El viajero involuntario

29 07 2016

Acostumbrado a la habilidad de Navona para ofrecernos pequeñas joyas no me sorprende que sea esta editorial la que publica en España El viajero involuntario, de Minh Tran Huy, una historia susurrada a través de tres continentes y de todo un siglo.

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El viajero involuntario, de Minh Tran Huy, Barcelona, Navona, 2016

La anécdota comienza en 2012, cuando Line, una francesa hija de vietnamitas cuyo oficio consiste en grabar sonidos de ambiente —aunque prefiere grabar silencios—, se topa en una exposición neoyorquina con la historia de Albert Dadas, el primer dromomaníaco diagnosticado: ese humilde gasista de Burdeos se hizo célebre a finales del siglo XIX, cuando fue estudiado por el raro trastorno mental que lo obligaba a viajar compulsivamente. Interesada por su caso, Line le dedicará el resto de sus vacaciones neoyorquinas y, según indague en su historia, la irá entendiendo como metáfora de otros viajeros y viajeras involuntarios, como la atleta somalí Safia Yusuf Omar, ejemplo célebre y paradigmático de tantos migrantes desesperados tragados por el mar. Y, mientras cruza el Atlántico de regreso a su París natal, hará ella misma un viaje hacia sus recuerdos y su historia familiar, marcada por la guerra, la injusticia y la diáspora.

A partir de esta premisa —el interés de su protagonista y narradora por la vida singular de un personaje real— Minh Tran Huy va moviéndose desde lo histórico a lo global y de ahí a lo íntimo de las conmovedoras peripecias —que adivinamos de origen autobiográfico— de una familia rota por los diferentes conflictos que sacudieron Vietnam desde el comienzo de su periodo postcolonial. Perspectiva interesante, por cierto, para un lector occidental acostumbrado a ver la historia de ese país desde una perspectiva muy diferente que, en el mejor de los casos, desemboca en el paternalismo. Pero, más allá de coordenadas espaciotemporales, me interesan en El viajero involuntario la exploración de la nostalgia, el desarraigo y la búsqueda de un hogar, la indagación en torno a cómo los fenómenos que la Historia archiva fríamente en sus anales afectan a miles de seres humanos con nombre y rostro, lo dramáticamente sencillo que puede llegar a ser para cualquiera llegar a convertirse en extranjero en su propio país.

Inteligente, sentimental, tierna a ratos, con un estilo amable que huye de jardines y fuegos de artificio, El viajero involuntario es uno de esos textos que se gozan sufriéndolos, entre la curiosidad y el reencuentro con viejos temas caros a toda buena literatura.





Donde los Pirineos tocan el crimen

17 07 2016

Vuelvo a estas Ceremonias que tenía tan abandonadas. Y lo hago reseñando el más reciente de los muchos libros que tengo pendientes de comentar. En fechas próximas iré dando fe de algunas joyitas que he podido disfrutar entre viaje y viaje, entre texto y texto, entre trabajo y trabajo. Hoy toca El país de los crepúsculos, de Sebastià Bennasar.

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El país de los crepúsculos, de Sebastià Bennasar, Barcelona, Alrevés, 203 páginas.

Los que vivimos cerquita de África llevamos ya unos días bizcochándonos por mor de la fotosíntesis y los vientos saharianos. Apetecen la playa, la piscina y los manguerazos o baldazos, la sombra de un árbol, la cervecita y algún texto refrescante. Por ejemplo, esta novela policíaca que lleva al inspector Jaume Fuster (sí: su nombre coincide con el del escritor catalán y, evidentemente, no puede ser una casualidad) al invierno de Vall de Boí, donde los Pirineos tocan el cielo. Allí, en el Pont de Suert, se encontrará el policía, impartiendo un cursillo sobre técnicas de investigación a los mossos de la zona y aprovechando para hacer un poco de turismo en los ratos libres, cuando comience una serie de brutales asesinatos rituales relacionados con las iglesias de la zona, declaradas Patrimonio de la Humanidad.

