Sant Jordi, Las Casas Ahorcadas, un ascensor, la vida

28 04 2014

La pasada fue una de esas semanas que no se olvidan. Como sabrás por las redes, estuve en la Península: primero en Barcelona para celebrar Sant Jordi y luego en Cuenca, invitado por la Diputación, para participar en Las Casas Ahorcadas, el encuentro que desde 2013 organiza el comisario (y sin embargo amigo) Sergio Vera, con su grupo de activistas que lleva el mismo nombre del encuentro. Y, entre una cosa y otra (justo en el tren entre Valencia y Cuenca), ha llegado una noticia que nunca esperé (soñaba con ella, pero no la esperaba): una de mis novelas, en concreto La estrategia del pequinés, ha sido nominada para el Premio Hammett, un galardón que ya tienen muchos escritores que admiro (Paco Ignacio Taibo II, Andreu Martín, Guillermo Orsi, Raúl Argemí, Francisco González Ledesma, Leonardo Padura o Cristina Fallarás) y al que mi novela concurre con otras de autores a quienes no admiro menos, como mi muy querida Rosa Ribas. Así que no puedo estar más contento y, antes de preparar la maleta nuevamente y salir para Tenerife (la semana que viene se celebra NNegra de Arona y hay que comenzar a dar talleres en los institutos para contaminar esas mentes frescas) vale la pena pararse un momento para contar todo eso que pasó entre el martes pasado y hoy.

Para empezar por el principio: la medianoche del 22 al 23 de abril me sorprendió en un hotel de Barcelona al que habíamos ido a tomar la arrancadilla. Concretamente dentro de un ascensor donde nos quedamos encerrados cuatro editores, dos escritores y dos chicos de New Jersey que se hospedaban allí y cuyos padres esperaron pacientemente los cuarenta minutos que los bomberos (para alegría postrera del personal femenino) tardaron en sacarnos.

En Sant Jordi (esa descomunal fiesta del libro que es como la Noche de Reyes en Triana pero abarcando media ciudad) hubo oportunidad (y se aprovechó) de comprar libros y conocer o re-conocer a sus autores. Hubo también reparto de Ron Aldea en Rambla Catalunya y en Negra y Criminal, a compañeros y lectores (cada vez me dan mayores alegrías en los encuentros personales) y, también, una agradable sorpresa: Después de despedirme, el Pepe Rubianes inédito que comentamos en La Buena Letra y que con tanto cariño editó Josep Forment, fue el tercer libro de no ficción más vendido. Además, Claudia Calva (autora de algunas de las fotos del ascensor) me obsequió dos libros de relatos (ella sabe lo que me gusta), de Sergio Ramírez e Ignacio Padilla.

Y en Cuenca ya se armó el cachondeo, porque Sergio Vera, ese cabecilla negrocriminal, no solo logró reunirnos a todos los que salimos en el programa, sino que el encuentro convocó a muchos amigos queridos de otras zonas de España, como Madrid o León. Por eso pude llevarme la alegría de pasar tiempo con Marta, Rubén, Maribel, Mabi, el Riber, Cecilia y, last but not least, el ínclito Juan Carlos, que me obsequió con uno de esos estupendos cuadernos que hace él como no puede hacer nadie, y con un libro inconseguible de Fernando Marañón.

El de Las Casas Ahorcadas es uno de esos encuentros a los que uno pagaría por ir: un programa apretado pero interesantísimo, buena mesa, mejor paisaje y estupendos, cariñosos y ruidosos amigos que despliegan su pasión por la novela criminal más allá de las mesas oficiales, prolongándolas hasta altas horas de la madrugada.

En fin, acabado por ahora el periplo peninsular. Comienza a prepararse otro encuentro, este isleño, en el que participarán Luis Gutiérrez Maluenda, Andreu Martín, Carlos Álvarez, Eduardo García Rojas y algunos más. Si estás en Tenerife, no te lo pierdas. Si no, intentaré contártelo al volver.

