El penúltimo rebuzno

30 07 2013

“Las bibliotecas no dan dinero y hay 14 personas trabajando en ellas”, ha afirmado Mari Carmen Castellano, alcaldesa de Telde, hablando de la posibilidad de ahorrar gastos.

Si lo que pretendía la ilustre alcaldesa era lanzar un globo sonda, hay que decir que este le ha estallado en la cara, porque sus declaraciones han despertado la indignación de los usuarios de las redes. Seguro que no comprende a qué viene el enfado de los internautas. Lógico: los ignorantes siempre ignoran que los demás no lo son.

Claro que las bibliotecas no dan dinero. Si lo dieran, empresarios corruptores y políticos corruptibles hubieran corrido ya a señalar su importancia, la necesaria eficiencia de estas para el normal funcionamiento de la sociedad, la imprescindible privatización de sus servicios (previo cobro de la correspondiente comisión, por supuesto). Por eso, porque las bibliotecas no dan dinero, los politicastros de medio pelo y los chorizos de cuello blanco las ignoran sistemáticamente y uno puede entrar en ellas y disfrutar de la compañía de gentes honradas que quieren ser, no más ricas, sino mejores personas.

Me resulta completamente indiferente el partido político al que pertenezca Castellano (en este caso, es el Partido Popular, pero me consta que hay energúmenos capaces de soltar barbaridades semejantes en casi todos los partidos y, por otro lado, también me consta que en el Partido Popular hay militantes y cargos que, por suerte, no piensan como ella). También me da igual el hedor a corruptela que la ha rodeado desde hace tiempo, las acusaciones por malversación, fraude, falsedad y blanqueo que han llevado a la Fiscalía a pedir cinco años de trena para ella.

Lo que no soporto es que alguien que ostenta un cargo público suelte esa lindeza en nuestro ámbito geográfico, donde educadores, bibliotecarios, gestores culturales y ciudadanos anónimos entablamos cada día una lucha por promover los hábitos de lectura y el acceso a la cultura como herramientas que permitan a los individuos enriquecerse espiritualmente, convertirse en mejores personas, en mejores ciudadanos, en seres algo más libres y un poco mejor formados, lo cual posibilitará, por ejemplo, que si un día, por mor de la fortuna o por su astucia a la hora de saber trepar, llegan a militar en un partido político y a alcanzar una concejalía o una alcaldía, tengan el necesario sentido común y el mínimo de sensibilidad suficiente para no escupir ante un micrófono barbaridades de este calibre.





La última tumba en Getafe

21 07 2013

Ahora que ha pasado la avalancha de felicitaciones (la noticia se hizo pública el jueves), me apetece sentarme ante el PC y compartirla contigo: una novela mía, La última tumba, ha obtenido el XVII Premio Ciudad de Getafe de novela negra.

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Se trata de uno de esos premios sorprendentemente limpios, en los que envías tu original firmado con pseudónimo. Yo no suelo presentarme a demasiados concursos y jamás había sido premiado. Normalmente, mis propuestas se quedan en la puerta (menciones especiales, segundos premios). El único galardón que atesoraba (y con mucho orgullo) era el Premio Macabeo, un reconocimiento oficioso hecho en su momento por el restaurante de ese nombre, hoy desaparecido. Así que no albergaba demasiadas esperanzas cuando envié La última tumba a competir con los muchos y muy buenos textos que suelen presentarse a este premio, vinculado (y nada menos) al encuentro Getafe Negro. Eso fue hace meses y, de hecho, cuando el miércoles al anochecer, me telefoneó Lorenzo Silva para comunicármelo, incluso había olvidado que participaba en el certamen y pensé que se trataba de una broma, porque él es amigo de darlas y yo mucho más amigo de recibirlas. Pero no: de pronto, Lorenzo, a quien yo no le había dicho que me presentaba al Ciudad de Getafe, me llamaba Larsen (el pseudónimo con el que presenté el original) y me decía que el jurado (compuesto por Espe Moreno, de Editorial Edaf, Fernando Marías, Ramón Pernas y él mismo) había decidido concederle el premio por unanimidad a La última tumba.