A través de una intriga policial conducida de forma meticulosa, Bennasar nos acerca a un territorio bellísimo que es también tierra de frontera en la que el eco de los contrabandistas y los maquis convive con los últimos pastores; donde cabe el ecoterrorismo y terrorismo del de siempre, sin dejarse fuera al de Estado; donde los sádicos se tutean con los taberneros y los nuevos eremitas buscan un lugar donde ocultarse de los pecados cuya penitencia, sin embargo, no dejará de alcanzarles.

Un mundo de rencillas ocultas y lealtades sin aspavientos, marcado por el frío y el aullido de un lobo, en el que se nos muestra que en los amables pueblecitos que los ecoturistas descubren con arrobada admiración también ha de esconderse la maldad, haciendo bueno el proverbio que afirma que todo pueblo chico es un infierno grande.

Esta no es la primera novela de Sebastià Bennasar, y se nota. Sin embargo, sí es la primera en verterse al castellano. Se inserta el autor mallorquín en la nómina creciente de autores que escriben desde la periferia geográfica, la cual es, asimismo, periferia cultural, enriqueciendo el discurso colectivo con su peculiar mirada.

Esto, la mirada, es asunto crucial: no se trata de buscar un paraje hermoso y contar desde él. Eso puede hacerlo cualquier turista. Se trata de hablar de lugares que se han respirado, de la forma de ver el mundo que tienen sus habitantes, de captar aquellos hechos universales que subyacen a sus peculiaridades y contárnoslos con honestidad.

El país de los crepúsculos consigue lo que algunos diletantes intentan: convertir parajes bellísimos en escenarios dignos de una buena historia de crímenes, sin traicionarlos y sin convertirse en una guía turística. Y, al contrario que esos diletantes, lo hace de manera elegante, inteligente y misericordiosamente breve.

Así pues, con su primera novela traducida al castellano (esperemos que no la última), Sebastià Bennasar consigue uno de esos libros perfectos para combatir el calor durante un fin de semana. No te durará más.





Comerse las uñas

3 06 2016

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Vuelvo al blog varias semanas y diversos hoteles con mala conexión a Internet más tarde. Tengo unos cuantos libros pendientes de reseñar y diversas entradas en la cabeza que acaso no escriba nunca. En estos días ando enfrascado en el cierre de una novela y el comienzo de otra, además de preparar un par de proyectos nuevos. Y, al mismo tiempo, procuro ponerme al día con la lectura y alterno ensayos de Virginia Woolf con los espléndidos cuentos de La manzana de Nietzsche, de Juan Carlos Chirinos (Ediciones La Palma, 2015) y varios textos más, entre los que está Correspondencia (1940-1985) de Italo Calvino (selección de Antonio Colinas y traducción de Carlos Gumpert, Madrid, Siruela, 2010), medito sobre cuáles son las posibilidades actuales de la literatura en general y de la novela en particular (lo cual es acaso bastante estúpido, porque equivale a intentar retransmitir el Tour de Francia mientras asciendes el Tourmalet) tras debatir con amigos y compañeros sobre esto y sobre lo difícil que es hoy en día publicar cuento y vender cuento y, en suma, vivir del cuento. Y justo tras esas charlas y esos debates (algo etílicos, en ocasiones, todo hay que decirlo) me topo con una página en la que Calvino le escribe a Silvio Micheli en 1946:

Confiaba en sacar un librito de cuentecitos, muy bonito y conciso, pero Pavese ha dicho que no, que los cuentos no se venden, que lo que hay que hacer es una novela. La verdad es que no siento necesidad de escribir una novela: a mí me gustaría escribir cuentos toda mi vida. Cuentos bien concisos, de esos que no puedas empezar sin llegar hasta el final, que se escriban y se lean sin tomar aliento, plenos y perfectos como un montón de huevos, que si quitas y añades una sola palabra, todo se hace pedazos. La novela, en cambio, siempre tiene puntos muertos, puntos que sirven para unir un trozo con otro, personajes que no sientes. Hace falta un aliento distinto para la novela, más reposado, no contenido y apretando los dientes como el mío. Yo escribo comiéndome las uñas. ¿Tú escribes comiéndote las uñas? Los escritores se dividen entre quienes escriben comiéndose las uñas y los que no. Hay quien escribe chupándose un dedo.

