Zoologías, 5

27 11 2010

Solo las mariposas son mariposas y solo los entomólogos son entomólogos.

La función de una mariposa es volar ligera por los jardines luciendo dibujos de colores imposibles, errar por el aire sin más objetivo que embellecer el mundo y ser cómplice de la Naturaleza en la reproducción de la vida, escribiendo etéreos poemas en el mágico libro del Universo.

Los entomólogos no vuelan. Se limitan a observar a las mariposas, a analizar su comportamiento, a clasificarlas y a llorar de felicidad cuando descubren un raro ejemplar.

Jamás mariposa alguna quiso ser entomóloga. Sin embargo, una vez un entomólogo cayó en la tentación de intentar convertirse en mariposa. Con no poco esfuerzo, llegó a transformarse, pero la metamorfosis nunca llegó a ser completa y se quedó en capullo; ya no pudo continuar trabajando como entomólogo y, sin embargo, rabiaba de envidia al constatar que jamás volaría. Mientras, las mariposas continuaban paseando entre las flores, ajenas a su propia condición de milagro poético.

Ya se sabe: las mariposas vuelan y los capullos deben contentarse con ejercer la crítica literaria.

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Zoologías 4

30 03 2010

Según los clásicos de la ornitología, basta una bandada de tragaluces para que se haga la más completa oscuridad.

Como el lector ya sabrá, el tragaluz común es un ave luminífaga, voraz e implacable. De hecho, algunas sociedades de caza y recolección atribuyen la noche a la voracidad de los tragaluces vespertinos.

Giovanni Colodi, de la Universidad de Siena y Nils Gohrman, de Copenhage, sostuvieron una agria polémica a propósito de este rapaz: cuando el danés incluyó al tragaluz en el grupo de las aves nocturnas, Colodi escribió un polémico (y algo extracientífico) artículo, que finalizaba con la hoy célebre sentencia: “No es el tragaluz el que está en la noche; es la noche la que está en el tragaluz”.

Paradójicamente (o, más bien, lógicamente), dado que nuestra percepción visual depende directamente de aquello de lo cual se alimenta, ningún tragaluz ha sido jamás observado, ni mucho menos fotografiado. Su temperatura media (habitualmente baja) y ciertas supuestas cualidades fisonómicas que le equiparan a lo etéreo les hace refractarios a las modernas técnicas de filmación nocturna. Así pues, la única prueba concluyente de su existencia es un hecho tan cotidiano como innegable: la existencia de la noche. Esto hace que, en los tratados y taxonomías, esta peculiar especie se haya convertido en algo parecido a un rumor, a una vaga sombra que planea sobre nuestro conocimiento de la naturaleza para ponerlo en duda o, incluso, contradecirlo.

Piense en ello esta noche, cuando oscurezca, a esa hora incierta en que el tragaluz alza el vuelo para alimentarse.





Zoologías 3

12 03 2010

Siempre me preocupó el hecho de no recordar mis sueños, porque mi terapeuta me decía  que eso se debía a un exceso de represión por parte del yo consciente. Según él, debía anotar detalladamente, en cuanto despertara, todo lo que consiguiera recordar. Un cuaderno o una grabadora en la mesilla de noche resultarían útiles para ese cometido. Pero, por la mañana, no conseguía recordar absolutamente nada. Eso me llenaba de una angustia indecible.

Pero, hace unos días, precisamente en la sala de espera de este mismo terapeuta, leí un artículo sobre el mosquitonírico. Ahora me siento más tranquilo.

Según el artículo, leído en una revista científica digna de crédito, el mosquitonírico (Chironomus Somni) es un mosquito no hematófago, frecuente en Europa, África y Asia. Revolotea por los dormitorios esperando la fase REM (sospecho que debe de ser muy respetuoso: nunca se acerca en la fase DELTA, ese momento mágico en el que, según los místicos, el microcosmos del humán es bañado por la luz de la conciencia universal). Entonces, se introduce en los sueños del durmiente y hurta algunas imágenes, determinados olores, fragmentos de pesadillas con los cuales se alimenta. Al despertar, el huésped no guarda memoria de la intervención de este particular parásito (me resisto a llamarlo así, más bien lo veo como uno de los miembros de una relación simbiótica), pero tampoco recuerda los fragmentos de sueños de los que ha sido despojado su subconsciente.

En 1994, estudiosos de la Universidad de Siam lograron capturar y estudiar detenidamente a un mosquitonírico. Diseccionado el sujeto, un potente microscopio reveló a los expertos el asombroso contenido de su vientre: bailarinas ciegas, apariciones de Lenin sobre el teclado de un piano, frailes de ocho brazos, hombres con cabeza de gallina que reían estruendosamente, aviones de caramelo, jarras de leche recién ordeñada derramándose sobre hermosos cuerpos adolescentes, rinocerontes con gafas, camisones grises cubriendo los horribles torsos de ministros octogenarios, teatros de la ópera abarrotados de borregos que defecaban en los patios de butacas, armarios que encerraban un mar tras sus puertas e infinidad de genitales de ambos sexos y variadas tonalidades y formas, pero todos hirsutos, desmesuradamente grandes e indefectiblemente amenazantes.

Los psicólogos dirán lo que quieran. Podrán recomendar hasta la saciedad que intentemos recordar nuestros sueños, que tengamos siempre papel y lápiz en la mesilla de noche o una grabadora preparada para intentar recordar esas erupciones nocturnas de la parte más profunda del volcán de nuestra identidad. Yo sé (ahora lo sé) que es un mosquitonírico, y no mi terapeuta, quien me salva de la locura.








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