Chéjov. El poder de una lente

7 08 2013

La cuarta entrega de Navona Negra es Drama en la cacería, una novela de Anton Chéjov. No es una novela enigma. Estaría, por su estructura, argumento y tratamiento de sus temas, más cerca de lo que conocemos hoy como novela negra (ese tipo de historia que indaga en las raíces de la violencia y se pregunta por sus causas psicológicas, sociales e, incluso, existenciales). No voy a hacer, para variar, una sinopsis: he leído varias en las redes y he descubierto, con horror, que es imposible contar más de cuatro cosas sobre ella sin estropear su lectura.

Drama en la cacería, de Anton Chejov, Barcelona, Navona, 232 páginas.

Drama en la cacería, de Anton Chejov, Barcelona, Navona, 232 páginas.

Por lo cual me permito recomendar al lector (como se hacía en las salas de cine donde se proyectaban viejas películas de misterio) que no lea resumen alguno de este libro, que ni siquiera lea el prólogo o las solapas de ninguna de las ediciones disponibles antes de zambullirse entre sus páginas, porque (al contrario que en aquellas películas de misterio), las sorpresas de esta novela no están al final, sino casi en cada página y su estructura está trazada de manera tan sutil que lo que imaginamos simples precedentes del conflicto o meros sucesos sin relación con este, son pasos que damos, guiados por el autor, hacia la construcción de una trama de una coherencia interna impecable.

Todo lo más, se puede decir que hay en ella un relato en primera persona recibido de un juez por parte del redactor de un periódico, que ese relato contendrá intrigas amorosas, largas y tortuosas orgías, traiciones, infidelidades, crímenes e imposturas, y que esa historia (que es muchas historias: la del juez de instrucción Zinoviev, la del repulsivo Karneev, la de la hermosa y fatal Olienka, la del noble médico rural Pavel Ivánovich y la virtuosa Nadienka, la de los gitanos, esas gentes alegres que deben marcharse cuando llegan los sacerdotes), tiene, como casi un siglo más tarde formularía Jim Thompson, un solo argumento: las cosas no son lo que parecen.

Chéjov no fue pródigo en novelas. De memoria, puedo citar El reto y Mi vida, aunque es posible que llegase a escribir alguna más. Esta, de 1884, fue la primera. La escribió siendo aún veinteañero, fue publicada por entregas y la firmó con seudónimo. La traductora y prologuista, Luisa Borovsky no aclara cuál, aunque lo más lógico es que este fuera el de Antosha Chejonté, el que utilizaba por aquellos años para firmar sus cuentos.

Para mí, Drama en la cacería es el hallazgo de una faceta nueva en un viejo amigo al que hacía tiempo que no frecuentaba, pero en el cual reconozco su voz, su acento, sus virtudes habituales, sus temas esenciales.

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Los de mi quinta, en España, conocimos a Chéjov por Estudio 1 y sus adaptaciones de Tío Vania o de La Gaviota. Acaso también de El jardín de los cerezos, no alcanzo a recordarlo. Yo, sin embargo, no le leí hasta muchos años después, empujado por personas que sabían lo que leían.

La primera fue Augusto Monterroso, quien, en la última sesión de un taller creativo, incluyó sus cuentos entre los textos imprescindibles para todo aquel que pretendiera hacer algo con palabras. La segunda fue mi admirado José Manuel Brito, excelente narrador con quien coincidí en aquel taller y que me regaló una humilde pero entrañable antología que llevaba el título de uno de los cuentos emblemáticos de Chéjov: La dama del perrito. Desde entonces, Chéjov me ha acompañado siempre, sobre todo sus cuentos (“El pabellón número seis”, “Examen de ascenso”, “Mal humor”, “Un niño maligno”, “La cigarra”, “El estudiante”…) y su teatro, especialmente Tío Vania, una obra que continúa emocionándome y haciéndome sentir rabia e impotencia cada vez que vuelvo a leerla o a ver cualquiera de las magníficas adaptaciones a las que ha dado origen, las dirija Louis Malle o el mismísimo Anthony Hopkins.

A través de sus relatos (escritos para sobrevivir, en números de tres cifras, mientras, casi sin percatarse de ello, hacía contribuciones técnicas hoy imprescindibles para cualquier cuentista), a través de sus dramas, fui enamorándome de esa escritura engañosamente sencilla, falsamente costumbrista, por la que transitan pequeños burgueses urbanos o rurales, criados y campesinos embrutecidos por la miseria, mujiks, médicos humildes, decadentes aristócratas, estudiantes pordioseros, coristas y boticarios, observados por una lente que la genialidad de Chéjov (se abusa, en mi opinión, de la palabra genialidad; en este caso, me parece la única aplicable), presta al lector para que observe de cerca y con detalle la condición humana y acabe (eso es lo que hacen los buenos libros) compartiendo las preguntas que el autor se hace acerca del mundo.

En Drama en la cacería, Chéjov, mediante un hábil juego de perspectivas, combinando en el relato varios planos narrativos y multiplicando, por tanto, la capacidad de esa lente, muestra esas virtudes que le han hecho célebre como cuentista y dramaturgo (hábil construcción de personajes, sabia elección de sucesos significativos, sutil penetración psicológica, inmejorable eficiencia, fina ironía), además de otras más específicas del novelista (manejo de la intriga narrativa, de la elipsis y la prolepsis, elegante postergación, diestra construcción de subtramas que alimentan, como afluentes, el argumento central hasta formar un todo indisoluble). Así que, como decía, me he encontrado con un Chéjov diferente que es, sin embargo, el mismo: el absoluto maestro, el artesano que el tiempo ha reconocido como artista, ese monstruo literario que nos ayuda a asombrarnos y a indagar en ese misterio diminuto y colosal que es el ser humano.


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