Envidiar a Pedro Flores

3 12 2016
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Salir rana, de Pedro Flores. Selección y prólogo de Vicente Gallego. Sevilla, Renacimiento, 136 páginas.

Renacimiento publica Salir rana, una antología poética realizada por Vicente Gallego sobre la obra poética de Pedro Flores desde 1998.

Durante años pensé que había conocido a Pedro Flores en la primera mitad de los años noventa. Entre el año noventa y tres y el noventa y cinco, comenzamos a encontrarnos en aquella experiencia pública, común e interdisciplinar que era el Centro Insular de Cultura, que hoy es un aparcamiento. Allí, un grupo de “escritores clandestinos”, como nos llamaba Carlos Álvarez, coordinador de Debates y Literatura por aquel entonces, y quien nos había abierto las puertas del Centro, nos empezamos a reunir y a tomar contacto con autores de la generación precedente en torno a un espacio de debate en el que fue germinando una revista. Ambos (espacio y revista) se llamaron La Plazuela de las Letras y aprendieron a suplir con el invento de la fotocopiadora láser y mucha imaginación la carencia de un mundo editorial que no existía ya y de un medio digital que no existía aún. En La Plazuela, la institución editaba cuadernillos numerados a mano que recogían las intervenciones de los poetas, narradores, ensayistas y filósofos que dictaban conferencias en el CIC. Pero también nos permitía a los jóvenes disponer de un ordenador de los de la época en el que tecleábamos los textos que nos iban llegando en papel y que daba luego lugar a una revista que se imprimía humilde pero más o menos dignamente. Fue allí, en aquel tabernáculo que era para nosotros el CIC, pero sobre todo en las tabernas a las que íbamos luego, donde se fue fraguando mi relación con Pedro Flores (un tipo melenudo y larguirucho), mientras iba asistiendo a sus recitales, individuales o colectivos, mientras iba leyendo los poemas que publicaba en la revista. Y debo confesar que esta relación estaba presidida por la envidia. No una envidia sana. La envidia nunca es sana. Yo siempre envidié (todavía envidio) la capacidad de Pedro para encontrar poesía en lo cotidiano, para hablar de cosas muy complejas, usando palabras comunes a las que hace recobrar aquellos sentidos que habían perdido. También envidié siempre (todavía envidio) su sentido del humor, la aparente sencillez con la que nos desvela las paradojas, con las que descubre la cara B del disco de la Historia (así, con mayúsculas) y la memoria chica de generaciones y generaciones en unas manos que lavan ropa o sirven la comida familiar. Envidié (y todavía envidio) su habilidad para desvelar las paradojas, para atacar a la injusticia sin parecer agresivo, sin aspavientos ni signos de exclamación, poniendo con sencillez ante el lector las más puras y duras verdades de los desheredados. Lo hechos de la vida, pero también los de la muerte, que, en el fondo, son los mismos.

Decía más arriba que yo pensaba que había conocido a Pedro Flores en los años noventa. Pero no era cierto. Un día, después de bastante tiempo tratándonos, descubrimos que su madre y mi madre eran amigas desde hacía mucho, que en la infancia él y yo debimos de vernos en muchas ocasiones, en las visitas que ellas se hacían. Descubrí así una cosa más que me unía a Pedro: ambos procedíamos de familias humildes, nos habíamos criado en barrios humildes de Canarias durante el tardofranquismo y la transición, y habíamos encontrado en la literatura una forma de huir de nuestras realidades para poder comprenderlas mejor. Y ambos debíamos, también, abrirnos paso entre quienes partían desde mejores posiciones socioeconómicas si queríamos que se oyeran nuestras voces.

Yo me reconozco en la poesía de Pedro. Reconozco a mi familia en la suya. Reconozco en su barrio el mío. Su pobreza material y la mía son la misma. Así como lo son las riquezas espirituales de las personas sencillas de las que ambos hablamos.

He seguido a Pedro Flores desde aquellos poemas primeros. He seguido envidiándolo como escritor en la misma medida en que lo gozaba como lector: constatando, a cada libro, casi a cada poema, que Pedro iba convirtiéndose en uno de nuestros mejores poetas (lo cual es mucho decir, porque su generación es, para mí, la mejor generación de poetas que hemos tenido desde hace mucho), que su voz iba madurando, afirmándose, buscando nuevos caminos y nuevos modos de transitarlos, pero sin perder ni un ápice de su frescura y de aquellas cualidades que me habían deslumbrado a mí en sus primeros textos.