Ahí comenzó todo y, desde entonces, no he parado de recibir parabienes y muestras de cariño por parte de mis compañeros de oficio y de los lectores. Por eso he esperado a que pase la oleada para dar las gracias a unos y a otros su afecto, cosa que, como no puedo enviarles flores y bombones a todos y cada uno (eso es lo que me gustaría), intento hacer escribiendo esta entrada.

Por lo que dije más arriba, se entenderá que no estoy muy acostumbrado a los premios y no sé demasiado bien cómo hay que reaccionar. Lo que sí sé es que ahora toca poner los codos y aprender y trabajar más para ser merecedor de toda la confianza que los demás ponen en mí.

En su comentario al fallo, Lorenzo Silva destacaba el hecho de que la historia transcurriera en las Islas y no necesariamente en Madrid o Barcelona, y Fernando Marías, que se tratara de una novela negra-negra (los que amamos el género, sabemos lo que eso significa), y con pocas concesiones. Por eso, yo me lo tomo como un premio, no a mi trabajo, sino al de muchos otros que, como yo, han decidido apostar por un género duro y desvelador de la ideología, escribiendo en la periferia geográfica y, por tanto, en la cultural. Y así, me gustaría hacer virtuales copartícipes a los compañeros y compañeras que escriben situados en esa periferia, sobre todo en Canarias, pero también en Euskadi o Extremadura.

La última tumba está protagonizada por Adrián Miranda Gil, una especie de Conde de Montecristo envilecido por veinte años de prisión que, al contrario que aquel, no conoce la piedad. La escribí con rabia, mientras ultimaba las ediciones de Morir despacio y La estrategia del pequinés, intentando hacer algo diferente a lo que había hecho en aquellas novelas, porque soy de los que piensan, con Lope de Vega, que hay que mudar siempre de estilo y de razones, aunque teniendo presente aquel adagio de Jim Thompson que reza que el único argumento que existe es que las cosas no son lo que parecen.

Ahora espero su aparición en el mercado, en octubre, coincidiendo con la entrega oficial del galardón y con el festival Getafe Negro, para esperar la opinión de los lectores, esa gente que es la que hace posible este diario milagro de la literatura.





Libros para un verano

20 07 2013

Como era el último programa de la temporada y La Buena Letra se va de vacaciones (al menos en antena, porque en Ceremonias continuaré colgando reseñas cada semana) esta vez no traigo un solo libro, sino unos cuantos; así tendrás recomendaciones para todo el verano que puedan acompañarte en la piscina y la playa, después de hacer ejercicio, en las noches de tormenta veraniega, en la casa rural o en el viaje.

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Para la playa y la piscina:

Papiromanía, un libro firmado por cuatro autores: Ricardo Pérez García, Antonio Lino Rivero Chaparro, Rubén Benítez Florido y Juan José Rodríguez Barrera. Es un libro del que yo estoy particularmente orgulloso, porque estos cuatro señores se conocieron en el Laboratorio Creativo Anroart, hace cuatro años, y continuaron viéndose y haciendo tertulia hasta que todo eso cristalizó en esta canallada golfa y divertida que edita Anroart, con olor a fanzine, a patafísica y a cerveza derramada. Son veinticuatro textos breves de todo tipo: cuentos de humor delirante, cuentos escritos desde la memoria, parodias de las novelas de espías y la ciencia ficción y hasta algunos ensayos literarios firmados por Benítez Florido, que para algo es filósofo y ya ha publicado dos volúmenes de este género. Así que, para playa y piscina: Papiromanía, editado por Anroart Ediciones, 111 paginitas de risa y reflexión.

