Carlos Fuentes y la omnisciencia

16 05 2012

Anoche, al llegar a casa, recibí una llamada de mi pareja, quien me contaba que había fallecido Carlos Fuentes. No sé si las casualidades existen, pero la semana pasada, después de haber estado mucho tiempo sin frecuentar sus libros o acordarme de él, me encontré, estando en otra isla, con un señor que se le parece mucho y a quien le hice notar esa semejanza física y con quien hablamos sobre la grandeza de Fuentes (una coincidencia que podría parecer extraída de un cuento de Cortázar, pero que para mí es más frecuente de lo que parece; de hecho tengo un amigo escritor que me ruega constantemente que no me acuerde de él).

He pensado mucho sobre la utilidad o no de escribir esta entrada. Mientras lo hacía, ya otros mejores que yo, que conocen su obra con mayor profundidad o que, incluso, le conocieron personalmente y hasta fueron amigos suyos (Juan Goytisolo, Juan Cruz o Mario Vargas Llosa, quien, por cierto, hoy está en esta ciudad en la que habito) ya poblaban las redes con sus opiniones y sus recuerdos. Incluso con su dolor, en el caso de los amigos.

Yo no conocí personalmente a Carlos Fuentes. Incluso, en los últimos años, no lo he leído con demasiada frecuencia: hay muchos autores, hay muchos libros, hay mucho afán por evitar que se nos queden títulos en el tintero, hay demasiado poco tiempo. Y, no obstante, Fuentes tiene algún lugar especial en mi memoria de lector, donde le guardo un viejo ejemplar de Club Bruguera de La muerte de Artemio Cruz, el descubrimiento (por intercesión de Eduardo González Ascanio) de Ambrose Bierce, algunas reflexiones sobre Juana Inés de la Cruz y sobre Onetti y sobre Rulfo.

Hoy he leído la justa vindicación de su obra, especialmente de La muerte de Artemio Cruz, Aura, La región más transparente, Gringo Viejo o Terra Nostra. Sin embargo, anoche, tras conocer la noticia, recordé el primer libro de Fuentes que leí (y del cual, por desgracia, no conservo ningún ejemplar). Debió de ser en 1987, el año en que le concedieron el Premio Cervantes, o al año siguiente, cuando me hice, Círculo de Lectores mediante, con Cristóbal Nonato, aquella novela compleja, irreverente, futurista e implacable que desorientó completamente a aquel lector joven que yo era y con la que mantuve una lucha de varias semanas hasta que logré domesticarla o, más exactamente, hasta que ella me domesticó a mí. Contada por un personaje que estaba destinado a nacer el 12 de octubre de 1992 y que, por tanto, aún no había nacido, lo hacía, a partir de esa circunstancia, dueño de un dominio del tiempo y una omnisciencia de los cuales quienes vivimos en el tiempo, en la sucesión, carecemos.

En El naranjo, de 1994, otro libro del que quizá no se hable en estos días (porque en este país tenemos la manía de olvidar los libros de cuentos), hay más ejemplos, todos fascinantes, de este recurso. Inolvidable ha sido siempre para mí uno de los relatos que lo integran: “Apolo y las putas”, en el cual el narrador es el cadáver de un norteamericano cuyo corazón no ha resistido a una orgía con siete legendarias rameras.

El nonato, el ya fallecido, el que está en trance de muerte, el que sobrevive reencarnado en la tierra, en una piedra, en la savia de un árbol, viven en el instante, fuera de la cronología y, por tanto, son amos del tiempo. Ese es el territorio que Fuentes exploró como nadie: la totalidad de la experiencia humana aprehendida mediante la intuición (en sentido metafísico) que confiere el hecho de estar más allá de la vida, más allá del tiempo.

Esa clave de escritura (que estaba ya, acaso, en Rulfo) fue explorada con fantásticos y, en muchos casos, inigualables resultados por Fuentes a través de una obra en la cual su inteligencia a la hora de construir argumentos, su lucidez al abordar la mezcla y el choque de culturas, valga el término por mundos (ese tema que Fuentes convirtió en su tema), su habilidad para el erotismo y para la imagen poderosa, lo convirtió en uno de los más grandes narradores de su tiempo, ese tiempo que ahora abandona para ingresar ya, como algunos de sus personajes, en el territorio de la omnisciencia.