NNegra2014-4

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Cien años de perdón, los diez días cruciales de Mierda de Perro

21 04 2014

[Te debía La Buena Letra de la semana pasada. Aquí está, con podcast incluido, que no deberías perderte porque pudimos entrevistar al autor. Para escucharlo, solo has de hacer clic aquí]

Una buena ración de sexo y violencia, que sabe a Thompson y a Westlake, sabores tradicionales fusionados en alta cocina de nueva creación: Cien años de perdón, del chef Claudio Cerdán, novela negrísima de alto voltaje con poli corrupto y crímenes de todo color .

Cien años de perdón, de Claudio Cerdán, Barcelona, Versátil, 354 páginas

Cien años de perdón, de Claudio Cerdán, Barcelona, Versátil, 354 páginas

La acción transcurre en diez días de octubre en los que vamos a acompañar al inspector Antonio Ramos, más conocido como Mierda de Perro, en sus andanzas por todo Alicante resolviendo crímenes o, sencillamente, provocándolos él mismo, hastiado de ganarse el sobresueldo a pequeños sablazos y seducido por la posibilidad de dar un buen palo que le permita retirarse y abandonar la vida gris que lleva junto a una familia que se le ha ido de las manos.

De ordinario, Ramos consigue extras haciendo volcados a pequeños camellos, escamoteando pruebas o chantajeando a gente adinerada con la ayuda de Roger Escudero, un paparazzi y de Marc Fons, su joven y atlético compañero, que se mete (o se deja meter) en los asuntos que son demasiado grandes para Ramos. Y aun así, pese a que metan la mano en la caja, Ramos y Fons son buenos policías de homicidios que investigan e intentan resolver crímenes. Pero no siempre pueden. Esto no es CSI Miami, ni una novela de Agatha Christie, sino Alicante y una crook story, de esas que te dan un puñetazo en el estómago y te enseñan los que hay debajo de la alfombra.

Contada en primera persona por su protagonista, Cien años de perdón sigue a Ramos a lo largo de esos diez días que le van a cambiar la vida. La novela se inicia con algo habitual en su quehacer diario: en una zona de prostitución, Ramos amedrenta a un camello y le roba la mercancía. Cuando el camello aparezca flotando en el puerto, Mierda de Perro se enfrentará al primero de sus problemas. Pero no al único. Un río de sangre recorre esta novela, en la que hay extorsiones, asesinatos múltiples, atracos a furgones blindados, bandas de rusos que no conocen la piedad, y al menos un asesino en serie. Y Ramos se mueve como pez en el agua en el lúmpen: desde los más bajos estratos de la prostitución y el menudeo de drogas hasta los garitos de las bandas organizadas. Es un canalla, pero no el peor: no es más que un canalla entre canallas y, en todo caso, es nuestro canalla, pues uno acaba sintiendo una inevitable empatía por este sinvergüenza que, en el fondo, no es más que un pobre diablo que se ha equivocado de caminos y se ha metido en un callejón sin salida del que le va a resultar muy difícil salir.

El estilo de Cerdán, como debe ser, es rápido y turbio, con gran tendencia al expresionismo y un talento singular para las imágenes. Construye muy bien sus personajes y ha sabido diseñar y desplegar un argumento que, con al menos tres subtramas y varios giros funciona como un perfecto mecanismo de relojería, en el que todo se coloca donde debe para ofrecer una historia consistente que atrapa desde el principio y te hace preguntarte, cuando estás a mitad de novela, cómo va a terminar todo esto.

Pero, más allá de la peripecia, late el discurso de la sospecha en torno a una sociedad que, bajo los fastos y la estampa turística, está llena de basura, en la que no hay pecado capital que no presida las acciones de seres humanos que están indefectiblemente solos, intentando sobrevivir en un mundo sucio que solo está esperando un momento de debilidad para devorarlos.

cerdán

Sorprende en Claudio Cerdán la juventud combinada con su escritura dura, eficaz e inteligente, así como la consistencia del universo negrocriminal que ha sabido plasmar en esta novela y en la anterior, El país de los ciegos (ambas novelas se prestan personajes que alternan protagonismo, aunque pueden leerse independientemente), edificando ficciones tan verosímiles como amenas. Comenzó aun más joven, con novelas de corte fantástico (El Dios de los mutilados y Cicatrices), pero parece haberse instalado, por el momento, en la novela negra. De hecho, acaba de aparecer, también en Versátil, Un mundo peor, que huele tan bien como las anteriores.