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Para después de hacer ejercicio:

Si eres de quienes prosiguen con Operación Bikini, aquí hay un ensayo estupendo sobre el deporte que tiene fama de ser el más duro: Del boxeo, de la norteamericana Joyce Carol Oates. Carol Oates es muy conocida por sus estupendas novelas, como Puro fuego o Mamá, pero algo que no todo el mundo sabe es que, desde niña, es muy aficionada al boxeo, que viene a ser, como hemos dicho otras veces, el deporte más literario que existe. Aquí Carol Oates sigue los pasos de Norman Mailer, Hemangway y otros muchos y hace una larga y profunda reflexión sobre el boxeo y sobre sus luces y sombras, repasando su historia, sus grandes hitos y obligándonos a hacernos preguntas sobre cómo el combate pugilístico simboliza el combate que todos sostenemos contra nosotros mismos. En mi opinión, este libro solo tiene un defecto: únicamente habla de boxeadores norteamericanos. Por lo demás, es perfecto: Del boxeo, de Joyce Carol Oates, publicado por Punto de lectura, 180 páginas de reflexiones bellamente escritas.

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Para las noches de tormenta veraniega:

Si el cielo de pronto se pone gris, se levanta el viento o empieza a granizar o a tronar y no hay manera de estar al aire libre, recuerda que Navona ha rescatado una de mis joyas preferidas y que no puede faltar en ninguna buena biblioteca: La promesa, del suizo Friedrich Dürrenmatt. Una novela inquietante y oscura de 1959, que trata sobre un policía obsesionado con atrapar a un asesino de niñas, y de cómo desciende a los infiernos de la moral por culpa de esa obsesión. Es una historia que ha sido llevada al cine dos veces (por Ladislao Vajda y por Sean Penn, respectivamente) y que Navona rescata en una nueva traducción, anotada, para quien no sea político o empresario corrupto y no esté, por tanto, familiarizado con los cantones suizos. En Navona Negra (que está convirtiéndose en una colección de lujo): La promesa, de Friedrich Dürrenmatt, 156 páginas inolvidables.

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Para leer en la casa rural:

Para esas tardes tranquilas en la casa rural, después de hacer senderismo con tu pareja, resulta muy recomendable otro rescate de Navona: Golowin, del alemán Jakob Wassermann. Una novela corta intensísima protagonizada por María Von Krüdener, una alemana, madre de familia, casada con un noble ruso desaparecido en la Gran Guerra y que se enfrenta sola con sus hijos a la Revolución Rusa. En su huida, va a conocer a una larga serie de personajes singulares, aunque el que más le llamará la atención es Golowin, el que da título a la novela, un joven capitán revolucionario tan peligroso como cautivador. Wassermann (1873–1934), uno de los grandes autores alemanes del periodo de entreguerras (y ahí, en alemán, están escribiendo monstruos como Canetti, Broch o Zweig), es autor de otras novelas muy célebres, como Gaspar Hauser, pero hoy en día está algo olvidado y esta novela, delicada e inteligente, es una pieza perfecta para acercarse a él: Golowin, de Jakob Wassermann, en Navona, 130 páginas de perfecta literatura.

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Para el viaje en barco, en tren o en avión:

Si el viaje es largo, vale la pena llevarse una de esas novelas ágiles pero complejas, que nos sumergen en un rico universo de muchos personajes que alimentan una intriga constante. Para eso, recomiendo La tristeza del samurái, de Víctor del Árbol. Fue la novela revelación en Francia en 2012 y no para de cosechar éxitos y elogios, en mi opinión merecidísimos. Se trata de una historia que transcurre en dos tiempos: la posguerra y la transición. La tristeza del samurái es el nombre de una espada que simboliza el conflicto entre muchos personajes que callan sus secretos a lo largo de los años y del dolor. Una de esas novelas en las que hay pasiones amorosas y odios viscerales, sin que falten sus buenas dosis de violencia y erotismo. Y con un estilo muy fino, que me abre el apetito para leer su siguiente novela, Respirar por la herida, que anda ya por casa para este verano. Pero, por ahora, La tristeza del samurái, de Víctor del Árbol, editada por Alrevés, 413 páginas de buena, muy buena novela.

Así cerramos esta cuarta temporada de La Buena Letra. Fortunata y yo le vamos a dar un descanso a Eva Marrero y a Cadena SER Las Palmas y nos vamos a quedar leyendo en casa. Tenemos muchos libros: 612 euros, de Jon Arretxe, La cabeza de Villa, de Pedro Salmerón, La última batalla, de José Javier Abasolo, Pequeños homenajes, de Gregorio Duque, las Novelas bálticas, de Keyserling… Y eso solo para empezar, porque siguen llegando libros y textos y cosas que apetecen mucho. Así que, en septiembre, volvemos con más libros, más calorcito y más cachondeo, que es lo que nos hace falta para aguantar el tirón.

