Objetivo Escalpelo

2 12 2013

Tengo una idea para un talent show: Objetivo Escalpelo.

Las colas para el primer casting podrían ser algo así:

¿Has soñado siempre con ser neurocirujano, pero jamás obtuviste la nota de corte? ¿Rabiabas cuando en tus series favoritas tus héroes y heroínas follaban como locos en camillas olvidadas tras salvar la vida a niños y ancianitas? ¿Siempre quisiste que tu madre presumiera de ti? Esta es tu oportunidad. Si superas las duras pruebas que nuestro jurado te propondrá durante un largo periodo de ocho semanas y aúnas al esfuerzo y tus dotes naturales un carisma capaz de ganarse las simpatías del público, podrás optar finalmente, al gran premio: conseguir tu sueño de ser jefe de servicio de neurocirugía. Objetivo Escalpelo: cumple tu sueño y haz tu propia trepanación.

escalpelo

Sé que por su novedad la idea podría generar controversia (siempre hay esnobs que se niegan a dar oportunidades a quienes no han estudiado; y entre los especialistas médicos, como en otras muchas profesiones, hay mucho gremialismo), pero, finalmente, el criterio mayoritario (que jamás se equivoca), acabará imponiéndose sobre esa mayoría cultureta y elitista que exige ser operada solo por gente que ha ido a la universidad.

Pues ahí está la idea, disponible para productoras experimentadas en la variedad del talent. También tengo otras ideas adaptables al mismo formato: ¿Quién quiere pilotar mi Airbus?, Top Reportero, y Operación Abogado de Oficio.

¿A qué esperan, productores? Anímense. Ahora que la música, la danza, la literatura o la alta gastronomía ya han sido exploradas, ¿por qué no dar algún paso más allá? ¿Van a esperar a que se lo pise la competencia?

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Un hombre que era cualquiera

1 12 2013

fuego

Ya han cesado las sirenas y los disparos. Solo se escuchan gritos, silbidos. A veces risas y hasta canciones. Abajo, en la calle, la muchedumbre bulle como un hormiguero que hubiera decidido una sacudida y se revolviera en oleadas de amor. Del hombre que provocó todo esto no sabemos mucho. Ni siquiera el nombre. Hay imágenes suyas que lo muestran borroso, uno más, una figura que podría ser la de cualquier hombre de mediana edad, vestido con pulcritud y discreción (las otras, las posteriores, he preferido siempre no examinarlas directamente: son solo un borrón indeseable). Y, en realidad, ese hombre era eso: cualquiera de nosotros, aunque hoy circulen sobre él leyendas que hablan de militancia juvenil o de una vida académica ejemplar rota por el disenso o de una esposa fallecida por una enfermedad que la sanidad que antes teníamos hubiese podido curar.

El mito, en ocasiones, es más útil al entendimiento que la información objetiva, porque hay cosas muy difícilmente comprensibles desde el rigor. Una de ellas es que aquel hombre no tenía nada de especial ni de heroico, que incluso podría habérsele descrito como un hombre gris y aburrido. Un hombre tirando a bajito y nada apuesto. Tampoco especialmente valiente ni brillante. Un hombre que no había sufrido más que cualquiera de nosotros, pero tampoco menos. Un hombre, en fin, como cualquier otro hombre o mujer del país, como tú, como yo, como todos.

Pero al día siguiente de la promulgación de la última de las muchas leyes injustas que el gobierno dictó, el hombre condujo su coche hasta el centro y aparcó en medio de la plaza de la Presidencia, justo ante el Palacio Presidencial. Nadie sospechó nada cuando el hombre descendió del vehículo. Nadie sospechó que lo que había sacado del asiento de atrás era, además de una sábana perfectamente doblada, una garrafa de gasolina.

Solo cuando el coche comenzó a arder, la guardia de palacio se dirigió hacia el lugar. Ya era tarde: el hombre desconocido, el hombre que era cualquiera, tras alejarse unos pasos ya había extendido ante sí, en el suelo, la sábana, y había retrocedido para inmolarse junto a la bola de fuego en la que se había convertido el auto.

En los partes oficiales se habló de locura, de radicalismo, de inadaptación. Pero las autoridades no pudieron evitar que un fotógrafo no menos anónimo retratara la escena y difundiera la imagen de los restos, junto a la sábana en la cual el hombre había rotulado su mensaje final, tan sencillo como claro.

En pocas horas, todo el mundo había leído ya ese mensaje.

Esa misma noche, comenzaron las primeras manifestaciones que, desautorizadas por el gobierno, pronto se convirtieron en revueltas.