Descuartizadores del Sur de Tenerife

14 05 2012

Ya lo sabes porque te lo hemos ido contando, entre algunos medios de comunicación (los poquitos que se preocupan de estas cosas), Eduardo García Rojas y yo mismo, aquí, en este blog que es el tuyo: la semana pasada tuvieron lugar las jornadas de NNegra de Arona que, un año más, reunieron en el Centro Cultural de Los Cristianos a algunos autores, editores, libreros, críticos y lectores para hablar sobre esos libros que te erizan la piel, te quitan el sueño y no puedes soltar hasta la última página. Otros años han estado en el evento Ernesto Gil, Luis León Barreto, Eugenio Fuentes, Juan Madrid, Lorenzo Silva, Raúl Argemí, Mariano Gambín o el cappo di capi, el inefable Paco Camarasa. Los conferenciantes cambian. Lo que no cambia es que la instigadora, la que está detrás de esta reunión anual de sospechosos habituales, es Mercedes Chinea, esa Bonny Parker de las Medianías del Sur de Tenerife que, aunque parece que no rompe un plato, se empeña edición a edición (más allá del estricto cumplimiento del deber)  en que este foro se celebre y todo salga como tiene que salir. Este año hubo una estupenda charla del propio García Rojas sobre Jaime Mir, las presentaciones de los libros más recientes de Javier Hernández, Antonio Lozano y José Luis Correa, un conferencia de Miguel Ángel Rábade (que no solo es uno de los conspiradores de Mistério, sino también profesor de clásicas en la ULL) y una charla del arriba firmante. Todos estos actos movían a la reflexión sobre si existe realmente una novela negra canaria. Así que, además de estos actos, hubo, sobre todo, debate. Debate encendido y de cierta altura, en el que todos los participantes, en algún momento, llegamos a cuestionarnos nuestros propios planteamientos previos y acabamos enriqueciéndolos con los ajenos, que es para lo que sirven los debates.

Pero, aparte de todo eso, hubo una actividad previa y paralela de la que estoy muy orgulloso: los chicos y chicas de cuatro centros del municipio, descuartizaron a Antonio Lozano.

Harraga es un término derivado del verbo con el que se describe la acción de prender fuego a algo. Con harraga se designa a “los que queman”, aquellos emigrantes ilegales que queman sus documentos de identidad antes de embarcar en el Norte de África hacia España, embarcándose en dramáticas travesías en las que se juegan la vida buscando un paraíso que no es tal y enriquciendo a las mafias que, sin ningún tipo de escrúpulo les envían a la esclavitud, la clandestinidad o la muerte. Harraga es, también, el título de la primera novela de Antonio Lozano, ahora editada nuevamente por Editorial Zech, en la que se cuenta la historia de Jalid, un joven tangerino que, buscando una vida fácil en España acaba inmerso en el proceloso mundo de las mafias que trafican con personas entre ambos continentes.

Y fue ese, precisamente (como otros años lo fue El corazón delator de Poe o La niebla y la doncella de Lorenzo Silva) el título elegido para los talleres que, cada año, y paralelamente a NNegra de Arona, se celebran en los IES del municipio.

Este año, desde la primera semana de mayo hasta el viernes 11, con chicas y chicos de los IES Ichasagua, Las Galletas, Los Cristianos y Guaza (y con la complicidad de Mercedes Chinea y de Yaiza Arteaga, del área de Juventud, quien, además, hizo estas fotos que aporto como prueba), leímos Harraga, la desmenuzamos y la utilizamos para reflexionar sobre algunas técnicas y recursos característicos de la novela contemporánea: el tratamiento del tiempo, el juego con los puntos de vista, la construcción del personaje, la descripción de ambientes, los diálogos y el monólogo. Y, a partir de ahí, el alumnado escribió sus propias creaciones (algunas realmente sorprendentes), a partir de las cuales podría volver a iniciarse una reflexión sobre los temas que Lozano aborda en su estupenda novela: la corrupción, la solidaridad, el discurso de los desheredados, el etnocentrismo, el viaje al infierno, la soledad del héroe, el amor y la esperanza.

Antonio Lozano con sus descuartizadores

Algunos de esos textos fueron leídos ante Antonio Lozano en un último encuentro, común, que se celebró en la mañana de ese viernes 11 y en cuyo transcurso tuvieron la oportunidad de descuartizarlo a golpe de preguntas (muchas de ellas bastante más inteligentes y agudas que las que en ocasiones hacen los medios).

Los creadores que finalmente leyeron sus textos (y algún espontáneo).

