Las mil y una noches de Jan Potocki

17 08 2015

Sobre mi mesa de noche ha estado hasta hace unos días una novela con bellas mujeres que se hacen el amor entre sí y seducen en equipo a los caballeros solitarios. Y con hermosos jóvenes alados destinados a hacer lo mismo con una joven maga judía. Esa misma novela contiene desapariciones, vampiros, posadas encantadas, transfiguraciones, apariciones y endemoniados. Y también magos cabalistas, asesinos a sueldo, bandoleros, duelistas, contrabandistas y piratas. Además, aparecen en ella caballeros errantes, jefes gitanos, viajes y castillos protegidos por fosos inmensos, altas almenas y muros inexpugnables; y también con mansiones subterráneas llenas de tesoros inimaginables.

manuscrito alianza

Pensarás que hablo inventos recientes, del último pastiche de alguna editorial de novelas de consumo. Pero no, porque, además de todo eso, se trata de una de esas rarezas que abundan entre los clásicos, un texto que ha fascinado a legiones de lectores a lo largo de generaciones y que aún continúa comunicándonos sus sentidos. El conde polaco Jan Potocki (1761-1815) comenzó a publicarla (lo hizo en francés y en dos entregas) en 1804, y la tituló Manuscrito hallado en Zaragoza. Constituye un fantástico juego de espejos, de narradores dentro de la narración (narradores intradiegéticos, para los narratólogos), que ningún amante de la literatura fantástica debería perderse.

manuscrito acantilado

Como reza el título, la novela finge ser un manuscrito encontrado en Zaragoza por un oficial napoleónico. El asunto es el viaje por la Sierra Morena del joven e ingenuo caballero Alfonso van Worden, para incorporarse a su regimiento. Y desde el comienzo, comenzarán a sucederle sucesos imprevistos. Como botón de muestra, los hechos de su primera jornada: sus criados irán desapareciendo, se perderá e irá a parar a una misteriosa posada donde se encontrará con dos hermanas, Emina y Zibedea, que crecieron absolutamente aisladas del mundo, aprendieron, ellas solas, los misterios del amor, y buscan ahora un marido que puedan compartir, un marido que, por motivos de sangre, solo puede ser Alfonso. Tras una noche con esas dos bellezas, Alfonso se despierta lejos de la posada, entre los cadáveres putrefactos de los hermanos Zoto, ahorcados ya hace tiempo. Esta es solo la primera de las Catorce jornadas de la vida de Alfonso van Worden de que consta la primera parte Manuscrito encontrado en Zaragoza. El resto es una sucesión de aventuras y encuentros con personajes singulares, cada uno de los cuales cuenta su historia. Y dentro de algunas de esas historias, aparecerán personajes que cuentan otras, en las cuales se entremezclarán nuevos personajes que narran otros cuentos.

manuscrito valdemar

Por sus temas y estilo, por su profusión de lugares encantados y sucesos sobrenaturales, su tendencia al arabesco, la miscelánea y el exotismo, no es de extrañar que se la relacione con Las mil y una noches, El Decamerón o los cuentos de Chaucer; que marcara la literatura gótica posterior; que autores como Washington Irving o Gérard de Nerval llevaran su influencia hasta el plagio y que se la considere hoy un clásico de la literatura fantástica. Incluso la adaptación cinematográfica de Wojciech J. Has (1965) contó con admiradores como Luis Buñuel, Martin Scorsese y Francis Ford Coppola. Estos dos últimos restauraron y relanzaron la película de Has en 2001.

manuscrito has

Obra extensa, compleja y caleidoscópica, pero de lectura amena y sorprendente, se edita en España en diferentes versiones y traducciones: desde las más completas de Acantilado, Pre-Textos y Valdemar a la de Alianza Editorial, que sigue la realizada por Gallimard en 1958, omitiendo en su práctica totalidad las historias de naturaleza picaresca que ocupan la segunda parte (Avadoro, historia española).

Uno puede leer primero esta última, o lanzarse directamente a la obra completa. En cualquier caso, no hay que perderse el escalofriante placer de vagar por Sierra Morena con el ingenuo y vanidoso Alfonso van Worden, en esta rara y magnética joya del XIX.

