Toñi, Gregorio e Isabel por su abrumadora hospitalidad y su apoyo logístico. Y, hablando de apoyo logístico, gracias a Gonzalo por el kit de supervivencia, que ha motivado que me olvide de mi báscula por unos días.

Gracias también al centro por su obsequio de los Ensayos completos de Montaigne, uno de esos textos que te ayudan a convertirte en una persona mejor.

Last but not least,  gracias a los chicos y chicas de 4º A de E. S. O. del I. E. S. Teror, tan curiosos e inteligentes, por soportarme durante trescientas y pico páginas y acogerme, además, una mañana. Espero no tener que esperar cuatro años a que la ocasión se repita.  








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