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Los nuevos lectores tienen la oportunidad de observar esa evolución en Salir rana. Gozarán de una estupenda muestra del trabajo de Pedro durante todos estos años y sabrán que vale la pena acercarse a todos y cada uno de esos libros. Quienes como yo, han admirado (o envidiado) a Pedro desde hace años, quienes no se han perdido ni uno de los libros que iban apareciendo (al mismo tiempo, por cierto, que iba publicando interesantes libros de relatos o incluso libros para niños), se verán premiados con una muestra de su trabajo más reciente: doce poemas pertenecientes a El don de la pobreza, inéditos hasta la fecha. En ellos encontrarán a un señor de cuarenta y tantos, a ese Pedro Flores maduro, sin melena, pero con sus cualidades de juventud intactas, con el mismo talento de cuando era un “escritor clandestino”, acrecentado por la experiencia. Un Pedro Flores que nos habla de gentes sencillas y dolores complejos, que encuentra poesía en un anciano que se entretiene viendo obras públicas, en una anciana planchando o bajo la almohada de una prostituta, en una serie de poemas en los que hay humor, dolor y verdad, como los ha habido en todos y cada uno de los libros de Pedro que, al menos yo, he disfrutado y envidiado a lo largo de todos estos años.





Hacerse estable

2 11 2016

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“la injusticia al desorden”

yo el desorden a la paz de octavio
Federico J. Silva: Sea de quien la mar no teme airada.

La estabilidad. La estabilidad política. La estabilidad económica. La estabilidad social. En los últimos tiempos he escuchado y leído tanto acerca de la estabilidad, he escuchado ponderar sus ventajas a tantas mentes privilegiadas que he decidido abrazar el credo de la estabilidad, unirme a las legiones de los estables. Qué estado tan deseable. Qué situación tan buena y tan positiva para todos. Sí, estoy decidido: voy a hacerme estable.

En la estabilidad no hay gritos, no hay aspavientos, no hay agresiones. La gente que habita en la estabilidad es educada, respeta los reglamentos, no hace nada que no esté previsto y, por tanto, nada debemos temer de ella. Ese es el único objetivo de nuestro sistema: la estabilidad.

Preciso es reconocerlo: la estabilidad no garantiza el cumplimiento de las normas, ni evita la arbitrariedad, ni siquiera impide el abuso. Puede que, en ocasiones, la moralidad se vea sacudida de cuando en cuando por nuestra necesidad de estabilidad, que nos veamos obligados a transigir, de vez en vez, con alguna vulneración de nuestros códigos éticos. Pero esto es un mal menor: vale la pena hacer la vista gorda ante alguna pequeña injusticia si con ello conseguimos ese estado de placidez, de serenidad, de estable estabilidad.

Por supuesto, sabemos que siempre hay díscolos que antepondrán lo que ellos llaman progreso a la estabilidad; que dirán que las sociedades avanzan precisamente cuando se antepone esa moralidad a la estabilidad. No hay que hacerles caso. Sus protestas son flor de un día. Pecadillos de juventud que, en el mejor de los casos, la madurez borra cuando la experiencia les acaba atrayendo hacia la estabilidad, la inevitable estabilidad, que atrae a los excéntricos como un Maelstrom. En el peor, cuando los díscolos se niegan a madurar e insisten en la desestabilización, existen mecanismos para evitar la amenaza que suponen.

