Tercera edición del Taller Creativo Domingo Rivero

30 09 2014

Sí, se ha acabado el verano. Al menos sobre el papel, porque el sol calcina como debería haberlo hecho hace un par de meses. Pero como sobre el papel ya se acabó el verano y uno trabaja con papel, toca desperezarse y ponerse a trabajar.

Ya hace un par de semanas que arrancaron los talleres de Unibelia, donde, tras los actuales, seguiremos con otros de los que te puedes informar siguiendo su página y sus perfiles en las redes sociales. Y ahora le toca el turno a mi niño mimado, el Taller Creativo Domingo Rivero. Ahora, cuando la primera promoción está a punto de publicar una edición de coleccionista de  Solo mi sombra, su novela colectiva, encaramos ahora la tercera edición, buscando sangre nueva a la que convertir en cantera.

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En el Taller Creativo Domingo Rivero hacemos un acercamiento a la narrativa, desde todos sus aspectos, buscando un conocimiento integral de los métodos, técnicas, temas y recursos con los que conviene familiarizarse si uno desea dedicarse a escribir ficción. Se trata de un taller teórico-práctico que funciona a lo largo de varios meses, cuyos contenidos se distribuyen en módulos de un mes (8 sesiones) de duración. Consta de dos niveles: el básico, que comienza sus sesiones ahora, y el avanzado, destinado a quienes ya han adquirido las destrezas necesarias para enfrentarse a un primer proyecto de cierto recorrido.

Pero hasta el viaje más largo empieza con un solo paso.

El Primer Módulo comenzará el próximo viernes 10 de octubre y las sesiones se desarrollarán todos los lunes y viernes, de 19:00 a 20:00 en las instalaciones del Museo Poeta Domingo Rivero (calle Torres, 10, 1º), de acuerdo al siguiente programa:

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Módulo 1: Cómo contar una historia

  1. Puntos de partida: el extrañamiento y la magia de lo cotidiano: la ficción en germen.
  2. Líneas de fuerza del relato. Objetos, estribillo, postergación. Comienzos y desenlaces.
  3. Diálogos y monólogos. Construcción y estilos.
  4. La palabra exacta. Escrituras mínimas.

La inscripción se abre mañana y puedes formalizarla en el propio museo. Procuraremos, como siempre, trabajar con grupos reducidos  y las solicitudes de inscripción se atenderán por estricto orden de llegada. Así que no hace falta decir que para luego es tarde.

Si deseas más información (precios, materiales, metodología), puedes escribirme un e-mail solicitándola a alexisravelo@gmail.com.

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Las imposibles mariposas de González Déniz

21 09 2014

Emilio González Déniz comenzó a escribir y a cosechar éxitos cuando yo aún no había empezado a leer a Kafka (esto es mucho tiempo, porque empecé con Kafka muy joven) y es de esos que jamás se durmieron en los laureles, de los que han procurado siempre que cada libro sea un aprendizaje que le lleve a escribir mejor el siguiente. Novelista y cuentista, articulista y entrevistador, biógrafo y autor de libros infantiles, algunas de sus catorce novelas son memorables, aunque inconseguibles (ya se sabe que el mundo editorial a veces tiene que ver poco con el literario). Cito, de memoria, El Obelisco, Tiritaña, Bastardos de Bardinia o las tres nouvelles que conforman Tríptico de fuego. Cuando este polígrafo impenitente, que además es un tertuliano interesante e irónico, me comentó en una ocasión (ante un café improvisado tras un encuentro callejero) que llevaba tiempo escribiendo poesía pensé, por un lado, que me apetecía mucho leerla y, por otro, que, como ocurre con los libros de otros amigos principalmente dedicados a la narrativa, se trataría de algunos poemas dispersos que serían reunidos en un libro–colección, con motivos y estilos diversos y poca unidad.

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Mariposas imposibles, de Emilio González Déniz, Las Palmas de Gran Canaria, Gas Editions, 66 páginas.