Y entonces me miro las manos y descubro que mis dientes no han dejado ni una uña sana, pese a que últimamente me dedico sobre todo a la novela. Todo esto durante unos instantes, los suficientes para poder tomar aliento y seguir pedaleando.

En la próxima parada escribiré esas reseñas. Palabra.





El libro, por un día

22 04 2016

El libro. Ah, el libro. Llega el 23 de abril y el libro, por una vez sale a la calle, se visibiliza, es respetado, se habla bien de él. Hay que fomentarlo, divulgarlo, exhibirlo. Esa actividad normalmente individual, íntima,  casi secreta, de la lectura, se hace, por una vez, pública, colectiva. Se exponen manualidades en las que Don Quijote, Sancho y Dulcinea sustituyen en la entrada al empleado de la empresa de seguridad subcontratada en institutos, bibliotecas y museos. Informativos que de ordinario prefieren rellenar sus huecos libres con vídeos de Youtube sobre accidentes y perritos conmovedores, o con reportajes sobre el calor o el frío que hace, se dignan a dedicar totales de un par de minutos a Cervantes. Centros comerciales que exponen los libros mucho peor que los perfumes ponen en estos días mesas de saldo que sirven para vaciar su fondo de almacén. Maestros y profesores de instituto piden a los escritores locales que den una charla sobre la importancia de la lectura a un alumnado que ni les ha leído ni les leerá. Autoras y autores asisten a dar conferencias gratuitas a foros públicos gestionados por productores de eventos, intermediarios ineptos que sí cobran. Políticos de todos los colores y sabores se apresuran a hacerse fotos con libreros, escolares o académicos en puestos callejeros o en aulas magnas, dando discursos sobre la importancia de la lectura, esa que no tienen en cuenta casi nunca al elaborar los presupuestos generales de las instituciones que gobiernan.

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Por supuesto, está bien que se celebre el Día Mundial del Libro y el Derecho de Autor. Tú, que lees y eres persona generosa, sabes que el libro no da la felicidad (la ignorancia es más útil cuando uno lo que quiere es ser feliz), pero hace a las personas más libres, y por eso siempre te prestas a colaborar con esas actividades de promoción y visibilización, a alegrarte públicamente de ellas, a celebrarlas. Pero tú, precisamente tú, que lees todo el año, que todo el año fomentas la lectura entre quienes tienes alrededor (y la actividad del fomento de la lectura es tan sutil que, simplemente, llevando en la guagua un libro y no un móvil ya estás contribuyendo a ella), que frecuentas las librerías y las bibliotecas, sientes siempre que ahí, al fondo, persiste ineluctablemente un dejo de impostura, algo de ceremonia formal en torno a una faceta de la cultura que, en realidad, nos importa mucho a muy pocos y casi nada a la mayoría. Sabes que ese político que acaba de abandonar la feria con un libro debajo del brazo no ha leído nunca al escritor con el que se acaba de sacar la foto y jamás ha pisado ni pisará la librería cuyo stand ha visitado. Sabes que esa reportera que ha hecho el reportaje con el actor de cuarta disfrazado de Cervantes está tan interesada en El Quijote como en la vida sexual del escarabajo pelotero.

El libro continúa siendo ese objeto que da gustito, que te conmueve y te desordena la conciencia, que da un codazo a la realidad para que puedas verla con más lucidez. Lo es, lo fue y lo será, a pesar del político, el reportero, el profe, el jefe de planta y el productor de eventos que solo se acuerdan de su existencia en abril, para hacerse la foto o para hacer caja, que en el fondo es lo mismo. Somos otros (autores y autoras, bibliotecarios y bibliotecarias, libreros y libreras, editores y editoras, lectores y lectoras, que solemos ser, además, varias de estas cosas a la vez) quienes hacemos que diariamente se celebre  al libro y al derecho de autor. A veces no es complicado, ni requiere presupuesto ni grandes esfuerzos: cuando le regalamos a alguien una novela o un libro de poemas, cuando preferimos ir a nuestra librería de confianza en lugar de a una página de descarga gratuita en Internet, cuando nos encontramos en una esquina y hablamos sobre lo último que hemos leído, ya estamos haciendo más de lo que hacen muchos. Los demás, aparecen una vez al año (durante un día, una semana, un mes, lo que dure el programa de actos) para quedar bien o llenarse el bolsillo. Y nosotros, tú y yo, callamos y fingimos ser felices así: para un día al año en el que parece que el libro le importa a todo el mundo, tampoco vamos a aguar la fiesta. Pero, cuando nos cruzamos en esos actos, esas charlas, esas ferias, nos sabemos miembros de una misma secta, comandos de la misma guerrilla, esa que sabe que un libro es una trinchera, una barricada, una atalaya de francotiradores refractarios a la impostura.