Así pues, a partir de hoy, abrazaré la estabilidad. Qué cosa tan estética, tan segura, tan apropiada para el desarrollo del orden. Cambiaré mis helechos y mis crotos por flores de plástico. A mi perro de verdad por un perro de felpa o, mejor, por uno de porcelana. ¿Por qué arriesgarse a convivir con organismos vivos (que siempre albergan potenciales cambios de estado) cuando uno puede hacerlo con objetos inanimados, siempre iguales a sí mismos, siempre inmóviles y previsibles? Asimismo, he decidido establecer horarios y modos estables para todo aquello que haga, diga o incluso piense. Con las comidas lo hago ya desde hace tiempo. En este sentido, mis posibilidades son tan escasas que no resulta difícil alternar entre el arroz y la pasta. Pero llevaré la estabilidad a otros aspectos importantes de mi vida. Programaré, para empezar, mis sueños y pesadillas, para que consistan en el típico estado de flotación en el mar, la caída al vacío y las pérdidas de dientes de toda la vida. Nada de incómodas situaciones homosexuales o recuerdos infantiles vergonzantes. Se acabó lo de las necesidades físicas imprevistas: a partir de hoy, cada micción, cada viaje al retrete, tendrán su momento establecido. Las erecciones también. Una al día. A las 22: 37. Las playas y el monte dejarán de ser mis lugares de paseo favoritos. A partir de hoy, pasearé por los cementerios. Nada hay tan estable como un cementerio.

Si alcanzo la estabilidad (ese estado ideal), sé que seré feliz. Porque así está previsto.

Claro está, habré de hacer algunos cambios en mi modo de pensar, hasta ahora tan caótico e inestable. Tendré que revisar, por supuesto, mi sistema de creencias. Me haré cristiano, sin duda. Supongo que católico, apostólico y romano (ya tengo el cursillo hecho desde niño), aunque el calvinismo también presenta sus atractivos. Y  habré de reflexionar y corregir, también, mi visión de la sociedad y la historia, ya que, si lo pienso bien, regímenes como el de Franco, sin ir más lejos, presentan como primera y gran cualidad la de una imperturbable estabilidad. Sí, habrá que pensar en las virtudes de ciertas dictaduras, de los regímenes monárquicos, de los sistemas clasistas en general y las oligarquías en particular. Puede que lleguen a resultar injustos pero suelen ser indefectiblemente estables.

Se acabaron las dudas, las incertidumbres, la improvisación, los experimentos, el hambre. A partir de hoy, seré estable. A partir de hoy, formo parte, ya para siempre, del establo.





Qué alivio lo de Bob Dylan

17 10 2016

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Qué alivio lo del Nobel de Literatura para Bob Dylan, qué fácil será todo ahora. Vale: como casi siempre te han cogido con la guardia baja. Tú estabas desempolvando ese borrador de artículo que escribiste hace ya tiempo sobre tu adorado Murakami (Haruki, al Ryu ese ya no lo lee nadie), preparando algo sobre Phillip Roth, o, a todas malas, intentando enterarte de quién carajo eran Ngugi Wa Thiong’o, Ismael Kadaré o el tal Adonis, por si los de la Academia te hacían lo de otros años y te ponían a escarbar en Wikipedia para escribir una cosa que quedara bien sin que se te notara demasiado que no los conocías ni de nombre antes de estar en la quiniela anual. Esta vez sí que puedes hablar libremente, escribir tu articulico, dar declaraciones al periodista de turno (ese que te tiene en su agenda para llamarte cada vez que se muere alguien de quien no ha preparado obituario), poner comentarios en las redes sociales y hasta parecer democrático, moderno y progresista, porque Dylan es de los que se mojaban cuando había que mojarse, cuando tú aún ibas al cole y ni siquiera sabías que existía, cuando el cura progre de tu parroquia dejaba que los catequistas amenizaran la misa con aquella versión del “Blowing in the Wind”. Quizá esa fue la primera vez que oíste la melodía, que no la letra, de una de sus canciones. ¿Recuerdas? Además, el tipo se puso como apellido artístico el nombre de no sé qué poeta y así la cosa suena más a poesía. Lo cierto es que eres incapaz de recordar más de cinco canciones de Bob Dylan sin acudir a internet y que en tu casa es posible que no haya más de un disco (si hay al menos uno) de los suyos, pero, si haces memoria, conoces la mentada “Blowing in the Wind” (ha salido en muchos documentales, aunque sea un poco mónotona), “Knocking on Heavens Door” (qué chula aquella versión de Guns and Roses), “Mr. Tambourine Man” (había una peli en la que Michelle Pfeiffer la usaba para civilizar a unos jóvenes sociópatas) y, cómo no, “Like a Rolling Stone”, aparte de “Times are Changing”, ideal para finalizar tu comentario o tu artículo de opinión.