Mientras escribo esto, los incendios que asolan los edificios del gobierno aún apuñalan la noche. Y los gritos, las risas, las canciones, no cesan.

Dentro de un momento me uniré a la marea que, incesante, se dirige hacia el centro de la ciudad gritando (como no ha dejado de gritar desde hace semanas), la última frase escrita por el hombre gris que se sacrificó para que fuera posible este nuevo mundo, aquel hombre que era cualquiera y que, mientras se prendía fuego a sí mismo, gritaba lo mismo que había escrito en la sábana, su último mensaje, ese grito que ahora nos iguala a todos: O la justicia o el fuego.





Un tipo escandaloso

8 10 2013

Un tipo escandaloso, D. H. Lawrence,  y sus Cuentos prohibidos, editados en los rescates de Navona, con el subtítulo “Para leer en la intimidad”, una delicatessen y un acercamiento perfecto a este autor que se pasó la vida sacándole los colores a la sociedad británica de las primeras décadas del Siglo XX, un francotirador del que, para mi vergüenza infinita, todavía no había hablado en La Buena Letra.

Cuentos prohibidos. Para leer en la intimidad, de D. H. Lawrence, Barcelona, Navona, 171 páginas

Cuentos prohibidos. Para leer en la intimidad, de D. H. Lawrence, Barcelona, Navona, 171 páginas

Cuentos prohibidos viene a ser una selección de cinco cuentos escritos entre 1925 y 1930, una especie de menú degustación de su época de madurez narrativa en el que vemos las líneas temáticas que recorren su obra: el contraste entre lo que te pide el cuerpo (o el alma) y lo que la sociedad te dice que debes hacer; la complejidad de las relaciones de pareja; la imposición de roles que tanto hombres como mujeres asumen en un sociedad tradicionalmente patriarcal, una imposición que, cuando nos revelamos contra ella, nos pone la etiqueta de indecentes.

Los personajes de Lawrence son frecuentemente insumisos ante lo que la moral oficial les dicta. Esta rebelión es a veces secreta, a veces explícita, pero siempre está ahí la negación a lo que la tradición y el estatus nos dicen que tenemos que hacer o pensar en determinadas situaciones.

Así, en estos Cuentos prohibidos hay damas que practican el nudismo y desean tener hijos con campesinos que no son sus maridos, caballeros que desean sigilosamente a la misma mujer hasta que llega un momento en que no pueden continuar disimulando y faltan a la etiqueta y la elegancia dándose de galletas por cualquier motivo menor, chicas que experimentan una fuerte pasión animal por hombres que las han secuestrado o mujeres que han decidido vivir libremente y con alegría y sin complejos su libertad sexual.

Profundidad psicológica, tolerancia, búsqueda de la libertad, rebelión contra los roles de género: esas son, entre otras, las cosas que vamos a encontrar en estos cuentos, igual que en el resto de la obra de Lawrence, quien con seriedad, pero con un sutil sentido del humor, despliega situaciones inusitadas y las cierra siempre con remates geniales.

D. H. Lawrence y Frieda Weekly

D. H. Lawrence y Frieda Weekly

David Herbert Richards Lawrence nació en Inglaterra en 1885 y murió en un pueblecito francés en 1930 (como podía haber muerto en cualquier lado, porque se pasó la mitad de su vida viajando). Las tres cuartas partes de su vida las vivió en la más absoluta pobreza. Era hijo de un minero, casi analfabeto y de una maestra, y a los 16 añitos tuvo que dejar los estudios y ponerse a trabajar en una fábrica, aunque luego conseguiría hacerse con algunos títulos y consiguió trabajo como maestro. Fue entonces cuando comenzó a publicar poemas y cuentos. En 1912, cuando ya había publicado dos novelas, conoció a Frieda Weekly (de soltera von Richtofen), a la sazón esposa de Ernest Weekly, profesor suyo en la universidad de Nottingham, una mujer algo mayor que él y que tenía tres hijos. Lawrence y Frieda se fugaron a Alemania, a la localidad natal de ella y se quedaron allí mientras se tramitaba el divorcio. Pero a él lo detuvieron las autoridades alemanas (eran los años previos a la Gran Guerra), acusándolo de espionaje. Les costó mucho que lo soltaran, y,  cuando lo consiguieron, volvieron a Inglaterra, donde, ya en plena guerra, los acusaron exactamente de lo mismo: de ser espías alemanes. Cosa que, unida al antimilitarismo de Lawrence, hizo que se fueran de Gran Bretaña y no volvieran sino en contadas ocasiones. Siempre con Frieda, Lawrence se pasaría luego la vida viajando de un lado a otro y, en sus últimos años, adquirieron un rancho en Nuevo México, donde proyectaban instaurar una comuna socialista.