Sobre “La otra vida de Ned Blackbird”

24 02 2016
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La otra vida de Ned Blackbird, Madrid, Siruela, 2016, 181 páginas.

A partir de mañana comenzará a estar en las librerías La otra vida de Ned Blackbird. Editada por Siruela y con esa ilustración de Ana Bustelo que no me canso de contemplar y que, por cierto, ha sido galardonada por Communication Arts en su edición de este año.

No es, por una vez, una novela negra. En ella apenas hay violencia explícita, no hay un recorrido por el otro lado de la legalidad, las muertes son naturales y no hay compromiso alguno con el realismo social.

Sí que hay, como siempre, intriga, algunos misterios, y una tendencia al extrañamiento ante la realidad, una atención constante al viejo dicho de Jim Thompson de que las cosas no son lo que parecen.

La excusa argumental es la llegada de Carlos Ascanio a la ciudad de Los Álamos para ocupar interinamente una plaza como profesor de filosofía en su universidad. Como su estancia no va a ser larga, alquila un viejo apartamento cuya inquilina, una maestra retirada, ha fallecido recientemente. En cuanto Ascanio se instala, comienza a sentir curiosidad por la anterior ocupante del piso, cuyas paredes parecen querer susurrarle sus secretos.

Seguro que has leído muchas novelas que comienzan así. Y me gustaría poder decirte por qué luego la cosa cambia (porque cambia, y mucho) con respecto a historias similares, pero no podría explicártelo sin estropearte la novela. Solo puedo decirte que la cosa va sobre amores epistolares y escritores clandestinos, sobre la identidad y la memoria, sobre nuestra percepción del mundo y nuestro lugar dentro de él, sobre el olvido y la culpa, sobre el alcance de las rebeliones íntimas y los límites de la libertad de la mujer en una sociedad patriarcal, sobre el coste de nuestras elecciones y las oportunidades perdidas.

Por ahora ya hay quien la ha leído y le ha regalado su elogio. Uno de los primeros ha sido Sebastià Bennasar, que ha sabido ver en ella cosas que hasta a mí se me habían escapado, creo.

En Canarias, la primera presentación pública del texto tendrá lugar el viernes 11 de marzo, a las 19:00 en Librería Sinopsis. Como en otras ocasiones, consistirá en que tú y yo tomemos un vino y leamos algunos pasajes.

Hasta aquí la información más o menos objetiva, la que podrá tener todo el mundo a través de los medios de comunicación.

Pero como tú lees este blog y, por tanto, eres de los íntimos, puedo contarte, si te quedas aquí un par de párrafos más, algunas cosas acerca del origen de esta novela. No explicará nada (ya sabes que Cortázar decía que en algún sitio ha de haber un basural al que van a parar las explicaciones), pero, al menos, sabrás más que esa gente que necesita ponerle etiquetas a todo para despacharlo y archivarlo rápidamente, sin fijarse en lo que hay más allá.