 

Ahora, al leer Mariposas imposibles (Las Palmas de Gran Canaria, Gas Editions), González Déniz ha vuelto a darme una patada en la boca y a decirme, como tantas otras veces, que por bien intencionados que sean, debería meterme mis prejuicios en cualquiera de los bolsillos que uso últimamente.

La niña de las mariposas, 1950, Óleo sobre cartón, 49 x 43 cm. de Antonio Padrón.

La niña de las mariposas, 1950, Óleo sobre cartón, 49 x 43 cm. de Antonio Padrón.

Se trata, como reza su subtítulo, de un poemario en dos libros, pero que son, en realidad, y en mi opinión, correlato el uno del otro. El primero, mariposas, no oculta su origen: a partir de la contemplación de La niña de las mariposas, de Antonio Padrón, el autor presenta 14 poemas dedicados a otras tantas mujeres que han estado en la primera línea de la Historia o en el cuarto trasero, ocultas pero imprescindibles: Diana Spencer, Ana Bolena o María Callas comparten aquí con Vailima (la esposa samoana de Stevenson), Wan Jung (la última emperatriz de China) o la mítica Malinche. Muchos autores canarios (por no decir casi todos) hemos trabajado sobre la obra de Antonio Padrón (a causa de un proyecto que llevó a cabo su Casa Museo en Gáldar hace años), pero muy pocos, en mi opinión, le han sacado el partido que le ha sacado el autor de La mitad de un credo y con resultados tan interesantes. El segundo libro, cromática, se me antoja hijo (y necesario complemento) del anterior, pero ha huido de la semblanza biográfica y ha retornado a ese territorio en el que lírica y plástica se funden consistente y fructíferamente. El continuo juego de palabras, el constante doble sentido, es llevado aquí hasta sus últimas posibilidades, ampliándose en el neologismo (“Re–vuelves encarnado con azul y sales / malva. / Impertinentemente malva sales”) o extrayendo paradojas ocultas (“el alba con ser alba se ve roja”), invocando, con engañosa sencillez, un sutil erotismo (“el rosa endeble se incrementa / y el morado se expande. / Los besos atraviesan el aire de tu cuerpo, / aureola violácea que / al tacto de tu aliento / se viene amaneciendo en la noche / morada. / Matiz que viene del calor / de tus poros abiertos”). Cierto es que en la parte final del libro aparecen algunos poemas precapitulares a sus primeras novelas o un ingenioso caligrama, “Brindis” (que deja, por cierto, un resabio agridulce), pero estos se insertan perfectamente en el estilo y temas generales del volumen.

Si a esto añadimos las hipnóticas (y entomológicas) ilustraciones de Fernando Álamo (Mariposas imposibles es de esos libros que no pueden circular en e–book porque dejarían de ser lo que son), la consecuencia es un breve y exquisito volumen, de esos que uno desea continuar llevando en el bolsillo, tenerlos cerca, que le acompañen siempre.





Idyll, una novela perversa

18 09 2014

Hoy participo, junto con el gran Emilio González Déniz, en la presentación de Idyll, la nueva y desasosegante novela de Elio Quiroga.

Por si estás en la ciudad y quieres pasarte, el acto tendrá lugar a las 19:00 en la calle Torres, nº 10, sede del Museo Poeta Domingo Rivero.

Idyll, de Elio Quiroga, Palma, Dolmen, 428 páginas.

Idyll, de Elio Quiroga, Palma, Dolmen, 428 páginas.

Pero, antes del acto, y tras releer la novela para preparar mis notas, yo necesitaba escribir esto, acaso como catarsis. De Quiroga ya se habló aquí a propósito de El despertar, divertidísima novela sobre zombis, cargada de humor negro, ironía y ácida crítica a la sociedad actual.

