Amial Cedrón ya está en el país

22 06 2010

Portada española de Las fauces de Amial

Portada española de Las fauces de Amial

Ayer, en Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Las Palmas de Gran Canaria, un buen grupo de amigos y amigas se reunió para darle la bienvenida a la edición española de Las Fauces de Amial (Las Palmas de Gran Canaria, Anroart Ediciones, junio de 2010). Les dio igual “La Roja” y que fuera lunes. Estuvieron allí escuchando a Bruno Pérez y a Eva Marrero, que hablaron de este libro y lo defendieron como si fuera suyo. Además de eso, hubo intervenciones del respetable pero, sobre todo, hubo… ¡CHOCOLATE!

Ahora en serio: muchas gracias a quienes pudieron acercarse por allí. También a quienes colaboraron en la organización de esta presentación y a quienes dieron la cara por este libro tan diferente a todo el resto de mi trabajo.

A Las fauces de Amial sólo le queda que te acerques por la librería, te hagas con tu ejemplar y des tu opinión sobre este libro de espantos y pasteles.

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Lo que me dio Saramago

20 06 2010

Ahora que ya no está quizá es el momento de pensar en él. No le conocí en persona, así que no puedo hablar de la persona (no soy de esos que se permiten llamar Tito a Agusto Monterroso o Gabo a Gabriel García Márquez; pienso, o siento, que ese privilegio debe estar reservado a su círculo más íntimo; que aunque uno llegue a amar a un escritor nadie tiene derecho a arrogarse una intimidad que no le pertenece). Pero sí que tengo una larga relación con él como lector suyo y no paro de pensar en estos días en cómo llegó José Saramago a mi biblioteca, para quedarse en ella ocupando uno de los anaqueles más respetables.

La culpa de que yo leyera a Saramago (como de que leyera a tantos otros) la tiene Antonio Becerra, quien regresó de un semestre de estudios en Portugal con un ejemplar de la edición portuguesa de El evangelio según Jesucristo e insistió en que debía leerlo. Entonces Saramago aún no vivía en Canarias y sólo unos pocos (cultos, inteligentes, con buen olfato, como Becerra) le habían leído. Por supuesto, según mi amigo, mi total desconocimiento de la lengua de Sa Carneiro no constituiría un inconveniente. En eso se equivocaba. Yo leería ese libro más tarde. Pero primero caerían en mis manos otros libros, conforme Saramago iba siendo publicado por Alfaguara y su obra se iba popularizando en nuestro ámbito cultural. Mientras aparecían nuevos títulos, yo iba haciéndome con algunos anteriores y, así, leí El año de la muerte de Ricardo Reis después de Todos los nombres, El Hombre duplicado antes que La balsa de Piedra, El ensayo sobre la ceguera inmediatamente tras Historia del cerco de Lisboa.  Y, al mismo tiempo, iba conociendo al hombre público que era Saramago, ese sereno crítico del poder, luchador contra el dogmatismo, contra el terrorismo ecológico, contra todo aquello que oliera lejanamente a injusticia.

Fue fácil acostumbrarse al Saramago escritor, a aquel novelista que imponía un estilo propio y personalísimo, en el que me sorprendía la fluidez y consistencia de su prosa, la transcripción de los diálogos directos insertándolos en los párrafos narrativos sin más marca que las mayúsculas iniciales y construidos de tal forma que nunca permitían confusión alguna, a los rincones de sus páginas en los que se escondían máximas inolvidables; fue fácil acostumbrarse a su relectura de temas clásicos que cobraban nueva vida o presentaban perspectivas inéditas al pasar por su crisol; también lo fue acostumbrarse a su labor incesante, a sus escasas pausas.

Como otros grandes, Saramago demostró que el gran público puede disfrutar de la “alta literatura”, sin necesidad de que el autor haga eso que los pedantes denominan “bajar el listón”. Confiaba en el lector, en su capacidad estética y crítica. Y el lector no le defraudó. Conozco a personas que son incapaces de imaginar la literatura sin Saramago, que tienen con sus libros una relación más sentimental que estética en la que cada título es como un regalo de un amigo íntimo (he visto cómo sucede lo mismo con Benedetti, con García Márquez, con Cortázar).