De cualquier manera, esta vez también te han hecho una pequeña faena, porque en estas ocasiones no basta con que digas que no te disgusta, hay que haber sentido a-do-ra-ción, tener al individuo como icono, haberlo seguido desde siempre. Y a ti, Dylan, recónocelo, ni fu ni fa y el gangoseo con el que canta pone a prueba tu inglés de academia Stillitron. Ya se lo podían haber dado a Silvio Rodríguez, a Sabina o al Nano, que los tienes más fresquitos y encima cantan en cristiano. Pero, a fin de cuentas, no es lo mismo que cuando se lo dieron a Alice Munro (a quien solo había leído la madre de tu mujer en un club de lectura), a Le Clézio (mencionado una vez por ese amigo solterón que siempre te encuentras en la mesa del fondo de la librería, donde están las rarezas), a Mo Yan (que te sonaba poco) o a Thomas Tranströmer (que no te sonaba nada, porque, total, no pensabas que se lo fueran a dar a un sueco y tú, suecos, un par de novelistas de policíaca y para de contar).

En todo caso, es bonito que puedas decir “Bob Dylan” y todo el mundo sepa de quién hablas. Cuando uno dice “Tranströmer”, o “Svetlana Aleksiévich” en una reunión social, todos lo miran como si hubiera dicho una palabrota, lo acusan con la mirada de ser un pedante insoportable. Y tú tienes que parecer culto, pero no pedante.

Así que ahora puedes decir “Bob Dylan” y añadir que en sus canciones hay también poesía. Y de la buena, de la que llega a todo el mundo (ya sabes que hoy es mejor llegar a todo el mundo que llegar a cada uno, que es el camino que hasta hoy recorría la poesía). Sí, tras el impacto inicial, puedes escribir un artículo valorando positivamente la cosa y caerás muy bien en las redes, no serás uno de esos culturetas carcas que no están en el siglo. Y preguntarte por qué no le van a dar el Nobel de Literatura a un cantautor (aunque hace poco hayas leído que «¿Por qué no “no”, entonces, si el mejor razonamiento que puedes hacer es por qué no?»), obviando el hecho de que hay poetas que también han sido cantautores (Boris Vian, sin ir más lejos) y cantautores que han sido pintores (Luis Eduardo Aute, por ejemplo) y hasta cantautores que han sido actores (el propio Bob Dylan), pero que si un cantautor, por el hecho de serlo, fuera ya poeta entonces no necesitaría guitarra. Alguien podría decirte esto, pero, entonces, sería fácil argüir que la poesía es mucho más que escribir en verso, que la poesía está en todos lados, está en el aire, en el fondo de uno mismo, en un viejo sentado en un parque y en un niño jugando con un barquito de papel. Si alguien insiste, diciéndote que los poetas son precisamente las personas que se dedican a intentar captar toda esa belleza re-creándola en firmes palabras, en obras a las que la palabra le basta por sí sola para evocarla, dispones de varios recursos: hablar de la dilatada trayectoria de Dylan, de su influencia, de la ocasión en que se publicó un libro con sus letras. Si todo esto falla, puedes terminar la polémica diciendo que hay que abrir la mente, acostumbrarse a los nuevos tiempos, democratizar la cultura (siempre es más fácil democratizar la cultura que democratizar la sociedad), abandonar los prejuicios (obviando el hecho de que los prejuicios nos sirven para establecer categorías entre lo que percibimos, permitiéndonos diferenciar, por ejemplo, entre un pene y una silla, lo cual nos permite andar con menos cuidado a la hora de elegir dónde sentarnos). Y, por supuesto, acabar diciendo que los tiempos están cambiando. Que nadie te quite tu final de artículo.

Eso sí: vas a guardar el borrador sobre Murakami (Haruki). Todavía es posible que, en una de estas, le den un Grammy.

P.S.: Lo que yo he nombrado como “Times are Changing” en realidad se titula “The Times They are A-Changin'”. Gran error que espero no haya causado grandes males a la humanidad ni haya herido la sensibilidad de ningún fan de Dylan y que intento subsanar en esta nota.