Contar el mundo

20 04 2014

Gabriel García Márquez murió en Jueves Santo. Aunque se temía desde hacía días, la noticia nos sorprendió a mi pareja y a mí en un hotel rural, apartados del mundo y del ordenador. Fue una amiga quien nos telefoneó para darnos la noticia. Hoy es domingo y la noticia ya no es noticia. Por eso, quizá, sea un buen día para reflexionar y escribir sobre García Márquez.

Gabriel García Márquez asustándose ante un Julio Cortázar enmascarado, en una foto de la gran Sara Facio

Gabriel García Márquez asustándose ante un Julio Cortázar enmascarado, en una foto de la gran Sara Facio

Cuando yo era adolescente, todos leían a García Márquez. Le habían concedido el Premio Nobel hacía pocos años y su fama, antes grande, se había convertido en universal, así que todo el mundo tenía en su casa un ejemplar de Cien años de soledad, de Crónica de una muerte anunciada, de La mala hora o Relato de un náufrago, había aprendido a decir Aracataca y cantaba Ojos de perro azul. Y quizá por eso, porque todo el mundo le leía y ser adolescente es leer en contra y ser también, por qué no, un poco pedante, tardé mucho en abrir un libro suyo. Finalmente lo hice a los 18 o 19 años. Fue una edición de Bruguera de El otoño del patriarca, que comenzaba:

Durante el fin de semana los gallinazos se metieron por los balcones de la casa presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior, y en la madrugada del lunes la ciudad despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa de muerto grande y de podrida grandeza.

Continué leyendo, como hipnotizado, aquella novela escrita a grandes párrafos de decenas de páginas, plagada de imágenes, de adjetivos imprevistos, de hechos crueles o hermosos o ambas cosas (hechos que yo no acababa de entender del todo pero que poblaban mis sueños por la noche), de enumeraciones que comunicaban una rara música que fluía a un ritmo constante que lo llevaba a uno desde aquella primera oración hasta las últimas líneas, aquellas que hablan de:

… las campanas de gloria que anunciaron al mundo la buena nueva de que el tiempo incontable de la eternidad había por fin terminado.

Y ahí cambió todo. Ahí descubrí que me equivocaba: que la unanimidad del aplauso no está reñida con la excelencia de la obra.

García Márquez (luego descubriría que él no había estado solo en esa tarea) había sabido mitificar la realidad, haciéndola fantástica, para acercarse mejor a la parte más invisible de ella.

Y sí, había en su obra imágenes impresionantes de jóvenes de belleza mortal llevadas por los aires, cogidas de las puntas de una sábanas y fantasmas que envejecían y enamorados que comían las flores de los jardines de sus amadas, pero lo importante es que García Márquez podía contar aquello en el más bello y exquisitamente poético de los discursos (tal vez no publicó poesía porque toda su obra es un largo poema) y llegando, al mismo tiempo, a cualquier lector o lectora, fuera cual fuese su bagaje intelectual. Esa es una de las cosas que le hacen grande. Y raro. Quizá solo Cortázar comparta con él ese lujo de ser amado simultánea y unánimemente por público y academia. Por eso el llanto que arrojan las redes sociales me parece esta vez sincero: quienes lamentan su fallecimiento son, esta vez sí, personas que han leído sus textos, que los aman, que acaso descubrieron la literatura gracias a él.