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Tengo un SMS para ti

14 07 2013

Mariano Rajoy es incapaz de pronunciar el nombre de Bárcenas. Sin embargo, ha estado cruzando SMS con él hasta hace bien poco (marzo de este mismo año, al parecer). En esos mensajes, le enviaba ánimo, le ofrecía su apoyo y, sobre todo, le pedía que no hiciera públicas las cuentas de la caja B.

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Lo desvela El Mundo. La fuente de la información es, con toda seguridad el propio Bárcenas. A nadie se le esconde que esto le viene muy bien a aquellos miembros del partido que quieren pescar aprovechando el río revuelto (verbigracia, Esperanza Aguirre, sin ir más lejos). Tampoco es difícil entender que no menos bien le viene al líder de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba, quien no hace mucho le hizo un cariñito a Rajoy, pues lo llevan igual de mal en un país que cada vez confía menos en el bipartidismo y también debe protegerse de la tormenta de estiércol que está esparciendo el ventilador de los ERE de Andalucía. Todo esto es verdad. Pero no menos verdad es el hecho (a estas alturas incontrovertible, porque ni siquiera Moncloa se ha atrevido a negarlo) de que esos SMS existen.

Cada vez lo tiene más difícil el Partido Popular para mantener su versión de que Bárcenas es una especie de Roldán, un chorizo que les creció en el jardín y que traicionó su confianza apropiándose de los fondos que administraba. Porque al famoso caso Bárcenas se ha llegado a partir de la trama Gürtel, y ambos (el caso grande y el pequeño, que ya no sabemos cuál es cuál), apestan a comisiones ilegales, a financiación irregular y a tomadura de pelo a un país que ahora está pagando los platos rotos de tanta sinvergüencería, mientras algunos de los que tomaron parte en aquel saqueo (no solo políticos, también empresarios) se afanan en proseguir con este de ahora, en el que están arrasando con lo poco que quedaba.

Carlos Floriano compareció hoy para entonar su eterno “y tú más” que esta vez no le sirve de nada, porque, pese a que en nuestra Historia reciente abundan los caraduras, jamás se supo hasta ahora de un presidente del Gobierno que intercambiara mensajes de apoyo con un imputado. Según Floriano, el hecho de que Bárcenas esté en la cárcel, prueba que no logró nada de Rajoy. Creo que lo único que prueba es que el Gobierno (por una vez en este país tan acostumbrado a mearse en los zapatos de la independencia del Poder Judicial), no ha podido pararle los pies a la Justicia, pese a que lo ha intentado por todos los medios.  En mi opinión, el vicesecretario de Organización del PP podrá cantar misa (imaginarlo cantando misa me hace sonreír, sobre todo si le pongo una peluca que le asemeje aún más a Carmen de Mairena, quien, por cierto, le aventaja en cualidades oratorias), pero lo que no puede hacer es negar lo evidente: su presidente y el nuestro ha tenido hasta marzo de este año comunicación directa con un presunto delincuente. Por mucho menos han caído gobiernos en países supuestamente menos civilizados que el nuestro.

A estas alturas, me es indiferente que Rajoy pronuncie o no el nombre de Bárcenas o que continúe teniendo su número en la agenda del móvil: me basta con que haga las maletas y se vaya de esa casa que pagamos todos.





48 horas en Gijón

13 07 2013

Bien lo sabe el jefe Camarasa: llevaba yo años loquito por ir a la Semana Negra de Gijón, a conocer de cerca a los grandes y codearme con los buenos. Uno sueña tanto y tan insistentemente con algunas cosas, que cuando esas ilusiones se hacen realidad suele haber siempre un dejo de decepción. No es el caso: estas escasas 48 horas que he pasado en el festival han superado con creces mis expectativas.

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Camaradería, diversión y una constante tertulia que comienza cuando llegas y se prolonga de mesa en mesa, de paseo en paseo, y en la que los interlocutores van cambiando; un diálogo incesante en el que se habla de todos los temas importantes, pero siempre a través de la literatura: eso ha sido para mí la Semana Negra. Porque sí, las cañas, los vinos y la comida vuelan y, visto desde lejos (o incluso desde cerca), puede parecer que a lo que se va a Gijón es a emborracharse (que también), pero en realidad no dejas por un instante de dialogar con aquellos con quienes compartes pasiones. Por eso te traes siempre una lista interminable de libros que has de leer, de nuevas perspectivas para aquellos asuntos sobre los que creías tener opiniones firmes y acerca de los cuales tienes que volver a hacerte replanteamientos tras conocer la opinión de otros que saben tanto o más que tú o que, simplemente, porque son de otro lugar, enfocan esos temas desde un punto de vista completamente diferente.

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Ese enriquecimiento es, para empezar, lo que me traigo de Gijón. Pero también, por supuesto, está la mera fruición de la compañía, las charlas y las risas y compartidas con un montón de gente adorable. Algunos no me eran desconocidos; de hecho, hice el viaje con compañeros de editorial (Susana Hernández, Víctor del Árbol, Luis Gutiérrez Maluenda, Carlos Quílez), además de nuestro tutor Josep Forment y nuestra especialista en defensa personal, Maribel Ortiz, ese cronopio pelirrojo. Y, al llegar, cuando Javi Almena y Ana Sariego nos dieron la bienvenida y prometieron llevarnos sanos y salvos desde el aeropuerto hasta Gijón, nos dimos cuenta de que en el mismo avión se nos había colado Carolina Solé, que luego se nos colaría también en todos los corazones.

En Gijón estaba ya el equipo vasco (José Javier Abasolo, Jon Arretxe), la otra mitad del comando canario (Pepe Correa), el lobby de Cuenca (la familia Vera-Valencia, capitaneada por Sergio Vera quien con su bastón blanco lidera ese peligroso Comando Antigafapastez), Laura Muñoz (esa mirada verde que tiende al esclarecedor blanco y negro), Ángel de la Calle y Marta Menéndez (haciendo funcionar la máquina), la gente de Burma y de Negra y Criminal (esta vez sin Camarasa y Clavé, pero con Chema y Maurizio, dos peligrosos francotiradores que se gobiernan solos) y, más tarde, llegarían Salem, Gregori Dolz e Ilya Pérdigo (para completar el equipo Alrevés), los maestros Juan Madrid y Andreu Martín (este último llegó poco antes de que yo me fuera, pero me dio tiempo de compartir un abrazo y muchas risas), José Javier Abasolo (otro de aquellos que apostaron por mí cuando no lo hubiera hecho ni yo mismo), y, last but not least, el inimitable Paco Gómez Escribano con su inseparable Riber.

Fue un gustazo, por supuesto, conocer en persona a Ernesto Mallo y Fernando Marías (simplemente acercarte, presentarte, dar la mano y felicitar) y compartir un almuerzo con Alicia Giménez Bartlet, una conversadora excelente, de esas que te enseñan algo casi a cada frase.

Y también fue momento de encontrarme con personas a quienes ya conocía de la red, como Marta y Rubén, quienes viajaron desde Gijón para aguantarnos a todos en directo; Sergio (@Sergiojoecara) que tiene en su perfil la foto de Al Pacino pero es bastante más guapo en directo (lo siento, chicas, no tengo foto). O, simplemente, de conocer a gente maravillosa e inesperada, como Pedro Salmerón, Gabriel Skármeta (sí, el hijo de Antonio Skármeta), que es, sospecho, de los que dicen asombro donde los demás dicen solamente costumbre, Carmen, esa gaditana de pro, o la misteriosa y divertida María José.

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 En fin, son muchas cosas las que me he traído de esta vigésimo sexta semana, que para mí es la primera (y espero que no la última).

Me quedan muchas personas que recordar y muchas cosas que agradecer. Entre ellas, que no se me olvide, el estupendo trabajo de presentación de La estrategia del pequinés que hizo Fran Sánchez, más allá del estricto cumplimiento del deber (uno lleva ya unas cuantas presentaciones en tantos años de oficio, y sabe cuándo el presentador ha tratado su trabajo con cariño).

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Sé que esto no es más que un cachito, una visión parcial y personal. Quien quiera abundar en qué es realmente la Semana Negra, puede visitar el blog oficial (http://semananegragijon.blogspot.com.es/), o uno de los oficiosos (http://blogs.culturamas.es/pacogomezescribano/), ambos altamente recomendables.

Hasta aquí esta crónica, en la que seguro me dejo cosas y personas y encuentros geniales. Fueron solo 48 horas, pero 48 horas de vida muy intensa y, ya lo sabemos todos los blogueros, no siempre la vida cabe en una entrada de blog.





Hacia la Semana Negra

8 07 2013

Como uno es un escritor pequeñito y periférico en casi todos los sentidos, se ha pasado media vida soñando con acudir a esos encuentros en donde se reúnen los escritores de verdad, los buenos.  Y como esos sueños son, en realidad, sueños también pequeños, en algunas ocasiones ha podido cumplirse el deseo de estar en encuentros como los de BCNegra, ese milagro que comisaría cada año Paco Camarasa en la ciudad de Carvalho.

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Pero este año, por fin, puedo ponerme pantalones largos y asistir a la XXVI Semana Negra de Gijón, ese evento que parió Paco Ignacio Taibo II cuando yo aún tenía pelo y con el que he soñado desde la primera vez que se me ocurrió que podía escribir una novela y que esa novela podía contener dosis más o menos altas de semen y sangre.

Viajo para allá mañana y muy bien acompañado, porque voy con el equipo de AlrevésSusana HernándezLuis Gutiérrez Maluenda y Víctor del Árbol, siempre bajo el ala protectora de Josep Forment, Gregori Dolz e Ilya Pérdigo y nos encontraremos en Gijón con otros miembros de la familia, como Gonzalo Garrido, nominado al Premio Silverio Cañada, y Carlos Quílez, nominado al Hammett.

Mi mesa es el miércoles por la tarde. Un ratito en el espacio AQ para presentar La estrategia del pequinés con Fran Sánchez. Y luego, finalizando la jornada, una mesa redonda con Víctor, Susana, Luis, Carolina Solé, y Begoña Huertas, coordinada por Ángel de la Calle. Lo digo por si andas por Gijón y tienes un hueco y te apetece. No soy, por cierto, el único canario, porque ese día, casi al mismo tiempo que yo, presenta su Blue Christmas el compañero José Luis Correa.

El resto del tiempo lo voy a aprovechar bien, buscando la cercanía de algunos de mis ídolos y disfrutando de la compañía de varios buenos amigos que sé que ya andan por allí.

Sé que se me va a hacer corto, como siempre se hacen cortos los sueños buenos. Pero a la vuelta habrá crónica aquí. Y puede que hasta fotos.

Así que pásate por aquí el fin de semana, para que pueda contarte. Porque poder pasar unas horas ahí, entre los buenos, es como acostarte con una estrella del rock: está muy bien darte un gustazo, pero es mucho mejor si luego puedes contarlo.





McCoy: el precio de la verdad

6 07 2013
Los sudarios no tienen bolsillos, de Horace McCoy. Madrid, Akal, 203 páginas

Los sudarios no tienen bolsillos, de Horace McCoy. Madrid, Akal, 203 páginas

Como se dice al comienzo de esta novela, al periodista Mike Dolan le hubiera gustado vivir en los días en los que “un periódico era un periódico y se llamaba ‘hijos de puta’ a los hijos de puta y al diablo con las consecuencias (…) No como ahora, con el país repleto de esos pequeños Hearts y MacFaddens que se pasaban el día batiendo los tambores y agitando banderas en sus periódicos y diciendo que Mussolini era el nuevo César (…) y Hitler, otro Federico el Grande (…). Esos solo vendían patriotismo a precio de saldo y nada les importaba un carajo aparte de la tirada”. Por eso, cansado de que su periódico rechace sistemáticamente las noticias que afectan a la imagen de sus anunciantes, decide fundar su propia revista, con la única ayuda de Myra Barnowsky, una chica que le seguirá hasta el fin del mundo, y Eddie Bishop, un fiel compañero de clara tendencia izquierdista.