A mí, que en esto solo me toca la tarea de provocarles, me colma de orgullo observar los resultados del duro trabajo que estos chicos y chicas realizaron durante esas dos semanas, con buen humor, respeto hacia los demás, involucración en la tarea de equipo y una responsabilidad y un espíritu solidario que para sí quisiera más de un ministro. Así pues, aprovecho esta entrada, simplemente, para agradecer a esos estudiantes su esfuerzo y su simpatía, pero, sobre todo, el hecho de que, una vez me hayan demostrado que el otro no es solo el infierno, sino también el paraíso.





NNegra Arona

8 05 2012

De nuevo en Arona y de nuevo una reunión de sospechosos habituales: entre el miércoles 9 y el viernes 11, cada tarde, desde las 16:30 a las 19:00, en el Centro Cultural de Los Cristianos, una serie de sujetos de la más baja estofa para hablar de noir en general y de noir isleño en particular. El periodista cultural Eduardo García Rojas (que hablará sobre la obra de Jaime Mir), Miguel Ángel Rábade (que se preguntará si existe una novela negra canaria), Javier Hernández (que promete aparecer acompañado del inigualable Ánghel Morales), Antonio Lozano, José Luis Correa (quienes hablaran de sus títulos más recientes) y el firmante de este blog conviviremos en estos días, reflexionando sobre el fenómeno, charlando con los lectores y, sobre todo, disfrutando de este buen ambiente y esta buena temperatura que ya hemos gozado en otras ediciones de este encuentro, por donde ha pasado gente como Juan Madrid, Lorenzo Silva, Raúl Argemí, Eugenio Fuentes o el cappo di capi, Paco Camarasa.

Y, hablando de temperatura, los IES del municipio ya están trabajando febrilmente desde la semana pasada (nuevamente me ha tocado hacer de capataz), en talleres creativos en torno a Hárraga, la primera y exitosa novela de Antonio Lozano que ha sido editada nuevamente en castellano y alemán por Zech. El resultado de su trabajo se hará público el viernes, a las 11:00, con la presencia del autor.

Así pues, si te apetece pasarte para estar un rato con nosotros (la Brigada Político Social seguro que también aparece, para anotar nombres), ya sabes: Centro Cultural de Los Cristianos, Sala Guaza, NNegra de Arona, 6ª edición, entre el 9 y el 11 de mayo. Guerra avisada…





Memoria de lector

6 05 2012

Recuerdas que robaste en unos grandes almacenes tu primer ejemplar de Rayuela y que La metamorfosis llegó una tarde en que librabas en el mísero bar donde perdías tus mejores años para alimentarte y te encerraste en tu habitación como el protagonista y ya todo fue Gregorio Samsa y traducción de Borges y comentario de Nabokov y las ilustraciones de José Hernández en aquella edición de Círculo de Lectores. Recuerdas que tu ejemplar de bolsillo de Ulises vino a tus manos en una tienda de souvenirs de Agaete, donde, vaya a saber por qué, aún tenían a la venta el Libro Amigo que tú no encontrabas en las librerías, donde Ulises solo estaba disponible en ediciones que no podías pagar. Y, puestos a recordar, recuerdas cómo fue que quisiste leer esos libros y, ahí, aparece Movimiento perpetuo, ese libro editado en rústica por Seix Barral que un marinero se dejó en el hostal donde trabajaba tu padre y que te fue entregado por este como un objeto mágico, misterioso, la puerta a un universo de arcana sabiduría. Él no lo sabía, tampoco tú, pero, en efecto, aquel era un objeto mágico, la entrada a un laberinto edificado con palabras, plagado de ideas, de emociones, de preguntas que dibujaban la forma del mundo.

Tu memoria de lector está poblada por guaguas que se retrasaban o tardaban demasiado en hacer su trayecto, por tardes en la playa, por largas noches en las que el sueño era un lujo, por horas robadas al trabajo tras sórdidos mostradores, por jornadas de domingo en las que no había ningún dinero que gastar. Así te recuerdas leyendo Juntacadáveres, Los miserables o Memorias de Adriano, así te ves a ti mismo la primera vez que conociste la historia de Lord-Lady Orlando, las disparatadas y tristes aventuras de los personajes de Vian, el largo viaje de Eneas.

Y, sin embargo, no estuviste solo: estaban las personas que un día te quisieron y te regalaron los libros que deseabas leer y no podías permitirte; estaban los amigos de quienes heredabas los libros o te los prestaban (que es casi lo mismo, porque sabes que hay dos clases de tontos); estaban, incluso, aquellos que, simplemente, fueron generosos (como Mario Merlino, que te hizo llegar desde Madrid un ejemplar de aquel libro de Yourcenar que tenía tu nombre y que tú no conocías; como un cliente que un día se tomó la molestia de fotocopiar para ti su ejemplar inconseguible de El hombre que atravesaba las paredes, de Marcel Aymé).