Yo he puesto hoy ante mí la docena de libros suyos que tengo (me faltan algunos títulos, curiosamente su primera novela, La hojarasca y la última, Memoria de mis putas tristes, así como Del amor y otros demonios; todos esos libros que faltan fueron prestados y jamás devueltos, pero solo echo de menos al primero) y he recordado cómo fui devorándolos en desorden, en distintas ediciones, con ojos fascinados y con la tentación, en algunos momentos, de dejar el libro para hacerle la ola por las cosas que era capaz de hacer con las palabras: recuerdo seguir la aventura (o desventura) de Luis Alejandro Velasco, asistir con curiosidad morbosa a las últimas horas de Santiago Nasar, penar con el coronel (un coronel cuya miseria y angustia tantos hemos compartido), vivir una temporada larga en Macondo, con la familia Buendía, pasearme con variable interés por sus Doce cuentos peregrinos o Los funerales de la Mamá Grande. Y, sobre todo, asistir a los amores contrariados de Florentino Ariza y Fermina Daza, los protagonistas de la que sigue siendo mi novela favorita de entre las suyas (he leído en estos días que era también su preferida, así que sospecho que no ando tan mal de gustos).

García Márquez fue muchas cosas: narrador, periodista, guionista, activista político, hombre cabal que si tenía que decir algo no se callaba ni debajo del agua, el protagonista de un sinfín de anécdotas que involucran nombres importantes de la cultura y la política y, en sus últimos tiempos, una especie de icono, una figura amable que representaba la bondad y la sabiduría.

Para mí es esa docena de libros (y unos cuantos más), un maestro que supo aprovechar los hallazgos técnicos (un tanto indigestos) de la nueva novela y verterlos en el crisol del español para hallar una nueva forma de contar y de contarnos el mundo.





Retorno a la palabra: Como una novela, de Daniel Pennac

5 04 2014

[Si te perdiste La Buena Letra y quieres escuchar el podcast de esta semana, solo has de hacer clic aquí]

Preguntas tópicas: ¿Por qué, cuando llega la adolescencia, las chicas y los chicos pierden su afición por la lectura? ¿Qué podemos hacer para atraerles hacia el mundo del libro? ¿Cómo se les puede aficionar a una actividad que sus propios padres no ejercen? De ahí, se pasa a otras preguntas: Los programas educativos, los análisis, las contextualizaciones, ¿sirven realmente para que el alumnado acabe amando la literatura? ¿Qué está fallando en el sistema para que el hábito lector se pierda? ¿Es posible continuar siendo lector en el mundo actual, en el que cada vez tenemos menos tiempo para leer? ¿Es verdad que “no tener tiempo” es un motivo para no leer?

En 1992 apareció un libro delicioso que se plantea todas estas preguntas y algunas más. Es un ensayo de Daniel Pennac titulado Como una novela, probablemente porque es así como se lee, con la misma fruición, con el mismo interés, siguiendo su trama con la intriga que podría depararnos cualquier buena novela. Llegué a este libro hace un tiempo, gracias a la recomendación de Bruno Pérez, escritor y profesor. Desde entonces, quiero a Bruno un poquito más. Porque Como una novela no es solo un libro de reflexión, sino también un texto irónico y divertido, salpicado por pasajes de inusitada belleza que releo continuamente.

Como una novela, de Daniel Pennac, Barcelona, Anagrama, 169 páginas

Como una novela, de Daniel Pennac, Barcelona, Anagrama, 169 páginas

El problema que plantea Como una novela es casi cotidiano y cualquier progenitor o profe se le habrá planteado alguna vez: a un adolescente le han mandado a leer en el instituto una lectura del programa (para el caso, como el autor es francés, Madame Bovary), pero el libro se le atraganta, ya queda poco para entregar el comentario de texto y aún no ha terminado el libro (quizá no ha llegado ni a la mitad). Aparecen, en la explicación del asunto, las manidas justificaciones: le aburren las descripciones, que se le hacen largas porque vivimos en la época de la imagen; la juventud está muy despistada por culpa de la televisión (esto lo comentan los padres mientras ven la tele); se han perdido los valores, etc.