Ahora este cineasta y escritor da otra vuelta de tuerca más, cabalgando entre la ciencia ficción, la distopía, el thriller y el gore. No escribiré ni una sola palabra sobre el argumento de esta novela, porque no deseo destripar a nadie su lectura. Pero necesito expresar (y acaso sea este el sitio adecuado), algunas impresiones sobre ella. Desmedido, sin respetar absolutamente ninguno de los ítems del correctismo, Quiroga se ha permitido construir una historia de suspense (ambientada por motivos argumentales en Estados Unidos) que comienza de un modo engañosamente convencional y, poco a poco, sumerge al lector en los sótanos de la pesadilla. Violando las convenciones de los géneros populares juveniles actuales (aquí las estudiantes son toxicómanas y sexualmente activas, y si intentas atarlas con un candado te darán con él en los morros), lleva hasta las últimas consecuencias la dinámica de interacciones de sus personajes, así como las premisas narrativas de las que parte. Cruel, incompasivo, desenreda a lo largo de sus 428 páginas un desfile de la iniquidad, una kermés de la perversión que nos obliga a mirarnos a nosotros mismos (como individuos y como sociedad) en el espejo de la anormalidad. Porque la literatura, aunque sea amena, no puede ser solo divertimento, Idyll, como los Cantos de Maldoror, los cuentos de Ambrose G. Bierce o algunas novelas de los contemporáneos Chuck Palahniuk o Bret Easton Ellis, hace surgir la lucidez de lo desagradable, del horror más carnal y la escatología más tormentosa, y hace que esta se despliegue como una luz sobre el mundo, mostrándonos lo que hay bajo lo que nos cuentan la ideología y los tertulianos partidarios del darwinismo social travestidos de pragmáticos.

Idyll se lee con avidez; se disfruta con sonrisas, empatías y sobresaltos; se goza en los guiños a la cultura Pop, sobre todo si uno es de esos que entienden los gags de The Big Bang Theory. Incluso se aprecia su afán interdisciplinar (digresiones sobre Química, Astronomía, nuevas tecnologías y Psiquiatría, entre otras muchas materias, salpican la novela). Pero, necesario es advertirlo, no solamente no es apta para menores de 18 años (como advierte la editorial, Dolmen, en su cubierta), sino que tampoco lo es para el lector burgués, para lectores cómodos que desean salir del libro tal y como estaban antes de entrar en él. Esos harán mejor en buscar otro tipo de lecturas, de las que proporcionan única y exclusivamente evasión, mientras fuera, tras la ventana, el mundo arde.

Los otros, los que tienen lo que hay que tener, la apreciarán en lo que vale.





Córdoba Mata, Córdoba bulle

17 09 2014

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Descansado el retorno, curados los leves estigmas de los acarreos de maletas, los cambios de presión y de horarios, toca despertar a un día con el horario ya ajustado, tomar un café y sentarse a contar el viaje en una crónica que uno adivina ya insuficiente, porque una entrada de blog no puede albergar todo lo que el cuaderno, los ojos y, sobre todo, el corazón registraron a lo largo de la semana del Córdoba Mata. Para empezar, porque Córdoba no mata. Antes bien, Córdoba bulle, llena de vida, hormiguero de actividad febril en las instalaciones del Cabildo, en el Centro Cultural España Córdoba y aun en teatros, salas nocturnas y otros cenáculos a cuyas actividades no se puede acudir pero de las cuales llegan ecos en invitaciones, cartelerías y comentarios de personas que sí pudieron estar.

Pero, aparte de que Córdoba bulle, Córdoba Mata, ese encuentro que el activista literario Fernando López (autor de novelas estupendas como Odisea del cangrejo o Áspero cielo) concibió hace tiempo y que con ayuda de otros activistas literarios (bien de acción radical libre, bien infiltrados en organizaciones e instituciones serias) logró llevar a cabo por primera pero no única vez, en la Docta, en el marco de la Feria del Libro, cuyo país invitado era, en esta ocasión, España.

