Zweig y Márai

26 02 2013

Uno nunca sabe cómo se establecen determinadas asociaciones, pero a mí se me hace imposible pensar en Stefan Zweig sin recordar inmediatamente a Sándor Márai y viceversa.

sandor marai

Quizá se trate de hechos arbitrarios hasta la frivolidad: que yo los descubriera casi al mismo tiempo, que me viese obligado a hacerme con una pronunciación aceptable de sus apellidos o que ambos se llevasen ocho años de diferencia y naciesen cada uno en una ciudad de un mismo imperio. Otras circunstancias biográficas los acercan: ambos conocieron el reconocimiento y la caída, la fama y el olvido, y, tras el exilio, ambos murieron por propia mano lejos de los lugares que amaron.

http://www.stefanzweig.org/asp0f.htm

Pero hay otras cosas, acaso menos casuales, que les unen: la fecundidad de sus producciones, el interés por la Historia, el enfrentamiento solitario a la intolerancia (Márai dice en sus Diarios que en literatura no exite la democracia: solo hay solistas), la lucidez, una habilidad envidiable para sumergirnos con sencillez aparente en argumentos falsamente claros, su inteligencia a la hora de retratar a clases destinadas a desaparecer entre las fauces del tiempo.

El honesto burgués que fue Márai, el progresista combativo que fue Zweig se unen, al fin, en mi mente, muy probablemente por sus argumentos y sus estilos, sus triángulos amorosos, sus historias de criadas y vendedores de libros, de frágiles donjuanes e inocentes amantes anónimas. Sus respectivos discursos sobre la bondad y la crueldad, sus tableros de ajedrez y sus partidas de caza, sus muñecas rusas y su sobriedad son un país literario al que regreso a ratos, cuando me canso del vértigo y los alardes. Porque todo cansa y, de vez en vez, conviene volver a esos territorios íntimos del individuo, que ambos plasman en sus novelas –largas o cortas, pero preferiblemente en las cortas–, y comprobar a qué huele –a qué continúa oliendo– la literatura, eso que solo puede hacerse con palabras; eso que, más que emocionar, conmociona.

Eso es lo que halla quien se sumerge en Márai o en Zweig. En Zweig o en Márai. En la biografía de Fouché o en Divorcio en Buda. En La amante de Bolzano o en Novela de ajedrez. En Carta de una desconocida o en El último encuentro. Da igual por dónde se empiece, porque hay aún otra cosa más que hermana al austriaco y al húngaro: ambos son inagotable. Ninguno de ellos se acaba nunca.

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El ruido y la furia. Imprescindible Faulkner

16 02 2013

William Faulkner (1897-1962) es un autor tan grande que hasta la Guardia Civil siente veneración por él. Recuerda Amanece que no es poco, donde el escritor argentino oficial plagiaba Luz de agosto y era severamente reprendido por el cabo de la Benemérita, encarnado por el gran Saza.

Luz de agosto es estupenda, pero, si hay que hablar de Faulkner, yo (con permiso también de Santuario, de ¡Absalón, Absalón! o de Mientras agonizo), preferiría referirme a su primera obra maestra, su cuarta novela, publicada inicialmente en 1929: El ruido y la furia.

El ruido y la furia imagen

El ruido y la furia, de William Faulkner, Madrid, Alianza, 255 páginas.

Y si elijo hablar de ella no es solo porque me parezca una novela obsesionante, sino porque el propio Faulkner llegó a decir que era, entre las suyas, la obra que le inspiraba más ternura, la primera que había escrito en serio, para librarse de una pesadilla y cuya ejecución había acometido en cinco ocasiones distintas sin quedar jamás realmente contento con el resultado hasta quince años más tarde.

A grandes rasgos, El ruido y la furia cuenta la decadencia y disolución de una familia de Mississippi, los Compson. Se trata de la típica familia blanca de rancio abolengo, que se ha ido empobreciendo paulatinamente. Asistimos a sucesos cruciales para la penúltima generación, formada por una chica, Caddy, y tres hermanos varones: Benji, discapacitado psíquico profundo sin capacidad para el lenguaje; Quentin, sensible y culto; y Jason, egoísta, mezquino y amargado.