Entonces uno se pregunta qué ha pasado, porque cuando era niño (hasta más o menos los diez u once años), al chico le gustaban las historias, esperaba con avidez que cada noche llegara la hora del cuento.

Y ahí surge el planteamiento inicial de Cómo una novela, que comienza diciendo: “El verbo leer no soporta el modo imperativo”.

El problema, para Pennac, es que en torno a la literatura se ha abierto un aparato de sacralización bienintencionado pero que, en el fondo, orienta la lectura hacia la utilidad, despojándola de su naturaleza esencial: el gozo, el disfrute de las historias transmitidas a través de la palabra.

A partir de ahí, Pennac hace un inteligente y bastante completo diagnóstico de los problemas a los que se enfrenta la lectura, no ya en el ámbito educativo, sino en general, haciéndonos reflexionar a los adultos sobre nuestra propia actividad lectora.

Y lo que propone como solución a estos problemas es tan sencillo como eficaz: un retorno a la palabra. Sin análisis, sin contextualizaciones, sin fichas de comprensión lectora.

De hecho, él mismo, profesor de instituto, se enfrenta así al problema: se presenta en clase, saca un libro y comienza a leer. El libro que lee es un best seller muy de moda en su tiempo (y una novela inolvidable): El perfume, de Patrick Süskind. No pide a su alumnado que comprenda, rellene fichas, o haga un trabajo sobre el autor. Simplemente, les lee, página a página. Poco a poco, ese grupo de alumnas y alumnos desmotivados y poco interesados en la palabra, vuelven a convertirse en aquellos niños que cada noche pedían a sus padres que les contaran cuentos. Que es lo que somos, en el fondo, todos los lectores.

Al libro de Süskind le seguirán otros, como Drácula o El guardián entre el centeno, algunos elegidos por el alumnado que ya se ha implicado en la actividad lectora. Cuando llega el momento de abordar los libros obligados, los que “toca leer porque hay que cumplir el programa” y pasar exámenes (para el caso, Madame Bovary), el profesor hace algo muy inteligente: les cuenta que El guardián entre el centeno (que ellos han disfrutado) es un libro obligado (y por tanto, odiado) en los institutos norteamericanos, donde es posible que haya chicos como ellos que preferirían leer Madame Bovary.

Así pues, lo que Pennac propone es una hábil estrategia de animación a la lectura para los jóvenes, pero también una reconciliación de los adultos con el libro, en un ensayo que propone un retorno a la lectura como actividad placentera que constituye un fin en sí, y un regreso a la palabra, a la lectura en voz alta, porque, como se dice en algún momento: el culto al libro depende de la tradición oral.

Finalmente, Pennac acaba exponiendo un decálogo sobre el que vale la pena reflexionar: los derechos del lector. Estos derechos circulan por las redes. Pero va por adelantado que no tienen mucho sentido si no has leído Como una novela. Despojados del texto que les precede y de su comentario, que Pennac hace capítulo a capítulo, no son más que una lista más o menos original. Hay que acercarse a este ensayo estupendo para averiguar por qué los lectores tenemos derecho a no leer, a saltarnos páginas, al bovarismo o al silencio.

daniel pennac

Daniel Pennac conoció un éxito insospechado con este libro, que se reedita constantemente desde 1992. Aparte de eso, es autor de unas cuantas novelas, como las de la saga de la familia Malausénne (El señor Malausséne, El señor Malausséne en el teatro…) y su última novela editada en España es Diario de un cuerpo, publicada en 2012. Es uno de esos autores que hablan con palabras sencillas de cosas importantes. O sea, todo lo contrario de los malos autores, que hablan con palabras rebuscados sobre cosas que en el fondo, no son más que chorradas. Por eso se ha ido convirtiendo en un autor de culto, de esos que te recomienda un amigo al que luego quieres más.

Por eso te lo recomiendo, porque quiero que me quieras más, sobre todo si son te dedicas a la educación o si eres madre o padre o, simplemente, si quieren recordar por qué lees.








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