Por supuesto, la memoria es frágil: se ha perdido en sus pantanos el día en que comenzaste a interesarte por Susan Sontag, por Stendhal, por Italo Calvino. Pero, entre tanta sombra que el tiempo va tragándose, aún quedan muchas imágenes: la noche insomne en que devoraste una vieja edición de Tito Andrónico, la ocasión en que intentaste robar a un amigo su Tristram Shandy y este no se dejó, el día en que descubriste con asombro que los cuentos de Borges son imprescindibles y peligrosos, la mañana en que Domingo Rivero te saltó a los ojos o la tarde en que comenzaste a amar la obra inclasificable de Agustín Espinosa, el ejemplar de Arreola que otro amigo te trajo desde México. Y las charlas. Las largas charlas en terrazas donde los cafés, las cervezas o los whiskys se alargaban hasta enfriarse, calentarse o aguarse, respectivamente, los intercambios de libros con otros locos que, como tú, atesoraban su propia memoria y la compartían contigo y te regalaban, de palabra o de obra, a Chejov, a Nicanor Parra, a Bolaño, a Alejandra Pizarnik, a Rabelais, a Safo.

Ahora los días son cada vez más breves, los inviernos más largos, los veranos más oscuros. Ahora tu memoria de lector se cansa de buscar nuevo alimento y vuelve sobre los viejos libros, esos que llevas ya siempre en tu cabeza como un Peter Kien (menos erudito pero menos tonto) expulsado de su paraíso. Y añora aquellos días en que todo era asombroso y nuevo e inocente y bueno, cuando sentías que había tanto por leer, que cada libro que aún no habías leído era una injuria, cuando pensabas que todo cuanto estaba impreso valía la pena y no existía el hastío del déjà vu, de los libros vendidos al peso, de las páginas innecesarias.

Entonces, rebuscas en tu biblioteca y aparece una estropeada edición en Austral de La tía Tula o un viejo ejemplar de Misericordia o un castigado volumen que lleva por título Las ciudades invisibles para curarte del hastío, de la sensación de anticipo de la muerte que te sale al paso en cada hora de aburrimiento, para recordarte que mientras puedas recordar, el silencio definitivo será incapaz de alcanzarte.





Feria del Libro y otros encuentros de primavera

26 04 2012

Son días ajetreados. Mientras la ciclogénesis explosiva y Cirstóbal Montoro arrasan con todo, ha comenzado una nueva edición de Factoría de Ficciones, continuamos con el Taller del Laboratorio Creativo Anroart y hay muchas visitas a centros: ayer tuve un encuentro con alumnos de Bachillerato del IES Cairasco de Figueroa (alumnos, por cierto, de esa cabecita tan bien amueblada que es el novelista y editor Guillermo Perdomo) sobre Tres funerales para Eladio Monroy; hoy, dentro de un rato, charlaré con alumnos del CEIP Tagoror acerca de La princesa cautiva y Las fauces de Amial, al mismo tiempo que intento escribir y me dedico a preparar los talleres que la semana próxima tendrán lugar en los IES de Arona dentro de la IV NNegra de Arona, con quienes trabajaremos, este año, sobre Harraga, la primera novela del compañero Antonio Lozano.

Pero antes de viajar a la isla hermana, he podido sacar un rato para una cita (la única) en la Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria, que se inaugura este viernes: estaré firmando ejemplares (de la Serie de Eladio Monroy, pero también de La noche de piedra, de Los días de mercurio, de Las fauces de Amial y de…) en la caseta de la Librería Sueños de Papel, regentada por el escritor y sin embargo amigo Rayco Cruz.

Será este sábado, de 11:00 a 13:30. Si aún no tienes tu ejemplar firmado o si, simplemente, te apetece darte un paseo por allí (por tu cuenta o en compañía de tu consorte y/o tu progenie) y que nos conozcamos, seré el tipo calvo con zarcillo y gafas, que sonreirá con algo de fingida malignidad.

Ya sabes: Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria, parque de San Telmo, sábado 28 de abril, de 11:00 a 13:30, caseta de Sueños de Papel. Como siempre, pero ahora, en estos tiempos de ciclogénesis explosiva, aún con más motivo: ni un lector sin su libro; ni un libro sin su firma.