Pequeñas grandes historias: La entrega, de Dennis Lehane

22 09 2016

«Los triunfadores pueden esconder su pasado, mientras que los fracasados se pasan el resto de la vida intentando no ahogarse en el suyo».

Dennis Lehane. La entrega.

 

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La entrega, de Dennis Lehane, 2014, Barcelona, Salamandra, 190 páginas.

Con algunas de sus historias, Dennis Lehane es capaz no solo de encogerte el estómago, sino, además, de conmoverte. Eso lo sabe cualquiera que se haya acercado a Desapareció una noche o Mystic River. Con La entrega vuelve a demostrarlo, en muchas menos páginas y de forma igualmente brillante.

Uno sigue con curiosidad casi cariñosa los pasos de Bob Saginowski, ese solterón grandote y algo simple que trabaja con su primo Marv en el bar que ya no es de Marv, sino del clan checheno de los Umarov, quienes lo utilizan, como otros tantos garitos, para recaudar los beneficios de apuestas ilegales. Lo sigue en su extraña relación con Nadia, la chica a la que conoce al mismo tiempo que al cachorro al que cree salvar la vida y que, en realidad, lo está salvando a él. Y cuando los pasos de Bob se adentran en terreno pantanoso, cuando el peligro le ronda personificado en las figuras del inquietante Eric Deeds, el inspector Evandro Torres y el propio primo Marv (cada uno de ellos propietario de su propia parcela en el infierno), la curiosidad se convierte en verdadero interés y el cariño en inquietud por lo que pueda pasarle a Bob, tan buena gente, tan asiduo a la misa semanal, tan tierno con las ancianas y los cachorros. Hasta que vamos descubriendo que Bob sabe cuidarse solo, que por algo, aunque vaya a misa, no comulga jamás.

Una historia pequeña, de barrio, que le sucede a gente de barrio, pequeña; gente inculta y no demasiado inteligente a la que aprendemos a amar u odiar (a veces ambas cosas a la vez) mientras aprendemos a entender sus motivos. Una historia pequeña que se convierte en una gran historia cuando descubrimos que lo importante es el juego entre lo que se muestra y lo que se oculta, no lo que se dice explícitamente. Con todo su discurso sobre la compasión, la culpa, la religión, la identidad, la injusticia, la búsqueda de la felicidad y las trampas de la memoria, esta novela aparentemente menor acaba convirtiéndose en una de esas historias que uno no olvida fácilmente.

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Por supuesto, novela negra, con todos los ingredientes habituales: violencia, engaños, atracos, tiroteos, negocios sucios, corrupción y tipos peligrosos. Intriga, suspense y giros sorprendentes. Pero puede que eso no me parezca lo más importante en esta novela. Quizá se deba a que estoy haciéndome mayor, pues algo similar me ocurre con Galveston, de Nick Pizzolatto, o con la relectura de las novelas Ross Macdonald.

Como sabrás si eres de los informados, La entrega está muy unida a su versión cinematográfica (escrita por el propio Lehane, dirigida por Michael R. Roskam, interpretada por Tom Hardy, Noomy Rapace y, en su última aparición, James Gandolfini), ya que debió de ir naciendo al mismo tiempo como guion cinematográfico (inspirado en «Protectora de animales», un relato corto del mismo autor) y como novela. Nada que objetar. Pese a que ese método ha dado origen a cosas muy flojas (Raylan, de Elmore Leonard), también hay notables precedentes de textos literarios con el mismo origen (2001. Una odisea del espacio, de Arthur C. Clarke y La promesa, de Friedrich Dürrenmatt).

Opino que es indiferente el origen más o menos alimenticio de los textos. Lo que cuenta es el resultado. Y, en este caso, otros autores con más pretensiones no habrían podido volar tan alto como lo hace Dennis Lehane. Para eso hacen falta oficio, sensibilidad, inteligencia y, sobre todo, disponer de una buena historia que contar, de las que revuelven el estómago y, al mismo tiempo, conmueven.

 





El viajero involuntario

29 07 2016

Acostumbrado a la habilidad de Navona para ofrecernos pequeñas joyas no me sorprende que sea esta editorial la que publica en España El viajero involuntario, de Minh Tran Huy, una historia susurrada a través de tres continentes y de todo un siglo.

