Kafka y La transformación: mitos, bichos y confusiones

12 04 2015

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Esta semana no lo he tenido difícil para elegir el libro a recomendar en La Buena Letra, porque el jueves ocurrió algo fantástico: en Twitter fue tendencia durante varias horas el nombre de alguien que no es un deportista ni un canchanchán ni una folklórica ni un tarado que sale en un reality ni un político corrupto o bocazas, sino, simplemente un escritor (que tampoco acababa de morirse): el enorme, el gigantesco Franz Kafka. El motivo de que de pronto todo el mundo se pusiese a nombrarle fue, al parecer, la coincidencia de la aparición de varios artículos que se referían al centenario de la primera publicación de Die Verwanlung, La metamorfosis o, menos popular pero más exactamente, La transformación, esa historia que comienza cuando Gregor (o Gregorio) Samsa se despierta una mañana tras un sueño intranquilo en su cama de siempre, pero convertido en un horrible insecto. En realidad, el centenario del incombustible relato de Kafka no se cumple en primavera, sino en noviembre de 1915, cuando el editor Kurt Wolf arriesgó los cuartos dándole una oportunidad al amigo Franz. Pero, qué demonios, aparte de las ya existentes han aparecido dos estupendas nuevas ediciones: una, de Nórdica, a cargo de Isabel Hernández, tomando el título más tradicional, La metamorfosis; otra, la que recomiendo (ya sabes que soy amigo de libros económicos y disfrutables en la guagua), preparada por Xandru Fernández y publicada por Navona. Y siempre es buen día para recomendar la lectura de Franz Kafka y para celebrar que Twitter de algo bueno y no perecedero.

La transformación, de Franz Kafka, traducción de Xandru Fernández, Barcelona, Navona, 115 páginas.

La transformación, de Franz Kafka, traducción de Xandru Fernández, Barcelona, Navona, 115 páginas.

Y como tú ya habrás leído la historia de Gregor Samsa (o al menos sabrás de qué va y si aún no la has leído no sé qué diantres haces perdiendo el tiempo leyéndome a mí en lugar de correr a la biblioteca o librería más cercana), y, poco más o menos, todo el mundo tiene una idea de quién fue Kafka pero las bios de solapa y la clínica del rumor han ido deformando hasta la estupidez lo que sabemos de él, creo que es buena oportunidad para aclarar algunas cuestiones, malentendidos o creencias populares, esas cosas que uno escucha al pasar y que normalmente no tenemos tiempo para andar aclarando.

Franz-Kafka-portret

La primera: Kafka no publicó nada en vida. Falso. Publicó poco, pero publicó. Si no hubiera sido así, no estaríamos hablando del centenario de una de sus publicaciones, sino tendríamos que esperar, al menos, hasta 2024 para hacerlo, que es cuando se cumple el centenario de su fallecimiento. Antes del libro que nos ocupa hoy había publicado Contemplación y El fogonero (un cuento que fue presentado como un fragmento de la que sería su novela América o El desaparecido) y después publicaría también La condena. Cierto es que ninguno de estos títulos tuvo demasiado éxito (más bien él y su editor se los comieron con papas), pero también lo es que despertaron cierta curiosidad entre el público entendido. Un ejemplo: en la correspondencia de Hermann Hesse hay una carta dirigida a Kurt Wolf preguntándole si disponía de más títulos suyos.

Kafka era un marginado social y un triste. Inexacto. El caso es que nos encanta esa imagen del escritor solitario, pobre y tísico. Muy probablemente se tratara de un hombre tímido, algo neurótico y muy nervioso. Pero, por lo que se deduce de sus diarios, su correspondencia y lo que sabemos por los testimonios de la época, Kafka no era ajeno a la vida social de la Bohemia de entonces: era un burgués que participaba en actividades culturales y en reuniones sociales, asistía a los teatros e iba a balnearios (aún antes de que la tuberculosis comenzara a matarlo). Además, estaba dotado de un fino y singularísimo sentido del humor, que en ocasiones podía ser negro (sus dibujos son muy ilustrativos a este respecto) o, incluso, directamente escatológico (algún párrafo de sus diarios habla de las lecturas adecuadas o no para el retrete). Max Brod cuenta cómo Kafka se partía la caja de risa cuando iban leyendo fragmentos de El proceso.