Así, invitado por Córdoba Mata y gracias al apoyo del Centro Cultural España–Córdoba, este escribidor calvo pudo cruzar la semana pasada el Atlántico y presentarse allá, para disfrutar entre el miércoles 10 y el domingo 14 de septiembre de las actividades del encuentro, que se desarrollaron principalmente en el casco de la ciudad, amén del colofón de una mesa redonda en el Centro Cultural Comechingones del hermoso Mina Clavero, donde los supervivientes de la semana gozaron de la abrumadora hospitalidad de Lucio Yudicello y su familia, en las cabañas de Altos del Algarrobo, bajo la constante mirada del Cura Brochero, omnipresente en pasquines, esculturas y estampas.

El encuentro reunió a compañeras y compañeros de varias regiones de Argentina, y de otros países como Uruguay, Chile o Irlanda, además de contar con mesas a distancia con Francia y Colombia. Durante esos días, durante esas mesas que se sucedían incesantes, se habló de la salud del género, tanto regional como nacional e internacionalmente; de sus raíces, que se insertan tanto en la novela enigma y de aventuras como en el western (Mempo Giardinelli dixit); de la literatura como oportunidad de volver al mundo (como atestiguaron los ex convictos de Esperanza sin Muros); de las nuevas y deslumbrantes, generaciones de autores y de las siempre complicadas relaciones entre el periodismo, la literatura y la realidad, esa salamandra que se nos escurre siempre entre las manos. También (y esto fue el signo que, en mi opinión, marcó todas y cada una de las conferencias y coloquios) de la clara orientación política del género hacia la política, la conciencia que late en todos y cada uno de los autores y autoras que incursionan en él, ya sea desde la tendencia más policial, ya desde la criminal. Hubo repasos históricos, como el de la saga Perramus, con el ínclito y encantador Juan Sasturain, esa enciclopedia viviente, ese rayo de lucidez. Y fascinantes (y necesarios) encuentros incardinados en la más dura realidad oculta, como las conferencias que Gustavo Forero y Néstor Ponce dictaron a distancia acerca de las desapariciones forzadas en Colombia y los orígenes del policial en Francia y Argentina. E interesantísimas mesas, como aquella en la que Kate Quinn dio cuenta de cómo en la Universidad de Galway los estudiantes han comenzado a estudiar las voces de Walsh o Padura.

De todo ello da cuenta el programa, que enlazo desde el blog del compañero Alejandro Soifer para paliar la falta de espacio y de memoria.

Pero, al margen de eso, para mí, Córdoba Mata supuso, como suele ocurrir en ocasiones similares, la posibilidad de reencontrarme con viejos amigos, de hacer físicas amistades virtuales y de conocer a nuevas personas y literaturas. Atrás quedan las charlas y momentos que hacen que estos encuentros sean algo más que la presencia pública y el debate con los lectores; las tertulias íntimas ante los cafés, los vinos y los Fernet con Cola en las que entre bromas, chistes y relatos de anécdotas se cimientan amistades, se encuentran puntos en común o caminos a fecundas divergencias.

Los supervivientes camino de Mina Clavero

Los supervivientes camino de Mina Clavero

Y también los buenos momentos compartidos con viejos amigos (el gran Argemí, el no menos grande Sasturain, el lúcido Orsi, la vivaz Rosende, el irónico Convertini) y nuevos hermanos, gente como Rodolfo Santullo y Pedro Peña (que me sumergieron en los amargos y tiernos laberintos del mate en común), María Inés Krimer, Mercedes Giuffré, Bartolomé Leal, Kate Quinn (que utilizará el castellano o el español, pero siempre para decir cosas con fundamento), Alicia Plante, Martín Doria, Juan Carrá, Kike Ferrari (que piensa a una velocidad que hace honor a su apellido), Lucio Yudicello, Jorge Felippa, Esteban Llamosas, Javier Chiabrando, Miriam Pino y tantos más cuyos nombres se me escapan, aunque no importa, porque figuran en el programa. Pero, además de ellas y ellos, están también los ratos de camaradería y afecto compartidos con el editor Iñigo Amonárriz, ese aventurero vasco; con Carolina Chávez y su equipo en el España–Córdoba (ay, Ana Cielo Sciascia, la que se armó buscándote); con Gladys y Marina, esposa e hija de Lucio Yudicello, que nos hicieron sentirnos como en casa, o bastante mejor; con Natalí Córdoba (quien finalmente demostró que el festival no se llamaba así por ella, pero le costó) o con Marcela Rossati, que vino a transmitirme el afecto en la distancia y la hospitalidad que me enviaba Pino Fierro y acabó dándome los suyos. Todo ello bajo las lentes y las miradas de Jorge Rey y del ubicuo Gonzalo Maestu (ese tipo que hace que le saca fotografías no al rostro, sino al alma de la gente).