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El viajero involuntario, de Minh Tran Huy, Barcelona, Navona, 2016

La anécdota comienza en 2012, cuando Line, una francesa hija de vietnamitas cuyo oficio consiste en grabar sonidos de ambiente —aunque prefiere grabar silencios—, se topa en una exposición neoyorquina con la historia de Albert Dadas, el primer dromomaníaco diagnosticado: ese humilde gasista de Burdeos se hizo célebre a finales del siglo XIX, cuando fue estudiado por el raro trastorno mental que lo obligaba a viajar compulsivamente. Interesada por su caso, Line le dedicará el resto de sus vacaciones neoyorquinas y, según indague en su historia, la irá entendiendo como metáfora de otros viajeros y viajeras involuntarios, como la atleta somalí Safia Yusuf Omar, ejemplo célebre y paradigmático de tantos migrantes desesperados tragados por el mar. Y, mientras cruza el Atlántico de regreso a su París natal, hará ella misma un viaje hacia sus recuerdos y su historia familiar, marcada por la guerra, la injusticia y la diáspora.

A partir de esta premisa —el interés de su protagonista y narradora por la vida singular de un personaje real— Minh Tran Huy va moviéndose desde lo histórico a lo global y de ahí a lo íntimo de las conmovedoras peripecias —que adivinamos de origen autobiográfico— de una familia rota por los diferentes conflictos que sacudieron Vietnam desde el comienzo de su periodo postcolonial. Perspectiva interesante, por cierto, para un lector occidental acostumbrado a ver la historia de ese país desde una perspectiva muy diferente que, en el mejor de los casos, desemboca en el paternalismo. Pero, más allá de coordenadas espaciotemporales, me interesan en El viajero involuntario la exploración de la nostalgia, el desarraigo y la búsqueda de un hogar, la indagación en torno a cómo los fenómenos que la Historia archiva fríamente en sus anales afectan a miles de seres humanos con nombre y rostro, lo dramáticamente sencillo que puede llegar a ser para cualquiera llegar a convertirse en extranjero en su propio país.

Inteligente, sentimental, tierna a ratos, con un estilo amable que huye de jardines y fuegos de artificio, El viajero involuntario es uno de esos textos que se gozan sufriéndolos, entre la curiosidad y el reencuentro con viejos temas caros a toda buena literatura.





Donde los Pirineos tocan el crimen

17 07 2016

Vuelvo a estas Ceremonias que tenía tan abandonadas. Y lo hago reseñando el más reciente de los muchos libros que tengo pendientes de comentar. En fechas próximas iré dando fe de algunas joyitas que he podido disfrutar entre viaje y viaje, entre texto y texto, entre trabajo y trabajo. Hoy toca El país de los crepúsculos, de Sebastià Bennasar.

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El país de los crepúsculos, de Sebastià Bennasar, Barcelona, Alrevés, 203 páginas.

Los que vivimos cerquita de África llevamos ya unos días bizcochándonos por mor de la fotosíntesis y los vientos saharianos. Apetecen la playa, la piscina y los manguerazos o baldazos, la sombra de un árbol, la cervecita y algún texto refrescante. Por ejemplo, esta novela policíaca que lleva al inspector Jaume Fuster (sí: su nombre coincide con el del escritor catalán y, evidentemente, no puede ser una casualidad) al invierno de Vall de Boí, donde los Pirineos tocan el cielo. Allí, en el Pont de Suert, se encontrará el policía, impartiendo un cursillo sobre técnicas de investigación a los mossos de la zona y aprovechando para hacer un poco de turismo en los ratos libres, cuando comience una serie de brutales asesinatos rituales relacionados con las iglesias de la zona, declaradas Patrimonio de la Humanidad.

A través de una intriga policial conducida de forma meticulosa, Bennasar nos acerca a un territorio bellísimo que es también tierra de frontera en la que el eco de los contrabandistas y los maquis convive con los últimos pastores; donde cabe el ecoterrorismo y terrorismo del de siempre, sin dejarse fuera al de Estado; donde los sádicos se tutean con los taberneros y los nuevos eremitas buscan un lugar donde ocultarse de los pecados cuya penitencia, sin embargo, no dejará de alcanzarles.