kafa en la playa

Kafka es confuso. Esto me cabrea bastante. El sentido último de las ficciones de Kafka es oscuro, eso es innegable. Nunca terminamos de entender del todo lo que quiere comunicarnos (puede que ni él mismo lo hiciera). Pero su prosa es sencilla, sin barroquismos, con los adjetivos justos, casi austera. Trabaja siempre con el mínimo de medios y no abusa de los artificios técnicos. Pero ocurre que, como ya entendió Camus en El mito de Sísifo, su asunto principal es el absurdo y las preguntas que nos obliga a hacernos sobre nosotros mismos y sobre el mundo. Evidentemente, si eres de esos lectores que quieren seguir siendo como eran antes de leer un libro, de esos que no quieren libros de esos que te provocan preguntas, sino de esos otros que te dan respuestas, no te conviene leer a Kafka: mejor elegir un buen catecismo.

Dos curiosidades referidas a La transformación:

Un escarabajo, no una cucaracha: Kafka describe muy minuciosamente al insecto en el que se convierte Gregor Samsa, pero se niega a decirnos el nombre de la especie concreta. Tradicionalmente, muchos lectores (incluidos algunos tan ilustres como Augusto Monterroso), han entendido que se trataba de una cucaracha. Pero Vladimir Nabokov (que aparte de escribir como los ángeles y jugar al ajedrez era un entomólogo reputado) hace un preciso análisis de la descripción kafkiana del bicho (puede leerse en su Curso de literatura europea), llegando a la autorizada conclusión de que se trata de un tipo de escarabajo. Esto, probablemente, no cambia para nada el sentido último del relato, pero no está de más saberlo.

Sobre el título: la temprana traducción de Borges apareció titulada, para sorpresa del propio Borges, como La metamorfosis. Y así es como ha sido conocida durante décadas en el mundo hispanohablante. Pero lo cierto es que Kafka tituló el texto Die Verwanlung (Literalmente, La transformación). Cuenta Xandru Fernández (y yo estoy de acuerdo) que si Kafka hubiera querido que se llamase La Metamorfosis, simplemente lo hubiese titulado Die Metamorphose.

Dichas esta cuatro o cinco cosas, ahora olvídate de todo y busca a Kafka. Busca sus magníficas e hipnotizantes novelas: El desaparecido (América), la inconclusa El castillo o la incesante El proceso; su Diario (lo edita Tusquets) o sus correspondencias (con Felice, con Milena, con Brod o su famosa Carta al Padre); pero, sobre todo, sus cuentos. Los publicó ya hace años Alianza en diferentes colecciones (La muralla china, La condena) y hoy están disponibles en un solo volumen en el Club Diógenes de Valdemar. O, simplemente, si aún no le has leído, hazte con un ejemplar de La transformación, esas 115 páginas rara vez igualadas en la Historia de la Literatura y que hoy edita Navona. Hazlo como sea, lo traduzca quien lo traduzca y lo edite quien lo edite. Porque hay ocasiones en que uno se despierta convertido en un horrible insecto, y entonces uno de los pocos consuelos que quedan es saber que eso ya le ocurría a los seres humanos hace cien años.


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3 responses

16 04 2015
Carlos Santana Pérez Santana Pérez

En el capítulo tercero la criada Grete llama a Gregor “viejo escarabajo” y escarabajo pelotero. No creo que sea una licencia del traductor pues lo he leído en dos traducciones diferentes.

17 04 2015
Alexis Ravelo

Efectivamente. Pero eso lo pasaron por alto muchos lectores, o se atribuyó a un mote cariñoso puesto por la criada, que siente algo de compasión por Gregor.

17 04 2015
SEIS ENLACES PARA EL FIN DE SEMANA | Bloguionistas

[…] está pillado por los pelos, pero el enlace merece la pena), en este jugoso artículo el novelista Alexis Ravelo desmonta varios mitos y errores sobre el autor de La transformación (que no La metamorfosis, traducción rimbombante que el mismo Borges […]

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