En cualquier caso, de todo cuanto me enseñó, de tanto cuanto a mí me regalaron sus libros, hay algo extraliterario, pero más importante que la literatura; una idea sencilla y hermosa que había sospechado en Orwell pero que no percibí con claridad hasta que Saramago me la regaló; una idea que es ahora ya mía para siempre y que, en esta época en que parece que las utopías ya han muerto, en que parece imposible vivir éticamente me reconforta y me da fuerzas para seguir adelante, frente a los horrores a los que nos enfrenta cotidianamente la realidad. Esa idea es la siguiente: basta con que un solo individuo diga “no”, para que los cimientos del edificio del totalitarismo se tambaleen.

Ese regalo era ya suficiente para que el encuentro con su literatura valiera la pena.





Las fauces de Amial en la Colección Laurisilva

16 06 2010

El próximo lunes, 21 de junio, a las 20:00, en Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Las Palmas de Gran Canaria (ya sabes: Mesa y López, donde antes tenían la sección de Oportunidades), presento nuevo libro, o más exactamente, primera edición en España de un libro del año pasado.

Como sabrás, en 2009 publiqué Las fauces de Amial, en la colección Piel de Gallina, de la mexicana Progreso Editorial, un libro de misterio y terror destinado al público infantil y juvenil. Además, esta edición mexicana apareció con ilustraciones de la argentina Cecilia Varela.

Portada de Cecilia Varela para Las fauces de Amial

Portada de Cecilia Varela para la portada mexicana de Las fauces de Amial

Ahora, Las fauces de Amial aparece en España, bajo el sello de Anroart Ediciones en su colección Laurisilva.

Si te apetece ver la invitación en book trailer, no tienes más que pinchar aquí.

(Ahora que no nos oye nadie, y entre paréntesis, te diré que me hace mucha ilusión que un libro mío figure en una colección que incluye títulos de Jack London y de Robert Louis Stevenson).

La historia transcurre en 1920, en una ciudad portuaria llamada Circe, donde la enigmática forastera Amial Cedrón inaugura la pastelería Cabello de Ángel. Pero esta inauguración coincide con la desaparición de niños de la ciudad.

En la presentación de Ámbito estaré bien acompañado, porque intervendrán en el acto Eva Marrero Marín, conductora del programa A vivir Canarias, en Cadena Ser y por Bruno Pérez Alemán, uno de mis filólogos favoritos, que, entre otras cosas, ha codirigido la colección Puerto Escondido y acaba de editar Las agonías insulares de Miguel de Unamuno.

Ya sabes: te esperamos el lunes 21 de junio en Ámbito Cultural, a las 20:00. Como se dice en el vídeo, habrá dulces sorpresas.





Cuestión de honor: Böll y El honor perdido de Katharina Blum

14 06 2010

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Hoy te traigo una novela en la que hay sexo y violencia, aunque jamás nos permite ser testigos de ello, porque en este libro son más importantes otras cosas. El punto de partida es el siguiente: en plenas fiestas de carnaval, Katharina Blum, una mujer de 27 años, seria y trabajadora, que está empleada como ama de llaves para el abogado Blorna y su mujer, se presenta en casa del fiscal Moeding, amigo de su jefe, para confesar que ha asesinado a un periodista y pedirle que la detenga. Este es el arranque de El honor perdido de Katharina Blum, una novela que Heinrich Böll escribió en 1974. En forma de crónica redactada a partir de diferentes fuentes (declaraciones del abogado Blorna y el fiscal Moeding, así como de otros testigos, informes policiales y recortes de prensa) a partir de las investigaciones posteriores, se nos cuentan los cuatro días previos a este asesinato. Porque, se nos advierte desde el principio, todo ha empezado cuatro días antes, cuando en una fiesta privada, Katharina Blum ha conocido a un tal Adolf Schönner, a quien persigue la ley, y ha pasado la noche con él. Cuando Katharina es interrogada por las autoridades y alguien filtra la información a la prensa, un periódico sensacionalista tergiversa y exagera todo lo referente a Katharina Blum y la pone en la picota pública como mujer de costumbres relajadas (así se decía en aquella época) y cercana al mundo de la delincuencia.

Con continuos juegos temporales, con una diversidad de voces manejadas con eficacia por el cronista-narrador, asistimos al calvario que supone para una persona honesta y discreta, el hecho de que, primero la policía y luego la prensa, invadan su intimidad y analicen sus actos hasta el último detalle, juzgándolos con vehemencia y sacando luego las conclusiones que más les convengan.

Se trata de una ácida crítica a un mundo dominado por el sensacionalismo mediático (te sonará de algo), pero también a una sociedad (la alemana occidental de aquellos tiempos) que vive un brote antidemocrático provocado como reacción a la guerra fría. Recuerda que son los tiempos de la banda Baader-Meinhof y Ulrike Meinhof, a quien Böll defendió públicamente. Ese tema flota a lo largo de toda la novela, así como la doble moral burguesa, la utilización de la mujer como objeto, la importancia de la imagen, de lo que somos realmente en relación con lo que somos para los demás.