Lawrence publicó en vida una treintena larga de libros, entre novelas, ensayos y cuentos. Los más célebres siguen siendo Hijos y amantes, Mujeres enamoradas y El amante de Lady Chatterley. Con su sutil erotismo y su franca tolerancia, escandalizó a su época y aún hoy sigue escandalizando a los guardianes del correctismo, porque sus personajes vivieron como él mismo vivió: como les dio la real gana y sin dar cuentas a nadie, aunque eso les condenara a la soledad, la pobreza y el oprobio.

[Para escuchar el podcast, y escuchar cómo devora un libro Fortunata, solo has de hacer clic aquí]





Salinger contra los buitres

14 09 2013

[Si te perdiste La Buena Letra del pasado viernes y quieres escucharla, solo tienes que hacer clic aquí]

No hay nada mejor que tener a personas cuyo trabajo admirar. Pero el culto a la personalidad es nocivo: se empieza a confundir al obrero con la obra y se acaba diciendo, por ejemplo, que La familia de Pascual Duarte es un truño porque su autor era un hombre desagradable. Y la versión más radical, la del fenómeno fan, es insoportablemente asfixiante y despoja las obras de los ídolos del seguro o dudoso valor que hubiesen podido tener: los chicos y chicas que centran toda su felicidad en el culto a canchanchanes que se convierten (más por arte de mercadotecnia que de magia) en modernos chamanes de la caducidad, los aficionados al deporte que abrazarían la camiseta sudada de sus jugadores de fútbol o tenistas favoritos (y aun su ropa interior), los seguidores de las novelas de Fulanito que, como decía Manolo Morán en Balarrasa, firman, rubrican y le romperían la cara al que diga lo contrario de lo que Fulanito ha dicho en Twitter sobre el precio de las acelgas, parecen salidos de una de esas distopías de Orwell o Huxley, en las que masas idiotizadas son incapaces de pensar con un mínimo de independencia, ecuanimidad y criterio.

Y aún resulta más enervante cuando ese fanatismo se derrama sobre creadores admirables, desviando hacia lo personal la atención que merecerían sus obras, dando un paso de gigante con ellas hacia la banalidad de la que estas intentaban, precisamente, huir.

Todo eso viene a cuento porque acaban de estrenar en EEUU un documental sobre Salinger y la cosa viene acompañada por una biografía de 600 páginas. Los autores de ambas cosas son Shane Salerno y David Shield. Salinger (1919–2010) es, como sabemos, muy célebre por El guardián entre el centeno, esa novela conocida por estar en la biblioteca de asesinos de personas famosas (el que más, el asesino de Lennon). Hace más de cuatro décadas, cansado de que le hicieran faenas y de recibir atención no deseada, Salinger decidió retirarse del mundanal ruido, dejó de conceder entrevistas, prohibió que en las solapas y contraportadas de sus libros se publicara comentario alguno, y se retiró a Cornish (New Hampshire) para ver si sus fans y quienes intentaban sacar dinero de él gracias a la estupidez de sus fans (no hay nada tan estúpido como un fan) le dejaban de una buena vez en paz.

Tres ejemplos de la clase de faenas que le hicieron a Salinger: Ian Hamilton publicó una biografía sobre él contando sus relaciones con jóvenes aspirantes a escritoras, incluyendo el parafraseo de su correspondencia privada. Una de esas jovenzuelas, Joyce Maynard, llegó a subastar esas cartas. Su propia hija, Margaret Salinger (distanciada del padre desde la juventud), publicó en 1998 un libro en el que lo ponía a parir, afirmando que era controlador y que bebía su propia orina. Todos estos golpes (y alguno más) logró pararlos Salinger legalmente hasta 2010.

Pero ya se sabe cómo son los buitres: esperan a que la presa muera para abalanzarse sobre ella. Y ahora se ha abierto la veda.

Documental y biografía ya han comenzado a recibir críticas negativas en EEUU. Y supongo que con razón, porque, ya lo que me ha llegado, me produce repugnancia, como una historieta que se han montado con que Salinger era aficionado a las jovencitas porque solo tenía un testículo.

Personalmente, me interesa un ídem, porque lo importante en un autor no es su vida privada, sobre todo si él ha querido vivir de una forma no pública, sino su obra.

Y la obra de Salinger, que a causa de esta noticia he vuelto a frecuentar en las últimas semanas (algo bueno tenía que tener), es de esas que no hay que perderse.