Para un Sant Jordi de la era del e-book

22 04 2012

Homenaje a Gertrude Stein

An e-rose is an e-rose is an e-rose is an e-rose is an e-rose…





Bierce, la crueldad inteligente

21 04 2012

En La buena letra de esta semana tengo que recomendar algo realmente bueno, porque la semana pasada me salté la sección. La explicación oficial es que participé en el Congreso de Jóvenes lectores que finalizó el viernes pasado en Teror, pero tengo que confesar que en realidad estaba de viaje: me habían invitado a ir a cazar elefantes en Botsuana y, ya se sabe, como el camino es largo y las noches africanas no se distinguen por su animación, me llevé, para los ratos libres, un libro igual de macabro que esta actividad: El clan de los parricidas y otras historias macabras, un libro de un escritor genial del XIX norteamericano: Ambrose Gwinnett Bierce.

El clan de los parricidas y otras historias macabras, de Ambrose Gwinnett Bierce, Madrid, Valdemar, 202 páginas.

Bierce era un señor de Ohio, nacido en 1842 y que tras participar en la Guerra de Secesión y en las guerras contra los indios dejó el ejército (cabreado porque no lo ascendían) y comenzó a trabajar como periodista en San Francisco, donde pronto destacó como cronista y comentarista político. Su capacidad para la ironía y el sarcasmo y, sobre todo, su habilidad para jugar con el lenguaje y los conceptos lo convirtieron en una figura muy popular. Si eras político en ese momento, no te convenía que Bitter Bierce (el amargo Bierce) escribiera sobre ti y, de hecho, alguien llegó a decir de él que era “el hombre más perverso de San Francisco”.

Pues bien, durante esos años, mientras escribía para los periódicos de William Randolph Hearst (y se codeaba con gente como Mark Twain y el entonces joven Jack London) Bierce combinaba sus artículos con textos de ficción que hacían las delicias de los lectores y que han sido comparados, por su calidad, con los de Poe, Melville o Hawthorne. Y algunos de estos son los que recoge este libro, que lleva el título de una de sus series de relatos más famosas, El Clan de los parricidas. En ella, Bierce, haciendo gala de un humor negrísimo y de una eficiencia narrativa dignos de un Voltaire, nos cuenta las historias de personajes que son hijos de asesinos, ladrones, estafadores, envenenadoras y demás maleantes, demostrando que de tal palo, tal astilla, porque todos acaban indefectiblemente cargándose a sus progenitores. Son cuentos rápidos, muy malintencionados y muy inteligentes, entre los cuales hay algunos realmente antológicos, como “Aceite de perro”, que se ha convertido en un clásico.

Valdemar completa el volumen con otros relatos de Bierce, la mayoría historias sobrenaturales, como “El engendro maldito”, o la serie de cuentos que se titula Algunas casas encantadas, de los que hay que decir que alguno, todavía hoy, nos pone los pelos de punta si los leemos de noche y con la iluminación adecuada.

Cuentos macabros, cuentos sobrenaturales y cuentos de misterio escritos por un tipo pendenciero cuya misma muerte fue un misterio. Aquí viene el chisme:

A los 70 años y estando en Washington, en lo más alto de su carrera, parece ser que Bierce, que se había divorciado y cuyos hijos habían muerto (uno a causa del alcohol y el otro en una pelea), de pronto decidió coger su caballo y su revólver y marcharse al Sur a visitar los lugares en los que había luchado en la guerra. Parece ser que, después de esto, continuó hacia el Sur, cruzó la frontera y, en 1913, se unió en Ciudad Juárez a las tropas de Pancho Villa. En la última carta que escribió desde México, a un sobrino suyo, decía algo así como que seguramente acabarían fusilándolo, pero que prefería eso a morir de vejez o de enfermedad y, por último, agregaba: “Ser un gringo en México. ¡Ah, eso sí es eutanasia!”.

Esta desaparición de Bierce, este comportamiento legendario ha dado lugar a muchas especulaciones (de hecho, de vez en cuando aparece alguien que dice haber descubierto su tumba), y a una novela estupenda de Carlos Fuentes: Gringo viejo. Quizá recuerdes la película que inspiró, dirigida por Luis Puenzo, en la que Gregory Peck encarna a este personaje contradictorio y fascinante.

En fin, para acercarnos a Bierce, para pasarlo estupendamente, riendo con la risa de las hienas o pasando un poquito de repelús, al mismo tiempo que disfrutamos de una literatura excelente, El Clan de los parricidas, de Ambrose Bierce, en Valdemar, 202 páginas, porque divertirse leyendo es mucho mejor que divertirse matando animales y, sobre todo, mucho menos dañino.








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