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Bierce, la crueldad inteligente

21 04 2012

En La buena letra de esta semana tengo que recomendar algo realmente bueno, porque la semana pasada me salté la sección. La explicación oficial es que participé en el Congreso de Jóvenes lectores que finalizó el viernes pasado en Teror, pero tengo que confesar que en realidad estaba de viaje: me habían invitado a ir a cazar elefantes en Botsuana y, ya se sabe, como el camino es largo y las noches africanas no se distinguen por su animación, me llevé, para los ratos libres, un libro igual de macabro que esta actividad: El clan de los parricidas y otras historias macabras, un libro de un escritor genial del XIX norteamericano: Ambrose Gwinnett Bierce.

El clan de los parricidas y otras historias macabras, de Ambrose Gwinnett Bierce, Madrid, Valdemar, 202 páginas.

Bierce era un señor de Ohio, nacido en 1842 y que tras participar en la Guerra de Secesión y en las guerras contra los indios dejó el ejército (cabreado porque no lo ascendían) y comenzó a trabajar como periodista en San Francisco, donde pronto destacó como cronista y comentarista político. Su capacidad para la ironía y el sarcasmo y, sobre todo, su habilidad para jugar con el lenguaje y los conceptos lo convirtieron en una figura muy popular. Si eras político en ese momento, no te convenía que Bitter Bierce (el amargo Bierce) escribiera sobre ti y, de hecho, alguien llegó a decir de él que era “el hombre más perverso de San Francisco”.

Pues bien, durante esos años, mientras escribía para los periódicos de William Randolph Hearst (y se codeaba con gente como Mark Twain y el entonces joven Jack London) Bierce combinaba sus artículos con textos de ficción que hacían las delicias de los lectores y que han sido comparados, por su calidad, con los de Poe, Melville o Hawthorne. Y algunos de estos son los que recoge este libro, que lleva el título de una de sus series de relatos más famosas, El Clan de los parricidas. En ella, Bierce, haciendo gala de un humor negrísimo y de una eficiencia narrativa dignos de un Voltaire, nos cuenta las historias de personajes que son hijos de asesinos, ladrones, estafadores, envenenadoras y demás maleantes, demostrando que de tal palo, tal astilla, porque todos acaban indefectiblemente cargándose a sus progenitores. Son cuentos rápidos, muy malintencionados y muy inteligentes, entre los cuales hay algunos realmente antológicos, como “Aceite de perro”, que se ha convertido en un clásico.

Valdemar completa el volumen con otros relatos de Bierce, la mayoría historias sobrenaturales, como “El engendro maldito”, o la serie de cuentos que se titula Algunas casas encantadas, de los que hay que decir que alguno, todavía hoy, nos pone los pelos de punta si los leemos de noche y con la iluminación adecuada.

Cuentos macabros, cuentos sobrenaturales y cuentos de misterio escritos por un tipo pendenciero cuya misma muerte fue un misterio. Aquí viene el chisme:

A los 70 años y estando en Washington, en lo más alto de su carrera, parece ser que Bierce, que se había divorciado y cuyos hijos habían muerto (uno a causa del alcohol y el otro en una pelea), de pronto decidió coger su caballo y su revólver y marcharse al Sur a visitar los lugares en los que había luchado en la guerra. Parece ser que, después de esto, continuó hacia el Sur, cruzó la frontera y, en 1913, se unió en Ciudad Juárez a las tropas de Pancho Villa. En la última carta que escribió desde México, a un sobrino suyo, decía algo así como que seguramente acabarían fusilándolo, pero que prefería eso a morir de vejez o de enfermedad y, por último, agregaba: “Ser un gringo en México. ¡Ah, eso sí es eutanasia!”.

Esta desaparición de Bierce, este comportamiento legendario ha dado lugar a muchas especulaciones (de hecho, de vez en cuando aparece alguien que dice haber descubierto su tumba), y a una novela estupenda de Carlos Fuentes: Gringo viejo. Quizá recuerdes la película que inspiró, dirigida por Luis Puenzo, en la que Gregory Peck encarna a este personaje contradictorio y fascinante.

En fin, para acercarnos a Bierce, para pasarlo estupendamente, riendo con la risa de las hienas o pasando un poquito de repelús, al mismo tiempo que disfrutamos de una literatura excelente, El Clan de los parricidas, de Ambrose Bierce, en Valdemar, 202 páginas, porque divertirse leyendo es mucho mejor que divertirse matando animales y, sobre todo, mucho menos dañino.








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