La novela transcurre principalmente en un fin de semana de 1928 y en un día de 1910, pero en realidad, a través de los recuerdos de los personajes, y gracias a un apéndice final añadido posteriormente a su primera publicación, abarca casi un siglo de historia de la familia y, con ella, de historia de la humanidad, pues, en el fondo, la de los Compson es la historia de los nietos de quienes usurpan el poder e inventan una larga estirpe para justificar el expolio; de ese orgullo de estirpe que es lo único que les queda cuando pierden su botín empujados por la Historia.

Pero lo más importante es el grandioso trabajo de experimentación que hay en El Ruido y la furia, porque la novela está dividida en cinco partes: la última, contada en una tercera persona focalizada en Dilsey, la criada negra de la familia; las otras tres narradas en primera persona, en forma de monólogo interior, por parte de cada uno de los tres hermanos varones: Jason, el tacaño; Quentin, atormentado por la incestuosa pasión que siente hacia su hermana Caddy, y (esto es lo que más llamó la atención en su momento) Jason, el idiota (o el loco). Esta es la sección que abre la novela, la de Benji, cuyos recuerdos irrumpen en su realidad inmediata en forma de monólogo interior para contarnos la infancia de los protagonistas. Faulkner quería hacer el relato por boca de alguien que sabe lo que ocurre, pero no sabe por qué. De ahí la referencia a los célebres versos de Macbeth, en los que se dice que la vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada.

Y, de alguna manera, la vida de todos estos personajes gira en torno a los dos femeninos: Caddy, que deshonrará a la familia teniendo una hija ilegítima y será expulsada para siempre, y esa hija, a quien bautizarán con el nombre de su tío Quentin, y que se convertirá también en una adolescente indomable.

En El ruido y la furia hay de todo: estafas, suicidios, castraciones, huidas, intrigas, incesto y traición. Hay fracaso, pasiones imposibles, frustración, hipocresía y miseria. Y hay, sobre todo, literatura con mayúsculas, de esa que a veces no entra a la primera, pero que, si le damos una oportunidad, nos conmocionará y nos acompañará luego toda la vida.

William Faulkner

No por casualidad se dice que Faulkner es uno de los más grandes escritores de la narrativa universal. García Márquez, Vargas Llosa, Juan Rulfo, o Juan Carlos Onetti reconocían su directa influencia.  Y es, digamos, el novelista al que la mitad de los novelistas quiere parecerse cuando sean mayores. La otra mitad quiere parecerse a Hemingway. Es algo terrible, pero inevitable: siempre hay un momento en que te ves obligado a elegir entre los Beatles y los Rollings.

De estos dos maestros, Faulkner es el que maneja una prosa de frase larga y palabra exacta, cercana a la oralidad, que juega constantemente con el tiempo y con los puntos de vista. En cuanto a su temática, es un autor cruel y conmovedor, de esos que hablan de lo local con el ojo siempre puesto en lo universal. Entre sus temas están la infamia, la deshonestidad, la castración, la violación, la misoginia, el racismo y la injusticia. Fue pionero en la creación de un territorio geográfico de ficción propio (en su caso fue el condado de Yoknapatawpha) que luego daría lugar a Macondo, a Santa María y el resto de ciudades ficticias que pueblan la literatura del siglo XX.

En El ruido y la furia demuestra cómo todo un universo puede surgir a partir de los pantalones embarrados de una niña, cómo un reloj, una pelota de golf o una corbata pueden obsesionarnos durante páginas y más páginas igual que la espada de Beowulf o la Lámpara de Aladino.

Faulkner fue muchas cosas en su vida: pintor de brocha gorda, periodista o cartero, aunque opinaba que el oficio ideal para un novelista era el de encargado de un prostíbulo. Además de narrativa (firmó unas veinte novelas y creo que más de medio centenar de cuentos), escribió cine por motivos alimenticios, pero lo escribió bien: Tener y no tener, El sueño eterno, Gunga Din o Tierra de faraones llevaron su firma. Se jactaba de su juvenil holgazanería y juzgaba absurdo trabajar para enriquecerse más allá de lo estrictamente necesario para vivir. Bebía whisky (sin exigir demasiada calidad) y obtuvo dos veces el Premio Pulitzer, además del Premio Nobel, pero quizá nada de eso importe, pues él opinaba que un escritor debe preocuparse única y exclusivamente de escribir.