Pero también es una historia política, ya que el enfrentamiento entre el fiscal Moeding y el abogado Blorna, hasta ese entonces amigos, simboliza el enfrentamiento entre la autoridad reaccionaria y la social democracia. Y se trata, sobre todo, de una historia de amor, porque Katharina y Ludwig, el delincuente, están realmente enamorados. Tienen tal flechazo que a la policía le cuesta creer que no tuvieran relaciones desde mucho antes.

Esta novela, una de las últimas de Böll, se aleja técnica, que no estéticamente, de las magníficas obras que le hicieron célebre, como Casa sin amo, Billar a las nueve y media y Opiniones de un payaso, novelas complejas en las que la posguerra alemana es frecuentemente expuesta a través de la interioridad de personajes que se automarginan con respecto al discurso oficial. Böll fue premio Nobel en 1972 y una figura polémica, amada y odiada por unos y otros en dosis proporcionales (era católico, pero muy crítico con el catolicismo; era un burgués renano que criticaba a la burguesía renana; era un socialista no militante, tremendamente crítico con el socialismo). Sus artículos (que en España publicó Noguer en su momento) son muy clarificadores en este sentido.

A Heinrich Böll no hay que perdérselo. Es uno de los grandes del siglo XX. Y esta interesantísima novela corta es una magnífica manera de empezar si uno no lo ha hecho todavía. El honor perdido de Katharina Blum, de Heinrich Böll,  176 páginas. Uno de esos libros que nos gustan a ti y a mí, para leer rápido y pensar despacio.





Agonías insulares

5 06 2010

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Voy a comenzar confesando, ahora que estamos en la más estricta intimidad, uno de mis vicios: Miguel de Unamuno.

No sé si les ocurrirá igual a sus otros admiradores, pero yo me enganché a Unamuno por sus novelas. La tía Tula, Abel Sánchez, La novela de don Sandalio, jugador de ajedrez, y las más conocidas, San Manuel Bueno, mártir y Niebla fueron algunos de mis libros de adolescencia. De ahí, es fácil llegar a Del sentimiento trágico de la vida o En torno al casticismo, o acabar dando con De Fuerteventura a París, para conocer al Unamuno poeta.

¿A qué viene todo esto? Pues a que hace poco se han celebrado en Gran Canaria unas jornadas en torno a Unamuno y a que, en el marco de esas jornadas se presentó un libro que se titula Las agonías insulares de Miguel de Unamuno, que es, ni más ni menos, una edición anotada de sus textos sobre Canarias. La edición está al cuidado de Bruno Pérez Alemán, un filólogo y poeta bastante joven que, debe de ser, en Canarias, una de las personas que más sabe sobre este imprescindible filósofo y escritor vasco.

¿Qué nos encontramos en Las agonías insulares de Miguel de Unamuno? En primer lugar (tras unas “Palabras liminares” de ese maestro que es, para toda mi generación, Eugenio Padorno), un esclarecedor estudio acerca de la relación de Unamuno con Canarias. Como es bien sabido, Unamuno conoció un exilio de unos meses en Fuerteventura en 1924. No tan conocido es el hecho de que ya hubiera estado en 1910 en Gran Canaria, recorriendo sus municipios, interviniendo en actos públicos donde pronunció tres conferencias y trabando amistad, entre otros, con Alonso Quesada, de quien prologaría El lino de los sueños.  Este estudio lo firma Bruno Pérez y viene a ser, creo, un resumen, asequible para el lector medio, de sus trabajos sobre don Miguel. Y después nos encontramos de todo: artículos, poemas, cartas, entrevistas, discursos, reflexiones. Absolutamente hasta la última palabra que el rector de Salamanca escribió en Canarias o sobre Canarias. Hay, incluso, un apéndice que incorpora dos textos inéditos, uno de ellos un diario que Unamuno ocultó por si le registraban mientras estaba confinado. No me negarás que la cosa tiene morbo…

Yo acabo de terminar de leer este libro y todavía estoy fascinado. No sólo porque brilla, como siempre, la inteligencia de Unamuno, su forma de jugar con las palabras (recuerda su “venceréis, pero no convenceréis”), su ironía y su pesimismo lúcido, sino porque en su forma de hablar a la sociedad insular de aquella época, vemos que esta se hallaba aquejada de algunos males que no parecen estar tan lejanos: el aislamiento, el riesgo de empobrecimiento espiritual si sólo nos preocupamos por el comercio y el turismo, la pérdida de tiempo en cuestiones localistas, como el pleito insular y los puertos francos (muy polémicas en 1910), mientras se pierden de vista los verdaderos problemas de la política, como la defensa a ultranza de la legalidad, el equilibrio y la justicia social.