Lo más célebre de Salinger es, por supuesto, El guardián entre el centeno. La han leído (o al menos la han comprado) 60 millones de personas desde 1945. Es una bildungsroman (una novela de crecimiento personal) y en ella el autor se mete perfectamente en la piel de Holden Caulfield, un adolescente que, como todo buen adolescente de libro, anda más perdido en la vida que Ana Botella en una facultad de Filología Inglesa (lo siento, chiste malo, pero es lo que toca). La cuestión es que, aunque esta novela es estupenda, su celebridad se debe a que, como decía arriba, varios tarados habían andado frecuentándola antes de atentar contra la vida de personas famosas. Así que ahí, de nuevo, el morbo, los fans y toda la asquerosa superficialidad que recorre como un río de estiércol la Edad Contemporánea. Y sí, El guardián entre el centeno es muy recomendable, sobre todo si uno es un adolescente, pero está un poco sobrevalorada y por motivos extraliterarios.

Lo que me parece magistral (y lo que ha sido más olvidado porque no está relacionado con ningún escándalo) son sus cuentos y novelas cortas.

Nueve cuentos, de J. D. Salinger, Madrid, Alianza Editorial, 189 páginas

Nueve cuentos, de J. D. Salinger, Madrid, Alianza Editorial, 189 páginas

Tres años después de El guardián entre el centeno, J. D. Salinger publicó Nueve cuentos, una joya en la que brilla (yo diría que deslumbra) su indudable talento narrativo. Ahí están, además, todos sus temas habituales: la devastación de la guerra, la sabiduría oriental (especialmente el vedanta y el budismo zen), la incomunicación, la dificultad de los individuos para hallar un equilibrio sus emociones y lo que la sociedad espera de ellos, la inocencia de los niños, con cuyo contacto sus personajes encuentran con frecuencia la salvación espiritual. Estos y otros asuntos literariamente jugosos motivan muchos de estos cuentos, como “Un buen día para el pez plátano”, “Teddy”, o “Para Esmé, con amor y sordidez”. Sin embargo, de entre esos nueve cuentos excelentes, hay uno que siempre he incluido en esa Antología de Cuentos Inolvidables que cada amante de los cuentos tiene, ocupando un lugar relevante: “Linda boquita y verdes mis ojos”, magistralmente construido en torno a una simple llamada telefónica.

Si leídos estos cuentos, queremos seguir con la ficción breve de Salinger, solo hay dos libros más, que recogen en total cuatro relatos en torno a la familia del protagonista de “Un buen día para el pez plátano”, la extensa y curiosa familia Glass, compuesta por chicos y chicas que fueron niños–prodigio de la radio en los años treinta. El narrador de ambos libros es Buddy Glass, uno de los hermanos. El primer libro contiene “Levantad, carpinteros, la viga del tejado” y “Seymour, una introducción” (maravilloso texto autorreferencial y muy recomendable para aquellos quienes se enfrentan cada día a la página en blanco). El segundo libro es Franny y Zooey, dos novelas cortas que forman una sola, en torno a los dos hermanos menores de la familia.

Y esta es toda la obra publicada de Jerome David Salinger: una novela, un libro de cuentos y dos libros que forman un ciclo de cuatro novelas cortas. No se me dan bien las matemáticas, pero no sumarán más de setecientas páginas y se editan habitualmente en colecciones de bolsillo, muy económicas. Podemos leerlas, disfrutarlas y pensarlas sin violar la intimidad de su autor.

Así que no tiene mucho sentido leer esa biografía de 600 páginas en la que unos caníbales despedazan la vida personal de un maestro que lo único que había pedido era que le dejaran tranquilo.





Anfitrión

26 05 2013

Los escritores fueron convocados. Como se les dijo que habría cóctel y canapés, acudieron todos sin excepción, desde el incierto diletante al maestro indiscutible. Palmeando o mostrándose espaldas, mirándose de frente, de reojo o desde arriba, según quién y a quién, estrechándose manos o intercambiando besos, disfrutaban del que ellos suponían merecido ágape cuando, de pronto, sonó la voz del anfitrión, quien ordenó la amputación de las manos de todos los asistentes, un momento antes de que un ejército de verdugos enormes e imperturbables, se aplicara rápida y eficazmente a la tarea. Fueron trasladados después a sus respectivos domicilios, previa asistencia sanitaria, mientras aún se oían las quejas y los sollozos de quienes no se habían desmayado.

Un mes más tarde, casi la mitad de los escritores había aprendido a escribir con los pies. El anfitrión volvió a convocarlos, prometiendo un suntuoso banquete de desagravio. Cuando estuvieron reunidos, los verdugos se pusieron rápidamente a trabajar. Pero en esta ocasión decapitaron a todos aquellos que no habían aprendido a escribir con los pies, y cortaron los pies de quienes sí lo habían hecho.