Hacia 2009, en un acto público, tuve la suerte de conocer en persona a la escritora María Dolores de la Fe. Aquel encanto de mujer me contó que a ella siempre le habían gustado las novelas policiales y me regaló una hoja mecanografiada (que conservo como oro en paño) con un arranque argumental. Me dijo que, si quería, podía utilizarlo. Nunca lo hice, sobre todo por respeto. Pero aquel gesto y aquella página pasada por el rodillo de la máquina de escribir me hicieron pensar en su oficio de escritora y periodista, desempeñado durante muchos años, en ocasiones de manera casi secreta. También por esos días, escarbaba en las obras de Francisco González Ledesma, que antes de ser el creador de Méndez, había sido Silver Kane, Taylor Nummy y hasta Rosa Alcázar. Y, al mismo tiempo, reflexionaba sobre algo que me ocurría a mí mismo, que había ingresado en la escritura a través del cuento literario de corte fantástico pero llevaba desde 2007 sin publicar un volumen de este género, porque en este país resulta muy difícil conseguir que un editor se suicide publicando libros que nadie leerá y aquí los cuentos no los lee nadie. De ahí que, desde 2006 yo estuviera inmerso en la escritura y publicación de novelas negras, género que amo pero que (tal y como yo lo entiendo) exige un realismo insobornable. Por estas y otras razones (algunas muy personales, demasiado íntimas hasta para este blog), a partir de 2009 comencé a jugar con la idea de escribir una novela que hablara de escritores clandestinos y en la que pudiera trabajar con ese estilo, tan distinto al de mis ficciones criminales, que uso cuando escribo cuento fantástico. Luego fueron surgiendo otros temas, otras preocupaciones, otras experiencias vitales (y en ellas incluyo mis experiencias como lector) que poco a poco fueron haciendo de esa novela lo que es hoy. El texto inicial fue escrito en pocos meses, entre noviembre de 2010 y marzo de 2011, y luego fue sometido (como siempre) a sucesivas fases de reescritura y corrección. Aunque creo que siempre conservó sus orígenes iniciales, que continúan ahí para quien quiera rastrearlos.

Y sí: volveré a la novela negra y volveré a las novelas de semen y de sangre. Pero necesitaba dar a la luz este texto y ver cómo lo aceptarías tú, que has tratado tan bien a los otros.

Así que ahí, a partir de mañana, estará, esperándote, La otra vida de Ned Blackbird. Y yo, como siempre, permaneceré expectante, deseando que funcione (como ha funcionado otras veces) esta máquina del tiempo que se llama libro y que (solo si tú quieres) nos une a ti y a mí allá donde (y cuando) estemos cada uno.

Mientras tanto, estaré escuchando esto. O algo muy similar.

 





La violencia justa: vuelve Andreu Martín

14 02 2016

Andreu Martín debe de llevar, calculo, unos cuarenta años escribiendo sin cesar, haciendo incursiones en casi todos los géneros y tendencias (sin dejarse atrás el erotismo, la ciencia ficción, la novela histórica y la literatura juvenil), pero ha destacado siempre como referente de la novela negra y policiaca. Desde que en 1979 publicara Aprende y calla ha deslumbrado a los aficionados al género con novelas como Prótesis, A navajazos, Bellísimas personas, Piel de policía o Barcelona connection, por citar de memoria y sin orden cronológico algunas novelas de entre las varias decenas que ha publicado. Por ello, es ineludible citar su nombre entre los de los autores que nos trajeron el género (y lo hicieron nuevo) entre los años setenta y los noventa. Pero no ha cesado de crear, de contar las historias que cuenta tan bien sin perder ni un ápice de actualidad, sin dejar de buscar nuevos modos para trazar sus argumentos sorprendentes, verosímiles y magnéticos.

En los últimos años nos ha dado novelas estupendas, como Sociedad negra y Los escupitajos de las cucarachas. En ellas el lector encuentra siempre lo que se espera: historias de alto voltaje que van hacia delante tras arranques que son siempre una patada en la cara, con personajes que huelen a cenicero y exponen diálogos certeros, equilibrados e inteligentes, con un erotismo que ya quisiera más de un sello dedicado al género y humor de todos los colores (desde el más blanco y familiar a los chistes negrísimos que pueden hacerse mientras uno intenta hacer desaparecer un cadáver), con coreografías de acción cuidadas al milímetro y, sobre todo, diferentes planos de lectura en los que, a poco que se escarbe en el contenido, aparecen los asuntos más caros a la condición humana.