Para botón, una muestra, así que reproduzco un pequeño fragmento en el que Unamuno se refiere a las quejas derivadas de polémicas relacionadas con el pleito insular y los puertos francos (si piensas que ya no se habla de estas cosas, que hemos progresado mucho, deberías echar un vistazo a los editoriales de la prensa insular):

Desde que llegué aquí (…), estoy oyendo hablar del problema local. Perdonad que un forastero un poco rudo, os diga que yo no he visto hasta ahora en ese problema sino querellas domésticas, luchas por distinciones, algo de vanidad colectiva, escapes del “aplatanamiento” y rencillas kabileñas. No dudo de la justicia de una porción de reclamaciones; pero muchas veces, en vez de acusar a la lentitud burocrática, no estaría de más mirar si no es peor la lentitud del propio espíritu. He oído quejarse de que hay hijos ilustres de esta tierra que se van y no vuelven. Yo comprendo, porque cuando voy a la mía, me apena ver las rencillas domésticas a que viven entregados.

También os quejáis de la política. Pero, ¿es que puede llamarse política a dar vueltas y más vueltas a una cosa y buscar en la Península abogados a quienes dais como honorarios un acta? Eso no es política. Nunca se ha llamado químico a un buhonero de drogas.

No reduzcáis vuestros ideales a la pequeñez de estas Islas; henchidlos con la grandeza del mar, que es el que debe brisar vuestros ensueños.

“Discurso de los juegos florales”, pronunciado en el Teatro Pérez Galdós el 25-VI-1910.

Para forofos de Miguel de Unamuno, para amantes de la buena literatura y para aficionados a la Historia. Pero, también, para todo aquel que quiera averiguar cómo veía este observador implacable a la sociedad canaria de entonces, que no era demasiado distinta a la nuestra. Quizá, viéndolos con sus ojos, entendamos mejor algunos de esos problemas de los que hablamos todos los días.

Las agonías insulares de Miguel de Unamuno, edición de Bruno Pérez Alemán, en Anroart Ediciones. 435 páginas para disfrutarlas, pero también para pensarlas.





Prueba superada

2 06 2010

No he dicho esta boca es mía en estos días porque aún me estaba recuperando del Sábado Negro. Pero, por si no fuiste y te lo preguntas, todo salió como estaba previsto. Los sospechosos habituales se sometieron a un breve pero intenso interrogatorio, el Enemigo Público Número 1 confesó cómo había planeado y ejecutado sus fechorías, el delincuente más reciente declaró ante el tribunal y los aspirantes a malhechores hicieron sus primeros pinitos. Hubo, incluso, música en el patio, con la Hard Boiled Jazz Band. Y el público asistente siguió con interés todos estos hechos, participando activamente en algunos de ellos.

Aporto fotografías, cortesía de Javier Hernández.

De derecha a izquierda: Correa, Ibáñez, Hernández, Ravelo, Lozano y Martín Carbajal. Falta Carlos Álvarez, que, probablemente, estuviera haciendo la foto antes de salir corriendo con la cámara.

De derecha a izquierda: Correa, Ibáñez, Hernández, Ravelo, Lozano y Martín Carbajal. Falta Carlos Álvarez, que, probablemente, estuviera haciendo la foto antes de salir corriendo con la cámara.

Francisco Lemus, en representación de la Autoridad Competente, entregando a José Luis Ibáñez su ficha policial de Enemigo Público Número 1 (Con diseño e ilustración de Alberto Hdez)

Francisco Lemus, en representación de la Autoridad Competente, entregando a José Luis Ibáñez su ficha policial de Enemigo Público Número 1 (Con diseño e ilustración de Alberto Hdez)

Fue una jornada feliz y divertida, la del sábado. Con el parque García Sanabria nimbado de sol. Con rostros sonrientes de gente honesta que jugó, en el inicio de ese fin de semana, a ser de esos que se saltan la ley. Luego bastaron unas horas para comprobar que no es así, para iniciar la semana comprobando que, en estos días, los criminales, como tantas otras veces, llevan uniforme israelí o dan órdenes a quienes lo visten.








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