Habrá quien te diga que Faulkner es una autor difícil. Por supuesto, lo es. Pero no habrá quien te diga, sin mentirte, que no vale la pena leerlo. Y una buena forma de comenzar a hacerlo es esta novela a la que parecía querer especialmente: El ruido y la furia, publicada en Madrid por Alianza, 255 páginas de literatura imprescindible.

[Si quieres escuchar La Buena Letra y averiguar qué truño decidió devorar Fortunata, solo has de hacer clic aquí].





Los cuentos de Cortázar

10 02 2013

Hace muy pocos días, con los talleristas del Museo Poeta Domingo Rivero, tocaba hablar sobre comienzos y finales, sobre objetos mágicos y líneas de fuerza del relato. Acabé, como casi siempre, escogiendo un cuento de Julio Cortázar para ilustrar el asunto. En esta ocasión el cuento escogido fue “Grafitti”. En otras, para similares propósitos, me he servido de “Continuidad de los parques”, “Axolotl”, “Casa tomada” o “No se culpe a nadie”. En cualquier caso cuando se trata de escoger a un autor que en muy pocas páginas muestre lo que merece ser mostrado de la narrativa, Cortázar es siempre una apuesta segura.

cortazar

Esta vez (como las otras), la elección del cuento a analizar me llevó varios días de relecturas, de reencuentro con mis viejos cuatro volúmenes de Los relatos editados en 1976 (mis ejemplares son de 1988) por Alianza Editorial, ordenados por el propio autor según criterios personales bajo los epígrafes Ritos, Juegos, Pasajes y Ahí y ahora. Estos cuatro libros me acompañan desde hace un par de décadas; sus páginas (dobladas, subrayadas, anotadas) amarillean tanto que el papel es, a ratos, ya marrón. Cayeron en mis manos en aquella época en que yo alimentaba el lejano sueño de convertirme en escritor y fueron devorados por primera vez durante un verano en Agaete, poblado de hombres que vomitaban conejitos blancos, siniestras señoritas que elaboraban bombones trufados de insectos, extraños que convivían en un atasco, fotógrafos que sorprendían a la infamia con las manos en la masa y ancianitas que esclavizaban a sus familias fingiendo que se dejaban engañar. Un verano en el que pude constatar aquello que decía Borges: un cuento de Cortázar consta de unas determinadas palabras en un determinado orden y si alguien intenta resumir su argumento siente que algo preciso se ha perdido en el camino.

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Aquellos cuentos eran la inevitable constatación de la magia oculta en ese infierno que cada día habitamos, el acercamiento a lo inasible, el dulce vértigo ante el abismo entre Eros y Tanatos. Lo eran entonces y continúan siéndolo. Y podemos analizarlos, podemos destriparlos y constatar cuál es el truco que usa aquí, el recurso que utiliza allá, el guiño a la cultura clásica que es tal cuento o el gesto de rebelión que supone aquel otro. Y, sin embargo, todo esto no importa cuando uno se sumerge en cualquiera de los cuentos de Cortázar como lo haría en un río y se deja llevar por el constante flujo de su prosa, que no ha comenzado en ningún lado y que no cesa jamás hasta ese punto final que impone indefectiblemente la relectura.

Hay muchos Cortázar y cada lector tendrá el suyo. Son memorables el Cortázar poeta y el Cortázar traductor, el novelista y el anti-novelista, el Cortázar políticamente comprometido y el Cortázar elaborador de almanaques y collages, el constructor de artefactos patafísicos y el vindicador de la otra ló(gi)ca desde su humor entre lo macabro y lo falsamente naïf. Yo no creo (como creyeron algunos críticos) que alguno de ellos valga menos que los otros. Pero si hay alguno imprescindible es el de los cuentos, ese que nos gana por KO, que utiliza sus comienzos abruptos para introducirnos de golpe en la ficción y llevarnos de la mano a sus finales perfectos, a esos desenlaces que son siempre un comienzo; sencillamente porque ese Cortázar, el Cortázar cuentista, el boxeador de la distancia corta, engloba (y hasta justifica) a todos los otros Cortázar.