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La violencia justa, de Andreu Martín, Barcelona, RBA, 447 páginas

En La violencia justa, su novela más reciente, Andreu Martín aborda un problema con el que nuestra sociedad tiene una cuenta pendiente: nuestra relación con la violencia. La pregunta por cuándo es justo saltarse el contrato social (aquel mediante el cual los miembros de la sociedad se someten a un gobierno que pone el monopolio de la violencia en manos de quienes representan la ley), cuándo llega el momento en que un individuo está legitimado por las circunstancias para ejercer como juez y verdugo. Y, sobre todo, en esos casos, dónde está la fina línea, que separa la justicia de la venganza, el preciso castigo del desencadenamiento de la bestia que todos llevamos dentro, domesticada por la educación, tal y como finamente la analizó Freud en El malestar en la cultura.

La violencia justa plantea estas preguntas (y otras relacionadas con ellas), a partir de un argumento en el que se cruzan dos dramas personales: el de Teresa Olivella (que intenta rehacer su vida tras una tragedia personal en la que desempeñó el papel de víctima absoluta) y el de Alexis Rodón (jefe de seguridad de unos grandes almacenes que antes fue sargento de los mossos y debió abandonar el cuerpo acusado de torturar al secuestrador y asesino de una niña). Ambos personajes se encontrarán no por casualidad, sino porque ella, atraída por la leyenda de torturador de Rodón, lo buscará para intentar hacer lo que ella entiende por justicia. Pero Teresa llega a la vida del ex policía en mal momento, cuando acaba de interesarse por una repugnante organización de proxenetas infantiles.

No puedo explicar nada más del argumento sin estropear la lectura, pero sí me gustaría hacer hincapié en la habilidad compositiva de Andreu Martín. Contada en presente, casi exclusivamente en las primeras personas de sus dos protagonistas en capítulos que alternan sus voces (la única excepción es un capítulo necesario casi en la conclusión), La violencia justa nos va mostrando las diferentes caras de esa novela de pasados dolorosos y futuros inciertos, el lector asiste al desarrollo de la pasión entre Teresa y Alexis, a la forma en que cada uno oculta al otro los verdaderos problemas que le obsesionan, sus más secretos temores, sus cuentas pendientes, manejando la intriga novelesca con una brillantez que solo es posible gracias a la combinación del talento y la experiencia.

A lo largo de poco más de un mes (la acción comienza el 8 de enero y finaliza el 14 de febrero de 2014), Teresa Olivella y Alexis Rodón viven una tormenta en sus respectivas existencias y no pueden encomendarse a Dios y aguantar el chaparrón: han de buscar soluciones a los conflictos que la vida les pone por delante. Ambos (y el lector con ellos) habrán de tomar decisiones en las que se juegan sus propias creencias, hacerse nuevas preguntas y buscar nuevas respuestas a las preguntas viejas. Y, en cada una de sus acciones, sentirán que a cada paso cambian de forma de ser, se apuestan a sí mismos como seres humanos. Eso mismo que hacemos, sin darnos cuenta, nosotros. Eso mismo que hacen siempre los héroes de las grandes historias.

Vale la pena seguir a Teresa y a Alexis en su itinerario hasta lo más hondo de sí mismos, ese camino que, al mismo tiempo, les lleva al centro del mismísimo infierno, ese que hacemos, cada día, entre todos.





La Wycherly, para redescubrir a Ross Macdonald

29 01 2016

En la página 181 de su Breve historia de la novela policiaca (Madrid, Taurus, 1962), Alberto del Monte, afirma:

Margaret Millar (1915), la actual presidenta de los Mystery Writers of America, publica también unas veces con su propio nombre (notables, entre otras novelas suyas, Beast in view, 1955, y The soft talkers, 1957), otras con el seudónimo de “Kenneth Millar” y otras con el de “John Ross Mac Donald”. En sus novelas (…), que tienen generalmente como detective a Lew Archer, ofrece ambientes corrompidos, psicologías morbosas; en una palabra, una humanidad mísera y tortuosa con polémica perspicacia y con dignidad literaria.