Nuevamente en su casa, la mayoría de los escritores supervivientes desistieron de proseguir con su oficio. Pero, unos pocos, en concreto, diez, aprendieron a teclear con la nariz.

Para la siguiente atrocidad no hubo convocatoria pública. Los verdugos, organizados en pelotones nocturnos, fueron entrando en las casas de los escritores y llevaron a cabo la matanza en una sola madrugada de cuchillos sanguinolentos e inútiles peticiones de clemencia. Ejecutaron a todos los escritores, menos, por supuesto, a aquellos diez nasoamanuenses, a quienes cortaron la nariz.

De esos diez, tres aprendieron a utilizar la pluma con la boca. Los restantes fueron ejecutados anoche.

Hoy nos convocó nuevamente el anfitrión. Tres suntuosos carruajes vinieron a buscarnos. Asistimos, resignados, a las que creíamos nuestras últimas horas.

El anfitrión nos agasajó con un majestuoso banquete y nos agradeció, no sólo nuestra asistencia, sino lo que él describió como nuestra paciencia infinita. Luego se comprometió a mantenernos durante el resto de nuestras vidas, y, cuando estas cesaran, a publicar nuestras obras completas, erigir monumentos conmemorativos en nuestra memoria, poner nuestros nombres a calles, bibliotecas y centros educativos. También se responsabilizó, en adelante, de liberar cualquier suma que considerásemos oportuna, y satisfacer cualesquiera necesidades (o caprichos) que llegásemos a imaginar. Pero todo esto con una única aunque ineludible condición: que continuásemos escribiendo.

En mi casa, al regreso de esa visita en la que temí hallar la muerte, he entendido el verdadero propósito del anfitrión, el objetivo que se escondía tras su aparente crueldad.

La pluma se desliza con lentitud sobre el papel. Mi saliva produce borrones en los senderos tortuosos de la tinta, pero ahora (únicamente ahora) sé cuál es el verdadero sentido de mi existencia. 





Buzón de voz

26 05 2013

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El mismo ritual cada vez que regresa: dejar las maletas, quitarse la americana y los zapatos, abrir las llaves del gas y del agua, aflojarse el nudo de la corbata y servirse una cerveza. Después, solo después, tomar asiento en el sofá con el teléfono, un bolígrafo y un bloc de notas, dispuesto a escuchar los mensajes de su buzón de voz.

En esta ocasión, el primero es de un colega que le apura para que entregue un informe que tiene pendiente. Acabar dossier, anota en la página virgen. El segundo mensaje es de su madre. Pregunta si no ha llegado aún. Por sus cuentas, él debía haber regresado ya. Apunta: Llamar a mamá. Lo hará mañana. Son ya casi las once de la noche de un domingo. El sistema nervioso de su madre nunca ha podido soportar el timbre del teléfono pasadas las diez. El tercer mensaje lo escucha desde el asombro, desde el estupor más absoluto, desde la más completa incertidumbre. Lo reproduce una segunda vez. Únicamente comienza a entenderlo a la tercera. En la grabación, una voz de mujer de mediana edad dice:

“Soy yo. Sé que prometí no volver a ponerme en contacto contigo nunca más. Pero, lo siento, no podía marcharme sin despedirme de ti. Te estarás preguntando cómo conseguí tu número de ahora. Fue Diego quien me lo dio. No se lo eches en cara. Le tuve que dar mucho la lata hasta que lo soltó. Tengo una caja de pastillas y una botella de tequila. Con eso será suficiente. Pero antes de hacerlo, solo quería decirte que eres la única persona a quien he amado de verdad, aunque ahora ya nada de todo eso importe mucho. Quizá tengamos más suerte en otra vida, en que seamos menos orgullosos, más comprensivos, menos tontos. Adiós, mi amor”.

Cuando comprueba que no hay más mensajes después de este, se queda con el auricular en una mano y el bolígrafo en la otra, pensando. Se encoge de hombros, deja el teléfono a un lado y escribe: ¿Quién es Diego? Luego da un trago a la cerveza y añade: Llamada equivocada.





Gastronomías 2

30 10 2012

Como él era el más sibarita de los caníbales y la prensa decía que aquel filántropo millonario tenía buen corazón, no descansó hasta que pudo arrancárselo y devorarlo. La experiencia resultó decepcionante: como todos los corazones acaudalados, el corazón era pequeño, duro y reseco, y le dejó en el paladar un filoso sabor a hiel.








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