Juego del escondite

7 12 2008

 

Jugaban al escondite.

Él la buscaba por todos los rincones de la casa: en el comedor, en el trastero, tras la nevera, junto a las flores del jarrón, en la bañera, bajo la cama. Finalmente, aparecía en un cuadro de Munch, en un disco de Leonard Cohen, en una novela de Stephan Zweig.

Pero le resultaba difícil y a veces tardaba demasiado. Más que encontrarla, sospechaba que era ella quien se hacía descubrir. Por supuesto, ella se divertía mucho con los apuros de su amante. Le parecía encantador su aire infantil cuando, tras horas, días, incluso semanas de búsqueda, comenzaba a desesperar, a sentir que ya no estaba, que la había perdido para siempre; y era un sentimiento que tenía algo de lástima y mucho de orgullo el que la hacía esperarle, enternecida y maternal, en aquellos lugares insospechados para, de pronto, dejarse ver por sorpresa. Él se sentía aliviado cuando el juego acababa y recibía el premio de la caricia, el beso, la tibia carne de mujer palpitando al contacto de sus manos, la noche dejándose transcurrir sobre sus cuerpos inmersos en una batalla que ambos ansiaban perder.

Luego reanudaban el juego y él volvía a buscarla durante mucho tiempo, hasta que nuevamente ella reaparecía (estaba seguro de que era ella quien se mostraba) en un aire de Bach, en la sonrisa de un niño, en las postales que reproducían cuadros de Lempicka o Frida Kahlo. 

Un día le tocó a él esconderse. Ella buscó por toda la casa, en el comedor, en el trastero, tras la nevera, junto a las flores del jarrón, en la bañera, bajo la cama. Tampoco estaba en los armarios ni en el cuarto de la lavadora, ni en la biblioteca. Después de mucho tiempo, ha conseguido entender que él ya no está, que no juega, que, simplemente, se cansó del juego y abandonó la partida. Pero no acaba de hacerse a la idea. Aún sigue buscando en cada rincón, cada melodía, cada verso.








A %d blogueros les gusta esto: