Regalo

28 07 2009

borges

En la víspera de su cumpleaños, soñó que leía un libro escrito por un ciego. El libro trataba sobre sueños y en él leía un cuento sobre un hombre que fallecía de una apoplejía mientras leía un libro sobre sueños escrito por un ciego. Al día siguiente, durante el almuerzo, su mujer y su hija organizaron la previsible celebración sorpresa, con tarta y regalos. Su hija le regaló un dibujo que le representaba en su biblioteca, con un libro en la mano y un reloj, evidentemente comprado por su mujer. Su mujer le regaló un suéter y una edición de lujo de El libro de los sueños, de Jorge Luis Borges. Logró disimular su inquietud durante la sobremesa pero, cuando por la tarde salieron y se quedó solo en su biblioteca, contempló por última vez los anaqueles atestados de volúmenes y, sentándose, abrió el nuevo libro, preguntándose, resignado, qué iba a ser de ellas.





Las caricias truncadas

28 07 2009

vilonchelo

Cada mañana era lo mismo. Se despertaba sin poder llegar a tocarla. Justo cuando ella consentía en que él acercara su mano a sus largos cabellos castaños, sonaba el despertador y su mujer le daba los buenos días. A veces (sábados, domingos, festivos o alguna de esas raras ocasiones en que la gripe o una leve intoxicación le libraban del trabajo), volvía a dormirse, intentando regresar justo al punto en que el sueño había quedado. Pero los sueños no son como reproductores musicales, sino como conciertos: carecen de botón de pausa y, si sufren alguna interrupción, se pierden para siempre en un mar de silencio.

El sueño empezaba invariablemente en el patio de la casa en la que se había criado, con aquella mujer joven de ojos zarcos y cabello castaño, tocando el violonchelo. La chica vestía sólo un tenue camisón que mostraba un cuerpo atlético de senos breves y cintura firme. Nunca conseguía recordar qué pieza tocaba, pero sospechaba que se trataba de alguna de las Suites de Bach. Él intentaba acariciar el cabello de la joven intérprete, pero ella siempre se negaba, interrumpía la ejecución, cambiaba la silla de lugar y hacía un da capo indiferente que a él le hería como una cuchillada. Así una y otra vez, hasta que la pieza terminaba y entonces ella decía con los ojos: Ahora sí, mientras inclinaba la cabeza en su dirección.

No recordaba exactamente cuándo había comenzado a tener aquel sueño, pero sospechaba que más o menos había sido en la época en que le anunciaron que ese año le propondrían la jubilación anticipada. Acaso aquel sueño estaba relacionado con el miedo a la vejez, con la pérdida de una juventud que se alejaba día a día. En cualquier caso, llevaba meses compartiendo sus noches con aquella violonchelista veinteañera.

El último día de oficina no quiso prolongar los homenajes ni las despedidas. Se fue a casa y almorzó a solas frente al televisor. Mientras su mujer regresaba del trabajo, decidió esperarla sesteando en el sofá. Después le propondría salir, ir al cine, cenar fuera.

Esa vez (la última vez que soñó con la violonchelista), la muchacha rechazó su mano únicamente en un par de ocasiones y, al tercer intento, se dejó acariciar la sedosa melena mientras interpretaba (ahora sí estaba seguro) la Giga de la Suite nº 1. Abrió los ojos cuando sonaba la última nota y vio a su mujer, en pie, observándole. Acababa de llegar del trabajo; aún tenía el bolso en una mano y la funda del violonchelo en la otra. Sus ojos zarcos le sonreían. Él correspondió a su sonrisa, y contempló a la joven de cabello castaño que aún dormía en ella.





Confusión onírica

23 07 2009

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El problema es el siguiente: si yo tengo los sueños de Esther y Esther tiene los de Marcos y Marcos está teniendo los que debería tener Paula y Paula sueña lo que tendría que estar soñando yo, ¿cómo podemos hacer para dejar de soñar, yo con bomberos musculosos, Esther con ancianitas que le intentan cortar el pene, Marcos con hombres con cabeza de gallina y Paula con gente que se intercambia los sueños?





Caramelos

23 07 2009

 

Soñó que su mujer se alejaba por una de las veredas del parque, del brazo de un hombre que no era él. La llamaba a gritos, pero su presencia era ignorada concienzudamente. Cuando casi estaba a punto de alcanzarlos, la pareja se unía en un profundo beso. Después, ella le pedía a su amante que le comprara caramelos. Despertó entre sudores fríos y se tranquilizó al comprobar que su mujer estaba allí, a su lado. Que continuaba siendo suya. Escuchó su respiración serena y le olió el cabello. No pudo reprimir depositar un suave beso en su sien antes de volver a apoyar la cabeza en la almohada, prometiéndose firmemente procurar ser más atento en el futuro. Justo cuando estaba a punto de dormirse nuevamente, ella habló en sueños, pidiendo caramelos a alguien que tenía un nombre que no era el suyo. 





Último sueño

23 07 2009

Soñó que era el general de un ejército victorioso y firmaba docenas de inapelables sentencias de muerte. Le despertó el sonido de la puerta de la celda al abrirse.





Perplejidades

9 07 2009

silla

Mi amigo imaginario ya no quiere ser mi amigo. Considero hasta cierto punto normal que mi mujer me haya abandonado, desenamorada, harta de mis desórdenes. Tampoco me resultó extraña la ruptura con mi amante. Ella ya me había avisado. “Eres como la tarta de chocolate -me dijo poco después de que empezaran nuestras relaciones-; pareces apetecible, pero, a la larga, resultarás empalagoso”. En cambio, lo de mi amigo imaginario me inquieta profundamente, porque siempre estuvo ahí y yo pensaba que siempre permanecería. Y, sin embargo, hace una semana que no consigo dar con él. No aparece por la casa, no acompaña mis sueños ni mis despertares, no me sonríe, haciendo bromas sobre mi bigote cuando estoy recortándomelo frente al espejo del cuarto de baño. Ya no me aconseja que haga algo de deporte para bajar esta curvita de felicidad cervecera. No me recuerda que debo leer ese libro de Saramago que compré hace un mes. No me pregunta por qué no telefoneo a la ayudante de producción que conocí el otro día.

Lo peor de todo es que no alcanzo a sospechar qué he podido hacer yo para merecer su desdén, para que me ignore tan minuciosamente. ¿Habré dicho algo que le ofenda? ¿Habré ejecutado alguna acción que incluso a él le pareciera repugnante? La última vez que estuvimos juntos, compartimos una cerveza contemplando el atardecer en una de las terrazas del paseo de la playa. Quizá le molestó que flirteara con esa camarera que a él tanto le gusta. O, simplemente, se ha aburrido de mí y de mis paseos taciturnos.

En cualquier caso, ha desaparecido por completo. Uno puede soportar que su mujer se marche. Puede soportar la abulia de su amante. Lo que resulta muy difícil encajar es que tu amigo imaginario ya no quiera ser tu amigo. Eso supone un golpe devastador para cualquiera.

Vago por los lugares que le gustaba frecuentar. Repaso en mi biblioteca los lomos de sus libros favoritos. Pongo los discos a los que no suele resistirse. Pero nada. Ni rastro de él. Ni un solo atisbo de su lánguida presencia de amigo fiel, tolerante e imperturbable. Y yo me agosto por los rincones, como hiedra en época de sequía, esperando la fina lluvia de su regreso. Cada vez más débil, más impaciente, más desesperanzado, más incapaz de seguir adelante.

En cualquier caso, procuro estar a solas. No telefoneo a nadie ni cojo el teléfono en las raras ocasiones en que suena. Cada vez salgo menos, pero si, cuando lo hago, me encuentro con algún amigo o conocido, saludo y me escabullo lo antes posible, rehuyendo conversaciones largas. Porque, aunque sospecho que mi amigo imaginario me ha abandonado definitivamente (como mi mujer, como mi amante), no quiero que ninguna otra presencia le estorbe si se le ocurre volver.  





Infundios

8 07 2009

Periodista de investigación resuelve enigma existencia de Dios. Dios existe, pero está de vacaciones. Aporta testimonio gráfico: amplio reportaje de Dios tomando el sol en lejana isla griega. Fotos robadas inundan portadas de periódicos en todo el mundo. Noticia provoca agrias polémicas. Dios lanza desmentidos. Anuncia demandas. Amenaza con ira divina. Periodista de investigación rectifica. Error en la identificación. Un millonario excéntrico más. Sin noticias de Dios. Todo vuelve a la normalidad. En una aldea centroafricana, alguien sigue reflexionando sobre la impunidad del absentismo laboral del alto funcionariado.








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