Juntos, se proponen algo bastante peligroso: contar la verdad. Eso les convierte, a los ojos del lector, en héroes; a los de los poderosos, en una molestia.

Ese es el conflicto central de Los sudarios no tienen bolsillos, escrita por Horace McCoy en 1937 y no publicada en ese país hasta 1948, y ello en una versión mutilada y suavizada.

No es de extrañar. Por un lado, McCoy introduce en esta novela sucesos que, en cine, no hubieran logrado sortear el Código Hays: sexo explícito (incluidos adulterios, promiscuidad y orgías sugeridas), lenguaje malsonante o francamente blasfemo, ataque a la tradición política y religiosa, además de denunciar las simpatías que los fascismos despertaban entre las clases dirigentes norteamericanas antes de la Segunda Guerra Mundial.

Por otro, y probablemente sea esto lo más incómodo, hay una clara denuncia de la censura que ejercen los poderes fácticos en los medios de comunicación. No se trata de un código explícito, sino del amordazamiento del mal llamado “cuarto poder” con un medio claramente el eficaz: el económico.

La línea editorial de un medio de comunicación tiene una sola tendencia: la salud de sus finanzas. No se puede contar un tongo en un partido de baseball, la mala praxis de un médico que es hermano de un poderoso financiero, o la imprudencia temeraria del hijo de un senador, que ha matado con su coche a dos mujeres mientras conducía borracho, si el propietario del equipo, el financiero y el senador son anunciantes tuyos o comparten intereses económicos contigo.

Y si intentas crear un medio de comunicación que lo haga, habrás de tener mucho cuidado, porque no solo molestarás a los poderosos, sino a sus voceros,  a quienes tu actividad libre pondrá en evidencia. Eso lo comprobarán muy pronto Dolan, Myra, Bishop y todo aquel que intente ayudarles en su tarea.

En esta novela salvaje y sincera, no paran de suceder acontecimientos. Los personajes aparecen y desaparecen sin cesar, y la mayor parte de las subtramas son puestas en juego mediante el uso de rápidos y certeros diálogos. Los contrapuntos son algunos momentos especial y paradójicamente poéticos, en los que Mike Dolan agradece la llegada de la lluvia, de esas aguas que prometen venir y arrastrar toda la basura moral que puebla ese mundo clasista e injusto, donde él es una especie de mosca cojonera que va de salón en salón (y de cama en cama), poniendo en evidencia las relaciones de poder que ocultan, como siempre, los velos de la ideología.

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Horace McCoy (1897-1955) es aquel cronista deportivo y guionista de cine que escribió también Luces de Hollywood y Di adiós al mañana, pero que es sobre todo conocido por su fascinante y cruel ¿Acaso no matan a los caballos? que inspiraría una película homónima a Sidney Polack (en España se tituló Danzad, danzad, malditos).

Leer a McCoy en la actualidad es regresar a aquella época del hard–boiled que pariría a Hammett, a Cain y, más tarde, a Chandler. Pero, sobre todo, es constatar que las cosas no han cambiado demasiado, que la revolución tecnológica no ha venido acompañada de una revolución ética, que, antes que mitigarse, los mecanismos ideológicos de la opresión se han amplificado, haciéndose cada vez más sutiles y, por ende, eficaces.

Así que esta novela tan dura como amena es una oportunidad excelente para reflexionar sobre el precio de la verdad al mismo tiempo que nos divertimos: Los sudarios no tienen bolsillo, de Horace McCoy, publicada en Madrid por Akal, 203 páginas para disfrutarlas antes de consumir esos bocadillos de ficción ideológica que cada día te venden los mass media. Especialmente recomendada para periodistas a quienes sus jefes no permiten hacer bien su trabajo. Se sentirán identificados.








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