No va mal encaminado Alberto del Monte: Margaret Ellis Sturm, que firmaba con su apellido de casada como Margaret Millar era una fantástica escritora de novelas de misterio, como La bestia se acerca, cuyo argumento ha sido luego imitado hasta la saciedad. Pero Kenneth Millar no era un seudónimo, sino el nombre de su marido, quien comenzó a publicar cuando su esposa ya era una autora de éxito y acabó firmando como Ross Macdonald la mayoría de las novelas (calculo que unas dieciocho) y los relatos de la serie de Lew Archer, seguramente para evitar confusiones como la del pobre Del Monte.

Ross Macdonald, creator of Lew Archer, wearing a straw hat

Macdonald pertenece, creo, a la segunda oleada de grandes autores de hard boiled norteamericanos y lo leímos cuando éramos más jóvenes y queríamos presumir de haber leído a los que los mayores nos marcaban como imprescindibles. La lista siempre empezaba por Dashiell Hammett y Raymond Chandler y luego siempre incluía a MacDonald, James M. Cain, Horace McCoy, Mickey Spillane y Chester Himes. En medio, acaso en un puesto de honor, estaba siempre Ross Macdonald. Y por eso, acaso, porque lo da por clásico, porque lo da por evidente, porque hay muchas cosas nuevas que leer, o muchos descubrimientos de viejos maestros que se han quedado atrás y no están en los manuales (hace poco, sin ir más lejos, descubrí a Dorothy B. Hugues gracias a Eduardo García Rojas) uno a veces olvida lo estupendos que eran estos tipos.

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La Wycherly, de Ross Macconald, Barcelona, Navona, 2015, 365 páginas

Por eso es bueno que, de vez en cuando, ocurran cosas como esta: que una editorial, para el caso Navona, rescate alguna de sus novelas. para el caso La Wycherly, y te refresque no solo la memoria, sino también la mirada.

Me sucedió una cosa curiosa con La Wycherly: entró en casa durante la época navideña y la leí en los primeros días de año, que es justamente cuando transcurre esta historia tortuosa en la que Lew Archer debe encontrar a Phoebe, la hija del acaudalado Homer Wycherly, desaparecida hace semanas, investigación a lo largo de la cual va a encontrarse con las huellas de su madre, la explosiva Catherine, inmersa en un no menos explosivo divorcio de Homer. Y de paso, con una red de engaños. De extorsiones. De violencia. De corazones rotos poética y también literalmente.

Me sucedió también que redescubrí por qué me habían gustado las novelas que había leído de Macdonald (cosas como El caso Galton o El martillo azul), por qué otros amigos cuyo criterio respeto (como José Luis Ibáñez Ridao) vuelven a mencionármelo una y otra vez, por qué siempre recordaba a Macdonald como a un Hammett, pero con menos prisa, como a un Chandler, pero con más estructura. Sí: Macdonald cuenta con eficiencia, pero no sacrifica el estilo ni un hilo de reflexión sobre un tema de enjundia si cree que vale la pena. Y nunca le ocurrió aquello de que él mismo no supiera quién había matado a un determinado personaje secundario. Sus novelas funcionan como mecanismos de relojería, máquinas perfectamente engrasadas.

Macdonald supo convertirse en un clásico en el género respetando una clave ya instaurada unas décadas antes (su detective no se apellida Archer por casualidad) y prolongándola en novelas lúcidas y pesimistas, crueles y compasivas, brutales y poéticas, plagadas de pasajes dignos de recitar a viva voz y de diálogos vibrantes, inteligentes y llenos de verdad. Todo ello en historias en las que la intriga novelesca se pone al servicio de una humanidad a la que mira con ironía, pero también con conmiseración.

Así pues, leer hoy a Macdonald es volver a lo mejor de la buena novela negra, esa que indaga en las pasiones humanas mediante argumentos cuidados contados con estilo, y vale la pena hacerle un hueco entre fenómeno de ventas y fenómeno de ventas (esos que nos asedian hoy desde todas las mesas de novedades y los expositores y que dentro de cincuenta años no valdrán nada) para comprobar que novelas como La Wycherly continúan tan vivas como en 1961 y diciéndonos más y más cosas a cada lectura.








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