Hasta los perritos intervinieron

Hasta los perritos intervinieron

¿El resumen? Una aventura del cariño, pero también de cosas más importantes (si las hay), esa conciencia de que uno no está solo, de que allá donde vaya, en cualquier rincón del mundo, hay personas con quienes comparte intereses, preocupaciones, lecturas y pasiones, de que ahí, en lo más oculto de cada persona, late un hermano o una hermana que no conocías aún y que, al final, acabas encontrándote gracias a almas generosas como nuestro cappo en Córdoba, Fernando López, que se dejan el sueño, el apetito y hasta la salud para lograr que existan cosas tan increíbles como Córdoba Mata, demostrando que la literatura y el pensamiento están vivos y corren libres por entre la ciudadanía, la sociedad civil, ese río que fluye con caudal variable, pero incesante.

Botín de Córdoba Mata 2014

Botín de Córdoba Mata 2014





El año en que quise ser B. Traven o cómo nació M. A. West

1 09 2014

Esto es una confesión. Y una explicación. Pero uno nunca puede explicar rápidamente por qué hace ciertas cosas. Para hacerlo de forma eficaz, debe escarbar en la memoria y el pasado. Por eso, quizá, habrá que empezar por el principio.

Hace más de veinte años, un buen amigo y yo entrevistamos para una revista literaria a una escritora mexicana de origen libanés. Cuando se habló de las etiquetas a las que estrategias promocionales y casillas académicas condenan a los autores, nos dijo: “La etiqueta ‘mexicana’, la etiqueta ‘mujer’, la etiqueta ‘joven’… Me cansa todo eso, yo querría ser B. Traven”.

Por si no lo recuerdan, B. Traven fue uno de los tantos seudónimos de un escritor alemán que firmó novelas inolvidables, como El barco de la muerte o El tesoro de Sierra Madre. En su época no se sabía quién era. El lector se enfrentaba directamente a sus textos, que son lo que realmente importa cuando se habla de literatura. Desconozco exactamente los motivos por los que B. Traven se ocultaba: se ha hablado de timidez, de un pasado anarquista, aunque yo siempre he preferido la explicación de que Bruno Traven creía que sus libros debían hablar por sí solos.

Más claros están los motivos por los que otros autores, en su oportunidad, también se ocultaron: desde la puramente económica (la posibilidad de vender más títulos a una misma editorial o publicación periódica) hasta la política. En algunas ocasiones, el motivo ha sido la pura diversión.

La escritura, para mí, es también juego. Quiero decir: la vertiente lúdica de la actividad creativa se me antoja imprescindible, pues es la que termina abarcando asuntos mucho más serios, entre ellos, el de la identidad.

En la actualidad, si te dedicas al ámbito creativo, resulta muy difícil divulgar tu trabajo sin divulgar, también, un poco de ti mismo, de tu propia identidad. Ese aspecto siempre me ha preocupado, porque uno desea crear cosas que duren en el tiempo y los seres humanos caducan, como lo hacen los carnés de identidad. Por ello he reflexionado frecuentemente sobre lo que nos contó aquella escritora y, movido por esa reflexión, en 2012 (un año en el que mi nevera estaba muy vacía pero mi corazón muy lleno) decidí ser B. Traven.