Así que sí: hay otros Cortázar, pero están en este.





Nuevas convocatorias

7 02 2013

Anda uno metido hasta los codos en el trabajo. Los talleres en el Museo Poeta Domingo Rivero ya funcionan a pleno rendimiento y el Taller de Narrativa en Unibelia toma su recta final.

info@unibelia.es 928270538

info@unibelia.es 928270538

Allí, en Unibelia, preparamos ya nuevas convocatorias. Para que luego digas que nunca aviso a tiempo, este es el enlace en que puedes consultarlas. Por si te pierdes (en el enlace aparecen varias convocatorias), te diré que el Taller de Introducción comienza el día 6 de marzo y el Taller de Cuento y Novela, el 1 de abril. Pero, antes de todo eso, hay una charla con entrada libre, el día 27 de febrero, en la que explicaremos la mecánica de estas actividades y daremos una primera sesión. Si la diera un maestro, podríamos llamarla master class, pero la doy yo.

Pues eso, avisado quedas.





Maguncia, hada prima segunda

4 02 2013

Llega el hada Maguncia, montada en su Vespa y recorriendo a toda mecha la ciudad con sus bolsas de supermercado, en busca de niñas y niños en apuros.

las pruebas de maguncia

Las pruebas de Maguncia, Alexis Ravelo, Anaya Infantil y Juvenil, 128 páginas

Maguncia es un hada prima segunda (no ha aprobado aún los exámenes para hada madrina) y trabaja como becaria, mientras espera a pasar su último examen, el más difícil.

¿Vespa? ¿Bolsas de supermercado? ¿Y las alitas? ¿Y los polvos mágicos? ¿Y la varita? La respuesta es sencilla: las hadas de verdad no gastan de eso. Lo hacían en la época de J. M. Barrie, pero ahora se han modernizado bastante. Ya ni siquiera se esconden en los bosques o en inalcanzables palacios, sino que están ahí, conviviendo con nosotros, cruzándosenos cada día en la calle y obrando pequeños y grandes milagros mientras procuran pasar inadvertidas en su diaria tarea de protegernos de los trols.

Maguncia

Maguncia vista por Eugenia Ábalos

Las pruebas de Maguncia fue escrito entre 2010 y 2012 (sí: los libros infantiles requieren más cuidado, cariño y precisión que los libros para adultos) y es una parodia de los libros de hadas que pretende divertirte y, por qué no, hacerte pensar un poco. Pero solo un poquito, eso sí, porque lo primero que se le ha de pedir a un libro es que te haga pasártelo bomba.

Esta historia de hadas y trols de los de verdad aparece ahora publicada por Anaya Infantil y Juvenil, en cuya colección El Volcán están editados también La Historia del bufón Alegre Contador y Los perros de agosto. Las ilustraciones son de Eugenia Ábalos, cuyo trabajo, si no conoces aún libros como Tic-Tac y Cuentos de la mala nieve, no deberías perderte.

Para leer las primeras páginas de Las pruebas de Maguncia solo has de hacer clic aquí.

Dentro de muy poquito estará en tu librería, pero si eres de esas personas que prefieren no esperar y ya están acostumbradas a las nuevas tecnología puedes adquirirlo ya en versión kindle. ¿Quién me iba a decir a mí que este sería mi primer ebook?

Pues eso: Las pruebas de Maguncia, en Anaya Infantil y Juvenil. Con ilustraciones de Eugenia Ábalos. un libro diferente sobre hadas. O un libro sobre hadas diferentes. En todo caso, un libro para lectores a partir de 9 años. Y para los adultos que anden cerca. Porque, ya lo sabes: la familia que lee unida, permanece unida.








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