Un mundo de rencillas ocultas y lealtades sin aspavientos, marcado por el frío y el aullido de un lobo, en el que se nos muestra que en los amables pueblecitos que los ecoturistas descubren con arrobada admiración también ha de esconderse la maldad, haciendo bueno el proverbio que afirma que todo pueblo chico es un infierno grande.

Esta no es la primera novela de Sebastià Bennasar, y se nota. Sin embargo, sí es la primera en verterse al castellano. Se inserta el autor mallorquín en la nómina creciente de autores que escriben desde la periferia geográfica, la cual es, asimismo, periferia cultural, enriqueciendo el discurso colectivo con su peculiar mirada.

Esto, la mirada, es asunto crucial: no se trata de buscar un paraje hermoso y contar desde él. Eso puede hacerlo cualquier turista. Se trata de hablar de lugares que se han respirado, de la forma de ver el mundo que tienen sus habitantes, de captar aquellos hechos universales que subyacen a sus peculiaridades y contárnoslos con honestidad.

El país de los crepúsculos consigue lo que algunos diletantes intentan: convertir parajes bellísimos en escenarios dignos de una buena historia de crímenes, sin traicionarlos y sin convertirse en una guía turística. Y, al contrario que esos diletantes, lo hace de manera elegante, inteligente y misericordiosamente breve.

Así pues, con su primera novela traducida al castellano (esperemos que no la última), Sebastià Bennasar consigue uno de esos libros perfectos para combatir el calor durante un fin de semana. No te durará más.





Comerse las uñas

3 06 2016

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Vuelvo al blog varias semanas y diversos hoteles con mala conexión a Internet más tarde. Tengo unos cuantos libros pendientes de reseñar y diversas entradas en la cabeza que acaso no escriba nunca. En estos días ando enfrascado en el cierre de una novela y el comienzo de otra, además de preparar un par de proyectos nuevos. Y, al mismo tiempo, procuro ponerme al día con la lectura y alterno ensayos de Virginia Woolf con los espléndidos cuentos de La manzana de Nietzsche, de Juan Carlos Chirinos (Ediciones La Palma, 2015) y varios textos más, entre los que está Correspondencia (1940-1985) de Italo Calvino (selección de Antonio Colinas y traducción de Carlos Gumpert, Madrid, Siruela, 2010), medito sobre cuáles son las posibilidades actuales de la literatura en general y de la novela en particular (lo cual es acaso bastante estúpido, porque equivale a intentar retransmitir el Tour de Francia mientras asciendes el Tourmalet) tras debatir con amigos y compañeros sobre esto y sobre lo difícil que es hoy en día publicar cuento y vender cuento y, en suma, vivir del cuento. Y justo tras esas charlas y esos debates (algo etílicos, en ocasiones, todo hay que decirlo) me topo con una página en la que Calvino le escribe a Silvio Micheli en 1946:

Confiaba en sacar un librito de cuentecitos, muy bonito y conciso, pero Pavese ha dicho que no, que los cuentos no se venden, que lo que hay que hacer es una novela. La verdad es que no siento necesidad de escribir una novela: a mí me gustaría escribir cuentos toda mi vida. Cuentos bien concisos, de esos que no puedas empezar sin llegar hasta el final, que se escriban y se lean sin tomar aliento, plenos y perfectos como un montón de huevos, que si quitas y añades una sola palabra, todo se hace pedazos. La novela, en cambio, siempre tiene puntos muertos, puntos que sirven para unir un trozo con otro, personajes que no sientes. Hace falta un aliento distinto para la novela, más reposado, no contenido y apretando los dientes como el mío. Yo escribo comiéndome las uñas. ¿Tú escribes comiéndote las uñas? Los escritores se dividen entre quienes escriben comiéndose las uñas y los que no. Hay quien escribe chupándose un dedo.

Y entonces me miro las manos y descubro que mis dientes no han dejado ni una uña sana, pese a que últimamente me dedico sobre todo a la novela. Todo esto durante unos instantes, los suficientes para poder tomar aliento y seguir pedaleando.

En la próxima parada escribiré esas reseñas. Palabra.








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