En parte juego, en parte experimento, en parte (gran parte) apuesta conmigo mismo, a principios de ese año decidí emplear algo del mucho tiempo libre que tenía en plantearme a mí mismo un reto en forma de ejercicio de estilo: lograr escribir una novela negra clásica al modo de los autores norteamericanos de los años cincuenta. Esto no es nada nuevo. Lo habían hecho Boris Vian, Georges Simenon o González Ledesma. Pero ya se sabe: todo está escrito salvo lo que te toca escribir a ti mismo. Y este era un pecado que deseaba cometer. Por supuesto, no bastaría con que yo quedara contento con el resultado: la novela tendría que acabar siendo publicada y los lectores habrían de leerla sin notar que había sido escrita en la parte más africana de España por un autor que no había pisado EEUU en su vida.

No hubo mala intención. Simplemente, quise retarme a mí mismo, obligarme a hacer algo distinto mudando de estilo y de razones, como quería Lope de Vega.

Así, escribí una novela pulp fingiendo que se trataba de una de las novelas escritas por un autor olvidado que había sido traducido por Thalía Rodríguez Ferrer (que prestó amablemente su nombre para esta pequeña boutade) y por mí.

Pronto descubrí que no bastaba con escribir la novela: había que crear una bibliografía esencial, unos cuantos hitos biográficos que sirvieran para perfilar una sombra, una editorial inicial y efímera. Acabé, incluso, escribiendo un prólogo en el que se mencionaban algunos críticos norteamericanos que se habían ocupado de ella. El prólogo, claro está, forma parte de la novela en otro plano de la ficción, pero supuso, para mí, un problema: me vi a mí mismo escribiendo impúdicos elogios sobre mi propio trabajo, amplificando los que ya había incluido en una entrada de blog que debía servir de gancho.

Pero el verdadero experimento, el verdadero reto, comenzó en mayo de 2013, cuando Navona Editorial publicó El viento y la sangre, de Martin Aloysius West, como el número 2 de su colección dedicada al género, después de Seis enigmas para Sherlock Holmes e inmediatamente antes de la magistral La promesa, de Friedrich Dürrenmatt. Muy pocas personas estaban en el secreto. Por supuesto, mis editores, un par de amigos y mis libreros de referencia. El propósito no era económico: era estético, lúdico, acaso sociológico. La publicación de El viento y la sangre fue, en fin, como una de esas botellas que uno lanza al mar del intertexto, sin muchas esperanzas de que llegara a ningún sitio. Las características del juego exigían, además, que no se hicieran campañas de promoción. Sin embargo, sorprendentemente, la novela gustó, ganó lectores y mereció el interés de algunos críticos y blogueros a quienes admiro, y hasta el de alguna que otra revista especializada.

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Con placer, debo decir que muy pocos se dieron cuenta de que se trataba de una falsa traducción y que, al entender los parámetros del proyecto, la mayor parte de ellos se convirtió en amable cómplice.

Hoy, cuando empieza septiembre, tras consultarlo con las personas directamente implicadas, he decidido que ya es hora de salir del armario: El viento y la sangre y su protagonista, Rudy Bambridge, nacieron en Canarias, en 2012. M. A. West no existe. Fue la máscara que necesitó ponerse un escritor llamado Alexis Ravelo para demostrarse a sí mismo que no era un escritor canario, español o calvo, sino, sencillamente, un artesano, un escribidor.

Desde aquí deseo dar las gracias a todos aquellos que contribuyeron a ello y a quienes se dieron cuenta y callaron. Y disculparme con las personas que leyeron El viento y la sangre creyendo en la existencia de West, con quienes lo recomendaron a sus amigos y pidieron más. La intención, repito, no era mala y el daño, creo, habrá sido leve, efímero como lo es todo carné de identidad. En todo caso, les ruego que piensen que formaron parte de una buena obra: la apuesta de un autor que deseaba que, al menos uno de sus textos, se explicara por sí solo.

 








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